Mateos porteños: la decadencia de un paseo cada vez más cuestionado

En los últimos dos años la oferta de carruajes se redujo a la mitad: sólo circulan ocho; el gobierno local quiere reemplazar a los caballos por motores eléctricos
Javier Drovetto
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5 de febrero de 2017  

Marcelo Fiterman, de 47 años, maneja mateos desde los 13; él sostiene que hoy los “proteccionistas” los atacan
Marcelo Fiterman, de 47 años, maneja mateos desde los 13; él sostiene que hoy los “proteccionistas” los atacan Crédito: Santiago Filipuzzi

Antonio Palumbo reconoce que la situación lo "angustia". Le duele cuando alguien le grita que deje libre al caballo. Le duele cuando una mujer se para frente a su carruaje con una pancarta con la que lo acusa de torturar al caballo. Le duele que la mayoría de las personas que pasan por la vereda del ex zoológico porteño apenas lo mira de reojo. Le duele saber que no tiene hijos que quieran seguir su oficio y que ninguno de los hijos de sus compañeros está dispuesto a agarrar las riendas de alguno de los ocho mateos que sobreviven a 170 años de servicio en las calles porteñas. Le duele saber que el gobierno de la ciudad ya no quiere que sean caballos los que tiren de esos carros. Pero lo que más le duele es la agonía, la quietud con la que ellos mismos ven cómo desaparece su oficio.

"Sé que soy de otra época, que tengo 70 años y me crié en estos carruajes. Pero te juro que el caballo no sufre". Palumbo es el cochero que más años tiene de oficio: 54. Y el único que llegó a trabajar cuando el mateo era un auténtico medio de transporte que partía de las plazas Constitución, Retiro, Miserere y Congreso. Trabajó dos años en Retiro, hasta julio de 1966, cuando se prohibió la tracción a sangre y los mateos quedaron exceptuados como vehículos de paseo limitados a los bosques de Palermo. El tranvía, surgido en 1870; el colectivo, en 1922; y los Ford T y A le habían quitado la razón de existir a una flota de carruajes que llegó a ser de 4700 coches. "El caballo no sufre, te juro -insiste Antonio y sabe que desligarse de esa acusación es la principal pelea para sostener la actividad-. El coche no va cargado. Además, el caballo sale a trabajar a las 10 de la mañana y vuelve a las cuatro o cinco de la tarde".

La existencia de los mateos acaba de llegar a la mínima expresión en toda su historia: ocho coches. Entre semana, salen cuatro. Y los fines de semana, todos. Hace dos años eran 16. Y hace tres décadas, 100. "Los que agarraron otro laburo, se fueron. Ya no se trabaja casi nada. En un día, hacemos dos o tres viajes de $ 200, que es el paseo de 30 minutos. Cada uno se llevara unos $ 6000 por mes. Hace un año y medio o dos hacíamos $ 15.000", dice Marcelo Fiterman, que tiene 47 años, maneja mateos desde los 13 y heredó el oficio de su abuelo. Es tercera generación de cochero. Junto con Pascual Galati son los dueños de los únicos dos corralones donde descansan los caballos y se guardan los carros, fabricados en París entre 1890 y 1920. Están en Castillo 1471, en Palermo, y Lacroze 4095, en Chacarita.

Fiterman asegura que son dos las situaciones que jaquean la actividad y están relacionadas. La primera tiene que ver con la reconversión del Zoo en un ecoparque. De las 10.000 a 30.000 entradas que vendía el Zoo por día hasta hace un año se pasó a un máximo de 2000 tickets, el tope que dispuso la Ciudad para no estresar a los animales. La drástica reducción de público dejó a los mateos, que tienen sus paradas sobre los accesos al ex Zoo -Las Heras y Sarmiento, y Libertador y Sarmiento-, sin miles de potenciales clientes. "A eso sumale que hace varios meses llegaron los proteccionistas. Domingo por medio, vienen a la puerta del Zoo para denunciar que sigue habiendo animales. Y ahora empezaron a atacarnos. Nos dicen que maltratamos a los caballos. Y lo que es más grave, persuaden a la gente para que no paseen con nosotros. Se ponen delante del mateo con carteles que nos insultan", dice Fiterman.

El movimiento que empezó a cuestionar a los mateos es el autodenominado SinZoo, que tiene como uno de los líderes a la activista Malala Fontán. Suele convocar decenas o cientos de personas en la puerta del ecoparque para reclamar que se termine la exhibición de animales y se reemplace por un centro de rehabilitación. Además cuestionan que los mateos empleen caballos. "Los mateos no tienen que existir. Los caballos están horas parados al sol, sin el agua ni alimento necesario, tal como lo establece la ley 14.346. Por esa razón ya hicimos una denuncia por maltrato animal", afirma Fontán y avisa: "El año pasado ganamos una batalla grande y logramos prohibir las carreras de galgos".

