
"El éxito y el fracaso están muy cerca"
Aunque suele pensarse que en los viajes espaciales está todo fríamente calculado, hay lugar para el caos
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Einstein solía decir que la emoción más grande que se puede sentir es la del misterio. A Miguel San Martín, el ingeniero argentino que trabaja en el programa Mision Exploration Rover (MER), de la NASA, desde chico lo cautivó el misterio del espacio. Tal vez por eso, en 1978, apenas terminada la escuela secundaria, dejó a sus padres y a sus cuatro hermanos en la Argentina para irse a estudiar ingeniería electrónica en los Estados Unidos.
"Siempre me interesó trabajar en los vuelos espaciales -confiesa-. Mi padre era ingeniero civil y desde chico tuve fascinación por las máquinas. Me divertía armar radios, alarmas y todo tipo de cosas."
Desde que ingresó en la NASA, a poco de graduarse, San Martín se destacó, entre otras cosas, por un talento especial para arreglar problemas en programas desarrollados por otros. "Me hicieron fama de bombero ", bromea.
Hoy, de visita en Buenos Aires tras su impecable actuación en la misión que en los últimos tiempos acaparó repetidamente las tapas de los diarios, dará una charla a las 18.30 en el Centro Argentino de Ingenieros, Cerrito 1250: "Rumbo a Marte, entretelones de las misiones Spirit y Opportunity".
-Ingeniero San Martín, ¿cómo fueron sus comienzos en la actividad espacial?
-Mi primer trabajo no me gustó mucho [fue en la misión Magellan, a Venus], pero de a poco empezaron a aparecer las oportunidades: en la misión Topex, que está en órbita terrestre y estudia los océanos, tuve que hacer un software para calibrar el instrumento principal para la medición científica desde Tierra. Sin embargo, el de la nave no funcionó muy bien. Me metí y descubrí cuál era el problema. Lo mismo pasó con el del Mars Observer: falló cuando ya estaba en viaje y también encontré el error.
-Si ya se hicieron cinco misiones exitosas a Marte, ¿por qué sigue siendo tan riesgoso?
-Lo que ocurre es que, aunque todo se prueba lo mejor posible, es muy difícil replicar las condiciones de Marte en la Tierra. En primer lugar, la atmósfera terrestre es mucho más densa y la gravedad, tres veces mayor, pero además todavía desconocemos el medio ambiente marciano; entonces tenemos que manejarnos con decisiones estadísticas.
-¿Qué obstáculos son los más difíciles de sortear?
-Los vientos marcianos son un problema; por eso tratamos de diseñar una nave lo más robusta posible. Otro factor difícil de controlar son las bolsas de aire que protege a la nave en el aterrizaje. Cuando entran en contacto con la superficie y empiezan a rebotar, no sabemos a qué roca len va a pegar. Por eso, las probamos en una cámara de vacío que es la más grande del mundo, una maravilla de la ingeniería, y las hicimos rebotar con diferentes poblaciones de rocas. Pudimos ver que en algunos casos había rocas muy pequeñas que hacían más daño que las grandes, nunca entendimos por qué. Pero lo peor de todo es la incertidumbre de con qué nos vamos a encontrar.
-Como jefe del "guiado y control", ¿cuál era su tarea?
-Me concentré en el descenso, la parte más linda y también la más peligrosa. La llamamos los "seis minutos de terror" porque tenemos que pasar de 18.000 kilómetros por hora a cero. Eso se logra a través de una serie de pasos que van reduciendo la velocidad del vehículo. Hay que separar automáticamente partes mecánicas que a veces están conectadas por cables o tubos, tienen que dispararse las guillotinas...
-Hace mucho que una misión espacial no suscitaba tanta atención como la del Spirit y el Opportunity. ¿Considera que superó las expectativas que tenían?
-Sí; casi no hubo problemas serios, especialmente cuando uno ve los riesgos en los que nos habíamos metido. Porque este tipo de programas dura por lo menos cuatro años, y esta misión la preparamos en tres. De hecho, creímos que iba a ser muy fácil y que podríamos utilizar mucho de lo hecho para el Pathfinder, pero después de que nos aprobaran el proyecto nos dimos cuenta de que la cosa no era tan sencilla. Tuvimos que empezar a rediseñar toda la nave espacial; el sistema tenía un talón de Aquiles en relación con los vientos.
-¿Y cómo se arreglaron?
-Bueno, con el Pathfinder teníamos más tolerancia de riesgo, siempre que la misión resultara económica. Pero con el MER (que se planeó después del fracaso de dos misiones de la marina norteamericana) nos exigieron riesgo cero. Entonces, me tocó diseñar un sistema de motores y sensores que decidía si compensar los vientos o no. Se complicó el diseño y nos dimos cuenta de que nos habíamos metido en camisa de once varas. De golpe, tres años no eran suficientes para inventar nuevos sistemas... Pero ya estábamos jugados: no podíamos volver para atrás.
-¿Cuántas horas diarias tuvieron que trabajar?
-Algunos hasta tenían colchones en el laboratorio. Yo, personalmente, trabajé el 50% de mis fines de semana durante un año, o un año y medio. Fue un gran sacrificio.
-¿En algún momento dudaron de que podrían lograrlo?
-Más de una vez, el jefe del laboratorio nos reunió, y nos pidió que pusiéramos las cartas sobre la mesa y le dijéramos si el programa iba a funcionar o no. Hubo un par de muchachos que confesaron que estaban muy preocupados porque no teníamos suficiente tiempo. Por eso, algunas cosas no se pudieron probar como nos hubiera gustado, pero finalmente todo salió bien.
Nosotros mismos estamos sorprendidos de cómo funcionó. Es que a veces la NASA es víctima de sus propios éxitos. La gente se levanta y lee en el diario "Llegaron a Marte", y se queda con la idea de que esto es fácil, de que está todo calculado. Se pierden la aventura; no se dan cuenta de que es todo muy caótico. En este tipo de cosas, cuando funcionan, sos un héroe y, si no, sos un idiota. La diferencia entre el éxito y el fracaso es un hilo muy, pero muy delgado.






