Hay lecciones de vida y de esperanza que deberían aprenderse

Luis Moreiro
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12 de abril de 2014  

No se trata de establecer comparaciones que, además de ser odiosas, resultan imprecisas y, a veces, de imposible confección. Medellín no es Buenos Aires, ni Buenos Aires se asemeja a esta Medellín. Se trata sólo de practicar un ejercicio de imaginación y, si se quiere, otro de reflexión.

¿Por qué Buenos Aires no puede avanzar -más allá de algunos ejemplos puntuales y casi únicos- en un proyecto serio de urbanización de las villas? ¿Es tan difícil imaginar esos espacios y sus habitantes integrados a la ciudad, más que segregados? ¿Suena utópico y hasta infantil suponer que dos gobiernos se pueden poner de acuerdo para no superponer esfuerzos, dineros, planes y proyectos? ¿Es que las mezquindades políticas siempre van a estar por encima del sentido común?

Medellín parece haber superado esos dilemas. Eso sí, lograron ponerse de acuerdo cuando se dieron cuenta de que el avance del narcotráfico, de la violencia y de la corrupción amenazaba con borrar a todos del mapa. Literalmente. Ese acuerdo programático que rindió frutos y se mantiene en el tiempo, en realidad, nació casi como un desesperado acto de supervivencia.

Buenos Aires, es cierto, está a años luz de un proceso de descomposición social tan grave. Pero cada porteño sabe también al poner un pie en la calle cada mañana, que no transitará por un lecho de rosas. Medellín, aun hoy, es infinitamente más peligrosa que Buenos Aires. El área central de Medellín está literalmente copado por los vendedores ambulantes. Aquí las bicisendas están en una etapa embrionaria, podría decirse. Lo mismo que el sistema bicing.

Recién por estos tiempos en la alcaidía se habla de un plan para peatonalizar el área central y evitar el tránsito vehicular por ese dinámico -y peligroso- sector. Las calles de Medellín a toda hora son extremadamente más limpias que las de Buenos Aires. No hay grafitis en las paredes ni pintadas políticas, ni pegatinas en las paredes. Aquí la gente se siente "parte de". Aún en los barrios más pobres se respeta el espacio público. Nadie rompe. Nadie vandaliza el mobiliario urbano.

Los ejemplos cívicos abundan. En las últimas elecciones hubo un cambio de roles interesante. El gobernador de la región, Aníbal Gaviria, aspiraba a ser alcalde de Medellín y el por entonces alcalde, Fajardo, quería llegar a la gobernación. Ambos son de diferentes partidos políticos y ambos lograron su cometido. En plena campaña electoral, aun enfrentados por la puja política, firmaron un compromiso público para sostener el plan de desarrollo urbano y de inclusión social en Medellín. Y, hasta ahora, no sólo lo cumplen, sino que rinden cuentas públicamente de cada uno de los puntos prometidos.

En Medellín hay cientos de sin techo que duermen en las calles. Y por la madrugada también se ven menores deambulando, sin control, por las calles.

Los trenes lucen nuevos e impecables, lo mismo que las estaciones. Eso sí, el servicio (que no es barato, un viaje en el sistema que componen el metrobús, el tren y el cable carril cuesta en promedio US$ 0,80) funciona a la perfección. Los horarios se cumplen, las escaleras mecánicas funcionan, los baños públicos están limpios y los ascensores de las estaciones también funcionan bien. Es decir, el Estado cumple su rol y los ciudadanos, también.

En las laderas de los cerros que enmarcan este valle viven los más postergados entre los más desprotegidos. "Estratos uno, dos y tres", los llaman oficialmente a la hora de decidir quién recibe una vivienda gratuita, o subsidiada -en partes iguales- por el Estado e inversores privados. Caminar por las calles de Medellín implica escuchar el "por favor" y el "gracias", como práctica habitual. La única expresión "boludo" que este enviado oyó de un colombiano, fue cuando éste se puso a imitar la forma de hablar de los argentinos.

Será tal vez por Gardel, Maradona, El Che, Evita o Messi, pero aquí admiran a los argentinos. El "paisa" medio sueña con conocer Buenos Aires, pisar la 9 de Julio o pararse frente al Colón. Saben todo sobre nosotros. Los astros de la TV, del fútbol, pero también del arte, la música y la literatura. Quieren aprender de nosotros. El sentido común indicaría, entonces, que ese camino también debería ser recíproco. Aquí hay lecciones para aprender. Y son de vida, y de esperanza.

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