Descubren en Bolivia restos de cocodrilos prehistóricos

A diferencia de los actuales, tenían fosas nasales proyectadas hacia adelante
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22 de diciembre de 2009  

Según dio a conocer el Museo Argentino de Ciencias Naturales, un nuevo descubrimiento efectuado en la zona central de Bolivia confirma que los cocodrilos prehistóricos fueron mucho más variados y extraños que sus parientes actuales.

El descubrimiento fue realizado por el doctor Fernando Novas, su esposa, Roxana Lo Coco, y el paleontólogo uruguayo Alvaro Mones cuando exploraban el Parque Nacional Amboró, ubicado unos 50 km al oeste de Santa Cruz de la Sierra. Encontraron dos esqueletos con sus cráneos y 5 huevitos que acaso formaban parte de un nido.

El nuevo cocodrilo, bautizado con el nombre de Yacarerani boliviensis ("primer yacaré de Bolivia") es un representante de los notosuquios, un linaje extinguido de cocodrilos que prosperó en América del Sur, Africa y Madagascar a fines de la era de los dinosaurios.

A diferencia de los cocodrilos actuales, los notosuquios poseían los ojos orientados lateralmente y las fosas nasales proyectadas hacia adelante, lo que revela que llevaban una vida en tierra firme. No superaban los 80 cm de largo y, aparentemente, vivían en grupos. Lo más llamativo de su anatomía eran sus dientes, de forma y disposición muy compleja. Se ignora si sólo comían pequeños animales o también plantas.

Está muy difundida la idea de que los cocodrilos son "fósiles vivientes", cuyo aspecto y costumbres variaron muy poco a lo largo de la evolución. Sin embargo, la paleontología demuestra todo lo contrario: hacia fines de la era de los dinosaurios los cocodrilos fueron muy abundantes en tierra firme y cumplieron funciones ecológicas muy dispares. La importancia del Yacarerani es que amplía todavía más el abanico de adaptaciones.

"El hallazgo del Yacarerani fue increíble –relata Novas–. En un momento, nuestro paseo atravesó el cauce seco de un arroyo. El tipo de roca me recordaba a las famosas «capas con dinosaurios» de Neuquén, con la diferencia de que a ambos lados se veía la espesura de la selva. Mi colega, Alvaro Mones, me alentó a sacar una foto del paisaje y, al dejar mi mochila en el suelo, quedé sorprendido al observar una pequeña mandíbula repleta de dientes que yacía empotrada en la roca. Al arrodillarnos, vimos que había más huesos alrededor. No podíamos creer la suerte que habíamos tenido."

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