
El riesgo de ser adicto al dolor
Un 1% de la población padece un trastorno que le crea la compulsión a lastimarse
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"Y no deben hacerse cortaduras en su carne por un alma difunta, y no deben ponerse marcas de tatuaje. Yo soy Jehová." (Levítico 19:28)
Este fragmento del Antiguo Testamento muestra que bien temprano en la historia de la humanidad hubo quienes lastimaron o marcaron sus cuerpos para expresar quién sabe qué misterio interior.
Y que esta conducta se consideraba patológica, tanto hoy como ayer.
"Existen muchas formas de autoinjuriarse o automutilarse: comerse las uñas y no parar hasta verlas sangrar, quemarse con cigarrillos, arrancarse el pelo, rascarse o sacarse los barritos de la piel lastimándose-explica el doctor José Aníbal Yaryura Tobías, médico psiquiatra argentino que vive en Nueva York, donde dirige el Bio-Behavioral Institute-. En algunos casos son conductas que acompañan enfermedades psiquiátricas de base, como distintas formas de psicosis, autismo, trastorno obsesivo compulsivo o una patología llamada Gilles de la Tourette, donde la automutilación es frecuente. Pero también puede pasar en personas aparentemente normales. Quizás es gente que viene con una problemática determinada, por ejemplo ser víctima de abusos o sufrir stress postraumático, y en forma casual o accidentalmente encuentra una forma de disminuir sus ansiedades y conflictos de esta forma. Al mutilarse la autoculpa disminuye, y se entra en un círculo adictivo, que puede ser placentero aunque incluya el dolor."
Yaryura Tobías agrega que la automutilación no implica deseos de suicidarse. "Por ejemplo, hay una forma de autoinjuria que es la hacerse tajos en las muñecas (wrist cutter), pero no para matarse."
En ciertos casos, indica el especialista, la autoinjuria se vincula con sentimientos religiosos: son frecuentes las historias de mártires que con látigos o cadenas pretendieron liberar sentimientos de culpa o dolor emocional. Y también hay ejemplos de culturas donde el dolor que producen ciertas prácticas se valora.
Señales de alerta
Para el doctor Ricardo Pérez Rivera, psiquiatra que dirige la sede local del instituto neoyorquino de Yaryura Tobías, "hoy en día están aceptadas conductas que 20 años atrás hubieran motivado preocupación. Por ejemplo, hacerse algún tatuaje o usar dos o tres aros en ambas orejas. Pero cuando estas prácticas dejan de ser sinónimo de estética y hay tatuajes sobre gran parte del cuerpo o piercing en el abdomen, la nariz, las orejas, los labios, la lengua, los órganos genitales, hay un llamado de atención".
El doctor Pérez Rivera indica que si adolescentes y jóvenes abusan de los tatuajes, los aros o destrozan sus rostros procurando liberarse de los granitos "hay que estar atentos. Esto puede indicar un problema afectivo, depresión, un estado de ansiedad o una desvalorización de sí mismos que quizás los pone en posición de ser valorados por los pares a cualquier costo, aunque implique hacerse daño. En esos casos lo que hace falta es una apropiada psicoterapia -y a veces medicación- en lugar de aros, tatuajes o tornillos..."
Yaryura Tobías advierte especialmente que el piercing puede ser muy peligroso. "He visto pacientes con piercing lingual. Sacate el anillo y el tornillo porque la lengua puede inflamarse, se agrandará y vas a terminar asfixiándote , les he advertido. Y terminan en el hospital con traqueotomías para no morir mientras la lengua se desinflama..."
Otras formas de piercing causan infecciones, a menudo difíciles de curar.
Una teoría que contribuiría a explicar la adicción al dolor radica en que cuando el cuerpo recibe una injuria "libera naturalmente sustancias como las endorfinas, que producen alivio -explica Pérez Rivera-. Los adictos al dolor posiblemente busquen reiterar esa sensación placentera que sobreviene a nivel neuroquímico luego de autoinjuriarse."





