
Hallan un bosque petrificado de 90 millones de años
Está en Santa Cruz; conserva restos de árboles en pie
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Investigadores argentinos descubrieron al sur de la provincia de Santa Cruz un bosque petrificado de 90 millones de años, de características inusuales y en excelente estado de conservación. Su estudio promete aportar información de primera mano sobre un momento clave en la evolución de los vegetales: aquel en el que se produce la diversificación de las plantas con flores y los primitivos ensayos de coexistencia con los insectos.
Hallado a 450 kilómetros al noroeste de Río Gallegos y a 20 kilómetros al sudeste del pueblo de Tres Lagos, este bosque petrificado -el más austral de América del Sur- exhibe en abundacia restos fósiles habitualmente escasos pero muy apreciados por los paleobotánicos: tocones (raíces y parte inferior del tronco) de árboles en posición de vida (de pie) que llegaron a medir más de 90 metros de altura.
"No sólo la posición en vida de estos árboles es algo inusual, otra peculiaridad muy interesante es que crecieron sobre un suelo de conchillas marinas", dijo a LA NACION el doctor Daniel G. Poiré, geólogo sedimentólogo del Centro de Investigaciones Geológicas (CIG) de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo, de la Universidad Nacional de La Plata, y director del proyecto de investigación que dio lugar al hallazgo.
Para Poiré y sus colegas, esta peculiaridad, sumada a la presencia de restos fósiles de tiburones y de moluscos marinos, en coexistencia con los de peces de agua dulce y de dinosaurios terrestres, indica que el bosque se levantó sobre un litoral marino, en donde la costa avanzaba y retrocedía cada miles de años.
Los resultados del estudio del bosque petrificado y de sus antiguos moradores serán presentados en la VII Conferencia de la Organización Paleobotánica Internacional, que se realizará en marzo en Bariloche.
Noventa millones de años atrás, el paisaje que rodeaba al Bosque Petrificado de María Elena (que debe su apodo a la estancia que lo alberga) era radicalmente distinto del actual. La cordillera de los Andes aún no se había levantado y las tierras que hoy ocupa Chile estaban bajo el mar; al Oeste todo era agua: el océano Pacífico bañaba las costas de Gondwana, supercontinente que ya había iniciado el proceso de fragmentación que dio lugar a los continentes actuales.
Allí había un bosque. "Las evidencias que encontramos hablan de un ambiente litoral, un delta, donde hay una influencia continental y una marina", comentó Poiré. Pero un ambiente dinámico: "El mar entra y sale cada miles de años: cuando ingresa hay un predominio marino, de ahí los restos de tiburones que encontramos; cuando se retira, hay un predominio continental, lo que explica que los árboles crezcan sobre un suelo de conchillas de moluscos marinos".
Algo similar ocurre hoy con los bosques de talas que crecen a varios kilómetros de la costa de la bahía de Samborombón, provincia de Buenos Aires, y que hunden sus raíces en un suelo de conchillas marinas que recuerda que 4000 años atrás esas tierras eran del océano Atlántico.
"Las líneas de costa varían con los cambios climáticos, como las glaciaciones o el aumento de las temperaturas, de modo que en tiempos cretácicos, hace 90 millones de años, el mar estaba presente al sudeste de donde se encuentra hoy Tres Lagos -explicó Poiré-. Luego se fue retirando, y posibilitó el desarrollo del bosque."
Los árboles mueren de pie
El hallazgo del bosque de María Elena no fue casual, los científicos platenses llevaban seis años dando vueltas por la zona. Pero las primeras pistas que condujeron a los investigadores al bosque petrificado aparecieron hace tres años, cuando Poiré descubrió hojas fósiles de angiospermas (plantas con flores) tras remover unas lajas en la estancia Mata Amarilla, al norte de la María Elena.
"Fue un hallazgo importante, ya que sólo se conocían unos pocos ejemplares descriptos entre los años 20 y 50 del siglo pasado, y otros durante los 80 -comentó el licenciado Ari Iglesias, paleontólogo del Departamento Científico del Museo de La Plata y becario del Conicet-. Además, esas hojas se estudiaron siempre comparadas con las del hemisferio norte; ahora, el desafío es hacerlo con las del hemisferio sur."
En noviembre de 2003, Poiré y sus colegas decidieron seguir investigando la zona de los hallazgos en busca de más hojas fósiles. Pero para su sorpresa se encontraron con árboles... de pie. "En general los bosques petrificados presentan abundantes troncos, pero todos caídos -apuntó Poiré-. En la estancia Santa Elena encontramos 19 en posición de vida y muchos otros caídos, y luego encontramos un número similar a pocos kilómetros de allí, en la estancia La Urbana."
Un dato curioso es que los tocones corresponden no a angiospermas, como las hojas encontradas previamente, sino a gimnospermas (plantas sin flores). "Nuestra hipótesis es que el bosque en su estrato más alto (arbóreo) era de gimnospermas, mientras que las angiospermas representaban los estratos más bajos (hierbas y arbustos", señaló la doctora Alba Zamuner, botánica del Departamento Científico del Museo de La Plata.
Un momento clave
"Las plantas de comienzos del cretácico eran muy distintas de las que se podían encontrar al final de ese período", apuntó Poiré. Es durante el cretácico que los angiospermas -que aparecieron entre 130 y 140 millones de años atrás- afianzan su presencia en la Tierra, se diversifican y comienzan a entablar relaciones de coexistencia con otras formas de vida (los insectos, por ejemplo) que llegan hasta nuestros días.
"Lo importante de la información que pueda aportar el estudio de los troncos y las hojas fósiles de Santa Elena y Mata Amarilla se debe a que los angiospermas no son un grupo más de plantas: son la forma dominante", explicó Iglesias. Pero hace 90 millones de años no lo eran; por eso, los restos del bosque de Santa Elena representan una imagen congelada de un momento clave en su evolución.
"Es un punto de inflexión: un momento en que los angiospermas experimentan gran diversificación de formas y de riqueza que no estaba presente en las floras previas -cuenta Zamuner-. Además, encontramos que ya están presentes formas de interacción entre estas plantas e insectos, que ilustran formas primitivas de coevolución entre ambos.
"La gran diversificación de las plantas con flores fue la que trajo aparejada la gran diferenciación de los insectos -agregó esta experta en troncos fósiles, uno de los 14 investigadores abocados al proyecto-. Estudiar estos fósiles es descubrir los primeros ensayos de coevolución entre los insectos y los angiospermas."
De todos modos, estos hallazgos son sólo la punta del iceberg: quedan alrededor de 6000 kilómetros cuadrados por estudiar. "Hasta ahora tenemos un bosque de características y dimensiones importantes, pero quizá nos encontremos con algo que supere nuestras expectativas de investigación", concluyó Poiré.




