
El juego del ultimátum
Como muchas jóvenes encandiladas por las imágenes del celuloide, los humanos de estas tierras hoy mustias frecuentemente lamentamos no haber sido otros. Más heróicos, más septentrionales... más pudientes... En fin, más.
Una teoría posible -permítanme este ejercicio de filosofía banal- es que se nos perdió el rumbo porque padecemos una suerte de esquizofrenia nacional: somos capaces de gestos solidarios que podrían ganarnos la santidad y, al mismo tiempo, de conductas desde todo punto de vista despreciables. Todo a un tiempo y armoniosamente...
Salvando las distancias, nuestra realidad social está gobernada por claroscuros equivalentes a los que, ahora se sabe, se alternan en las relaciones económicas. O sea, describen un movimiento pendular que rebota entre el egoísmo y el desprendimiento.
Tradicionalmente, la unidad de la teoría económica era un individuo con características comparables a las de Tío Rico: un ser fríamente racionalque por ninguna causa dejaba de maximizar sus ganancias. Pero aunque esta figura de trazo grueso no perdió validez, hay quienes creen que existe lugar para otros estilos y motivaciones, y subrayan que las personas somos una especie híbrida que se rige tanto por la lógica como por la emoción.
Algunos indicios de esta nueva vuelta de tuerca conceptual surgieron de un experimento que entre los matemáticos se conoce como el juego del ultimátum , concebido hace unos veinte años por Werner Güth, de la Universidad Humboldt, de Berlín.
La prueba es así: a un participante le ofrecen 1000 pesos, pero para recibirlos tiene que ponerse de acuerdo con otro, con el que se repartirá el dinero. El primero sólo puede hacer una oferta, y al otro sólo le compete aceptarla o rechazarla. Si acepta, sella el trato. Si no, ambos se quedan sin nada.
Según explican Karl Sigmund, Ernst Fehr y Martin Nowak en un artículo de Investigación y Ciencia, los experimentadores estudiaron las reacciones de los participantes en muchos lugares y con sumas distintas. Y se sorprendieron: incluso ante factores cambiantes, la conducta que seguían los participantes no dependía del sexo, de la edad ni de los años de estudio. Tampoco influía la cantidad de dinero en juego. Por el contrario, la mayoría de las veces predominaba un elevado y emocional aprecio por la equidad. En promedio, dos tercios de las ofertas rondaban el 40 o 50% de la suma total (en lugar de un mísero 10%).
Es decir que, en última instancia, "los criterios morales determinan una parte esencial de la vida económica", afirman Sigmund, Fehr y Nowak.
La ecuación social local nos ofrece ejemplos de ambos estilos; de un lado, conductas solidarias, equitativas y justas y, del otro, conductas gobernadas por las estrategias del gen egoísta , que actúa sólo para promover su propia proliferación.
Tal vez la dura prueba que atravesamos sea nuestro propio y colectivo ultimátum. Para que, de una vez por todas, prevalezca la honestidad y el altruismo. Para que juguemos limpio con nuestros semejantes y, lo que es fundamental, con nosotros mismos.







