
El Nobel de la matemática
Anualmente, en la primera semana de diciembre todas las rutas conducen a Estocolmo: por esos días, las academias suecas de ciencias y de literatura, y el Instituto Karolinska anuncian allí los nombres de los ganadores del premio Nobel a la física, la química, la medicina, la literatura, la economía y la paz.
Tras "la llamada mágica", que se hace minutos antes del anuncio (y puede encontrar al interesado en medio de un vuelo de avión, como le ocurrió a Richard Ernst, en una reunión, como le sucedió a César Milstein, o en el sillón del dentista, donde sorprendió a Günter Grass), los laureados de ese año saltan inmediatamente al estrellato mediático y se convierten en los nuevos gurúes de la tribu global.
Pero si bien el Nobel es la consagración definitiva en todas esas disciplinas, pasa por alto nada menos que a la "reina de las ciencias", la matemática. (Existe todo tipo de pintorescas historias que intentan explicarlo, aunque parece que son leyendas.) Para reparar esa omisión, desde 2003 se entrega en Oslo el que muchos consideran "el Nobel de la matemática": el premio Abel, que ofrece seis millones de coronas noruegas (aproximadamente, 1.200.000 dólares) y cuya edición 2008 se hizo efectiva ayer.
Lo recibieron de manos del rey noruego Harald V el norteamericano John Griggs Thompson y el belga nacionalizado francés Jacques Tits, premiados por sus trabajos en álgebra y, en particular, "por dar forma a la teoría de grupos".
Thompson es profesor de las universidades de Florida y Cambridge; Tits, profesor honorario del Collège de France, en París. Sus investigaciones revolucionaron la teoría de grupos (un tipo de estructuras ubicuas, una de las piedras fundamentales de la matemática). El concepto de grupos fue vital para el desarrollo de la física moderna. Permitió entender las simetrías cristalinas y formular modelos de las fuerzas fundamentales de la naturaleza.
En su comunicado, la Academia de Ciencias y Letras de Noruega define el álgebra moderna como la heredera de dos antiguas tradiciones: el arte de resolver ecuaciones y el uso de la simetría. Ambas fueron desarrolladas a principios del siglo XIX por dos extraordinarios matemáticos, Niels Henrik Abel (nacido precisamente en Oslo, igual que el dramaturgo Henrik Ibsen y el pintor Edvard Munch) y el asombroso Evariste Galois.
Tanto Abel, que da nombre al premio, como Galois murieron prematuramente: el primero a los 27 (arruinado y enfermo de tuberculosis) y el segundo, de un tiro en el abdomen recibido en un duelo, ¡a los 21 años!
Si estas historias y otras de matemáticos célebres están teñidas de heroísmo, no es por casualidad: el ascenso a las cumbres del conocimiento más puro y abstracto no es para timoratos. Claro que, dicen, la visión desde esas alturas es incomparable...







