El suicidio y su impacto en el terapeuta
Veinticinco especialistas fueron entrevistados a lo largo de diez años para conocer su reacción emocional
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NUEVA YORK (The New York Times).- Para un terapeuta, fue como un rayo en el cielo sereno. El teléfono que sonaba un viernes por la noche y luego dos agentes de policía en su puerta, pidiéndole que identificara un cuerpo maltrecho.
Para otro comenzó con una silla vacía en un consultorio silencioso, el reloj indicando que ya había pasado la hora de la consulta, el presentimiento que se transforma en temor y luego en certeza.
Los psicoterapeutas ingresan en su profesión sabiendo que los pacientes que buscan su ayuda a veces corren riesgo de suicidarse. Las enfermedades que tratan -depresión, esquizofrenia y otros desórdenes mentales severos- pueden ser tan mortales como cualquier tumor canceroso. Sin embargo, y debido quizás a que el suicidio es un acontecimiento poco común, o quizá debido a la naturaleza íntima de la relación entre terapeuta y paciente, los profesionales de la salud mental frecuentemente están menos preparados para enfrentar la muerte de un paciente que otros especialistas.
Un informe sugiere que, incluso para el clínico más experimentado, el suicidio de un paciente puede tener un impacto emocional perdurable. El trabajo, que se basa en entrevistas con psiquiatras, psicólogos y trabajadores sociales, descubrió que luego de un suicidio muchos terapeutas guardan sentimientos no resueltos de culpa, ira, pena o traición durante años.
El episodio más traumático
Algunos tienen pesadillas recurrentes, ansiedad extrema u otros síntomas de stress. También es común culparse a sí mismos, sentir temor a que otros los consideren culpables y una repentina falta de confianza, en particular al tratar con pacientes suicidas.
En vez de ayudarlos a asimilar el hecho y aprender del suicidio, según el informe, los hospitales y otras instituciones muchas veces culpan a los terapeutas o tratan de tranquilizarlos con afirmaciones sin sustento de que nada podía hacerse por el paciente.
Herbert Hendin, director médico de la American Foundation for Suicide Prevention (Fundación Americana para la Prevención del Suicidio) y principal autor del informe, que apareció el mes pasado en The American Journal of Psychiatry, dijo que para la mayoría de los terapeutas el que un paciente se suicide es "el episodio más traumático de su vida profesional. Es preocupante el tiempo que la gente tarda en superar esta dificultad. No parece que logra elaborar la cuestión como se podría esperar de un profesional".
El informe sobre los terapeutas y el suicidio sintetiza los resultados de entrevistas realizadas a lo largo de 10 años con 25 especialistas que concurrieron a la sede central de la fundación, en Nueva York, para realizar seminarios.
El objetivo general del proyecto de investigación fue aprender más acerca de los pacientes que se mataron estando en tratamiento. Se pidió a los terapeutas que llenaran cuestionarios referidos a su reacción emocional frente a estas muertes y hablaron extensamente con el equipo de investigadores acerca de su experiencia.
Las estadísticas indican que uno de cada dos psiquiatras pierde un paciente por suicidio en algún momento y a alrededor de un tercio de ellos esto le sucede durante su período de entrenamiento, cuando por lo general trabajan en clínicas o salas de hospitales con pacientes con enfermedades severas. Los psicólogos clínicos y los trabajadores sociales enfrentan una probabilidad menor, pero aún importante, de que se suicide un paciente.
Mientras en otras áreas de la medicina los especialistas están entrenados para considerar la muerte como una parte inevitable de su profesión, los psiquiatras están más inclinados a responder al suicidio de un paciente como un fracaso personal.
"Los médicos se avergüenzan de esto -dijo John Maltsberger, uno de los autores del citado informe-. En la profesión existe la creencia de que, si un paciente se suicida, probablemente el terapeuta hizo algo mal. Pero a veces es así y a veces no. Lo único que se puede hacer es tratar de aprender lo más posible de esa situación."
Para algunos terapeutas entrevistados, las investigaciones oficiales resultaron ser casi tan traumáticas como el episodio mismo.
En un caso, una residente de psicología se encontró frente a un duro interrogatorio en una reunión donde se analizó la muerte. El director clínico la miró fijamente y exclamó: "Parece que C. murió como fue tratada, con mucha gente alrededor pero sin que nadie la ayudara efectivamente".
Incluso los terapeutas veteranos que participaron de esta experiencia afirmaron que el suicidio de un paciente les hizo perder confianza en sí mismos y dudar de cada cosa que hacían, al menos por un tiempo.
Decisión crítica
En el caso de Mark Goldblatt, un psiquiatra de Cambridge, Massachusetts, el suicidio de su paciente le generó una crisis profesional que duró más de un año.
El doctor Goldblatt creyó detectar una sutil desaprobación por parte de sus colegas, que implicaba la opinión de que no había sido suficientemente intuitivo o que había tomado una decisión incorrecta.
Sentía que algunos miembros de la familia lo consideraban al menos en parte responsable por el suicidio. "Pensé que nunca volvería a tratar a nadie con tendencias suicidas", confesó. Pero gradualmente recuperó el equilibrio y terminó especializándose en el tratamiento de pacientes suicidas.
"La cuestión es cuándo tratarán de actuar y si lo van a hacer -afirmó Goldblatt-. Eso es lo que uno trata de entender."



