
El afecto tiene memoria
Por Analía Ungaro Para LA NACION
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Es habitual, hoy en día, con todo lo que está ocurriendo en nuestro país, escuchar frases tales como: “Hay que revalorizar los afectos, tenemos que refugiarnos en la familia, dar prioridad al vínculo con los hijos o con el marido, con la mujer, con los padres y, por último, con todo aquel que lleve el mote de familiar”.
Una serie de recomendaciones bienintencionadas que apuntan a que la persona se “desenganche” de lo material, salga de la vorágine en que todos estamos inmersos y vuelva a las “fuentes”.
Pero este consejo tan sencillo y elemental es sumamente complejo de llevar a la práctica.
En principio, estamos admitiendo que ese individuo se alejó de sus afectos; por eso lo invitamos a volver, le sugerimos que deje ese pensamiento especulativo y circular que le hipoteca los mejores años de su vida, y se conecte con una dinámica más rica, en sentido metafórico, ya que la falta de riqueza es lo que lo preocupa.
Lo invitamos a que comience a valorar lo verdaderamente importante: el amor, la salud, la familia.
Le estamos pidiendo, ni más ni menos, que cambie un determinado tipo de estructura mental que lo aleja de todo lo que puede traerle verdadero bienestar y felicidad.
Pero deberíamos preguntarnos por qué gente inteligente y otrora exitosa se alejó de aquello tan importante.
Quizá nos asombre descubrir que nunca estuvo demasiado cerca de sus afectos. En otras palabras, que los afectos son lo primero que se vulnera cuando la vida no transcurre como debería. Cuando las pérdidas, las catástrofes, las guerras o las crisis profundas y sostenidas hacen de la vida un camino complicado.
Si un individuo no ha sido nutrido desde pequeño con estos sentimientos y emociones, no puede, por un simple esfuerzo de voluntad, conectarse con estas sensaciones. Del mismo modo que aquel que lo conoció no lo abandona, por más crisis que haya.
El afecto tiene memoria. Si se tiene la fortuna de nacer dentro de una familia donde se da prioridad a los sentimientos, este recuerdo se lleva de por vida.
Por otro lado, no significa que lo contrario implique un destino siniestro, pero habrá que aprender sobre la marcha, habrá que esforzarse. Pensar que el ser humano tiene tendencia a la repetición, a no ser que exista un deseo consciente muy intenso no dispuesto a dejarse arrasar por el pasado.
También se necesita una cuota de humildad para poder mirar atrás con toda la honestidad que sea posible y, por supuesto, tolerar y admitir que se puede aprender a querer.
Se trata de un trabajo muy lento y profundo. Una persona que no tiene registro de sus emociones puede lograr conectarse con ellas.
Por eso, sumergidos en esta vorágine que nos toca vivir, más que sugerir que alguien se conecte con sus afectos deberíamos recomendarle que trate de entender qué lo tiene tan alejado de ellos.
La realidad externa hoy no ayuda. Mucho menos a todos aquellos que tienen serias carencias afectivas. Justo a ellos les pedimos que se conecten con los sentimientos. Cuando justo ellos están “en carne viva” porque el desamparo social les recrea su propio desamparo y vacío afectivo.
Por eso vemos gente con recursos que vive atormentada y otra que, aun teniendo lo justo, se dedica a la solidaridad. La realidad interna, más allá de cualquier política gubernamental, es lo que hace la diferencia. Y es esa realidad la que a muchos les hace cambiar afecto por seguridad.