Si bien no existe diálogo entre activistas y cocheros, es fácil recrear un intercambio de argumentos. Los activistas dicen que los caballos no son del biotipo de tiro. Los cocheros explican que son caballos criollos de tiro liviano, aptos para llevar pasajeros. Los activistas denuncian que no les dan agua y comen mal. Lo cocheros muestran los baldes con agua que guardan en los carros y aseguran que comen fardo, avena y maíz cuando regresan al corralón después de siete horas en la calle. Los activistas describen a los caballos como insanos. Los cocheros juran tener al día la libreta sanitaria de cada animal, con los estudios obligatorios de Senasa: análisis de sangre cada tres meses y la vacuna semestral contra el tétanos, influenza y encefalomielitis. Los activistas consideran que ningún animal puede ser obligado a cargar un carro con personas arriba. Los cocheros entienden que el animal puede trabajar, como lo hacen en el campo, el regimiento de granaderos, los equipos de polo o las carreras de turf.

"Primero empezaron a venir menos turistas al zoológico y bajó el laburo. Después se puso denso con los activistas. La pasaba mal. No aguanté más y dejé el año pasado. Me costó. Soy tercera generación de cochero pero ahora trabajo de parrillero", cuenta Gustavo Girardi, que tiene 52 años, y dice que siempre pensó que iba a llegar "a viejito arriba de un mateo".

Desde 2007, el corralón de Galati tiene una placa que puso la Legislatura porteña y que lo señala como "Guarda de los tradicionales mateos". Sin embargo, los cocheros, que llegaron a ser miles, nunca pudieron conseguir que se declarara a su transporte como patrimonio cultural porteño. Tampoco llegaron a conformar una asociación que los nucleara. Por eso apelan a los recuerdos cuando quieren dar testimonio de lo que representan. Citan tangos inspirados en su oficio, como "Mateo", de Enrique Lomuto; o "Viejo coche", de Celedonio Flores. Enumeran ciudades como Nueva York, Roma o París, donde carruajes como los suyos son un atractivo turístico. Y compiten entre ellos por nombrar a los famosos que llevaron o las películas en las que participaron. Palumbo asegura que más de una vez llevó a Tato Bores y a Juan Carlos Calabró a pasear con sus nietos. Galati apunta que filmó para Leonardo Favio escenas de Crónica de un niño solo. Y Fiterman aparece en El sueño de los héroes, una película de Sergio Renán, y en un sketch con Guillermo Francella.

El futuro de los mateos es realmente incierto. El Ministerio de Modernización, Innovación y Tecnología, a cargo de Andrés Freire, sigue el tema. Sin embargo, aún no determinaron quiénes son los cocheros que se mantienen en el oficio o la cantidad de coches históricos que quedan. Extraoficialmente, dieron a conocer cuál es la idea que tiene en mente Freire: reemplazar el caballo, pero conservar los carros.

"Debemos reconocer que el mateo en sí es parte de nuestro patrimonio sociocultural. Sin embargo, la sociedad cambia y algunas cosas deben adaptarse y progresar. Estamos evaluando alternativas para proponer un modelo de reconversión de la actividad que preserve al trabajador, al patrimonio cultural y a los animales", adelantaron desde ese ministerio y precisaron que, por ejemplo, en otras ciudades, como la alemana Münster, reemplazaron la tracción a sangre por motores eléctricos.

La Ciudad aún no tiene una propuesta concreta para los cocheros. Tampoco conversó la situación con ellos, que hoy están autorizados y contemplados por el Código de Tránsito y Transporte de la Ciudad (ley 2148). "Yo sé que soy de otra época", se ataja Palumbo, sentado en el corralón de la calle Castillo, al lado de una yegua a la que hace unos minutos llamó y acarició en el lomo, en un intento por demostrar que "si la tratara mal ni se acercaría". Y va más allá: "¿Un mateo sin un caballo? -se pregunta Palumbo-. No es lo mismo, como no es lo mismo ir a ver una carrera al hipódromo que al autódromo. ¿Vos me entendés?"

Qué pasa en otras ciudades

  • Los mateos de Buenos Aires no son los únicos coches tirados por caballos que funcionan en el mundo. En muchas otras ciudades también fueron conservados y funcionan en zonas con fines turísticos. En Nueva York hay varios carruajes que tienen su parada en los accesos al Central Park y por U$S 50 realizan paseos por el parque. Y en Europa, están en Roma, Londres, París, Berlín, Sevilla, Valencia y Brujas.

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