La villa más alta, donde una pieza cuesta hasta $ 4000

Viven más de 40.000 personas en 320 hectáreas; 68% tienen menos de 30 años; es escenario de la guerra narco
Pablo Tomino
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11 de agosto de 2016  

No hay registros precisos de cuántos perros con mal genio patrullan sus calles estrechas, entre casas de ladrillos sin revoque y enrejadas. Pero son muchos. Aunque no tantos si se los compara con los 40.000 habitantes que despiertan, comen y viven en las villas 31 y 31 bis. Un mundo apretujado en un envase pequeño, de 320 hectáreas, usurpadas en 1931, en Retiro. Un mundo que crece a espaldas de la legalidad: es el asentamiento porteño que más ganó en altura, pese a las restricciones que rigen para construir. Las casas se apilan hasta los siete pisos y por una habitación se pagan hasta $ 4000 de alquiler mensual.

La vida en la villa 31

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La villa 31 tiene mayoría de extranjeros, tendida de la Illia hacia el río; tiene mayoría de paraguayos y mayoría de hinchas de River, aunque este último dato no está validado por ningún censo. Según el último relevamiento del Instituto de la Vivienda de la Ciudad (IVC), el 53% son extranjeros y el 47%, argentinos.

En la 31 bis, entre la Illia y la Avenida del Libertador, la población extranjera alcanza al 76% de los habitantes. Se trata del sector que reúne más gente y que más creció en los últimos seis años. Allí, las diferentes comunidades conviven entre los barrios conocidos como Playón Este, Playón Oeste, Ferroviario, Cristo Obrero y Autopista. Son las zonas más caras para vivir, para dormir y para comer.

La villa 31 abarca los barrios Güemes, YPF, Comunicación e Inmigrantes. Muchos viven en viviendas con techo de chapa y grietas por donde se cuelan el viento y la lluvia. El frío es un visitante poco deseado, tanto como las ratas, que combate el gobierno porteño, que destina toneladas de veneno por año.

La población es joven. En la villas 31 y 31 bis los menores de 30 años concentran casi el 68% de la población, mientras que en la ciudad este grupo representa menos del 40%.

Los chicos deambulan por las calles angostas pobladas de motos que pasan a toda velocidad. En los últimos años, el asentamiento sufre el problema del tránsito: ingresan allí más de 3000 autos por día. Una casa con cochera cuesta más de 500.000 pesos, pero como nadie tiene título de propiedad los contratos de compra y venta se firman en papeles informales. Y se defienden a los tiros.

Esta villa, que en las mañanas respira el aroma a chipá cocinado en viejos tambores, tiene casi todo lo que puede tener su vecina Recoleta: desde lavanderías, ferreterías y estudios de publicidad hasta salones de alquiler de eventos. Pero no tiene médicos ni casas velatorias. A los muertos los velan en las casas y los entierran en el cementerio de la Chacarita. Hacen colectas entre los vecinos para pagar los gastos de la inhumación.

Nadie sabe bien cuál es la actividad más pujante, pero el negocio inmobiliario va ganando cada vez más terreno. Hay inversores con varias viviendas que subalquilan. En una casa de dos habitaciones pueden vivir hasta 18 personas, según datos aportados por censistas.

A las 20, en la villa se cierran las puertas. La inseguridad asombra: a principios de año, hubo ocho homicidios en 45 días por ajustes de cuentas entre narcos peruanos y paraguayos. Las bandas se disputan un negocio millonario a los tiros, entre niños y perros que viven y sobreviven en oscuros pasillos, a veces custodiados por policías.

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