
San Martín enfrentó con coraje su lucha contra la enfermedad
A partir de los 30 años, sufrió una larga lista de afecciones
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"Si no puedo tomar las mulas que necesito me voy a pie (...) El tiempo me falta para todo, el dinero ídem, la salud mala, pero así vamos tirando hasta la tremenda. " Transcurre 1816. El destinatario de la carta es Tomás Guido. Su autor, el hombre que "enfermo de sus viejos achaques, dolorido, extenuado, febril" -como lo describe Ricardo Rojas- cumplirá la hazaña de los Andes y triunfará en Chacabuco. Unos meses después de la batalla, será Guido quien escribirá a Buenos Aires: "El estado del señor General San Martín es de sumo grave y desespero de su vida".
La preocupación siempre fue de los otros. El Libertador, en cambio, mantuvo una admirable fortaleza frente a sus enfermedades.
Un gran madrugador
Madrugador, de cortos desayunos. Matero , de mate con galleta. Pelo negro, "ojos de cóndor", dice Rojas en "El santo de la espada". Siempre delgado. En su historia clínica no hay registro de las llamadas enfermedades de la infancia , y en este punto existe acuerdo entre los diversos trabajos sobre su vida.
También es sabido que -como expresó Bartolomé Mitre- "su muerte empezó por los ojos": la ceguera que se manifestó en Europa llegó a continuación de una frustrada operación de cataratas. La lista de enfermedades atribuidas a San Martín es extensa: úlcera gastroduodenal, tuberculosis, asma, cólera, gota. El punto de conflicto entre algunas posiciones opuestas recae en el origen de su disnea y, principalmente, en la procedencia de los vómitos de sangre que padeció San Martín. Hematemesis o hemoptisis: esa es la cuestión que queda por resolver.
La hematemesis es la eliminación de sangre del estómago por la boca. En la hemoptisis, el origen de la sangre es pulmonar. La primera es "sangre oscura que se acompaña de calor y cosquilleo laringotraqueal; la segunda, rutilante, roja, está precedida por tos" ("Neumotisiología en la práctica clínica", María Cristina De Salvo y colaboradores). La hematemesis puede estar presente en los pacientes con úlcera; la hemoptisis es característica en los tuberculosos.
La mayoría de los autores se ha inclinado por la primera hipótesis, la de la úlcera gastroduodenal. Otros trabajos, como "Las enfermedades del General don José de San Martín", del doctor Mario Dreyer, indican que "la úlcera lo atormentó durante 36 años, desde 1814, en que una hematemesis marcó la iniciación clínica". Argumenta el autor que "en la hematemesis, la iniciación y la terminación de la hemorragia son bruscas. En esta característica encuadra la pérdida de sangre del General San Martín".
A pesar de que las citas médicas de la época no especifican el diagnóstico, hay otros autores -como Aníbal Ruiz Moreno y Antonio Guerrino- que coinciden en gran medida con la descripción de Dreyer.
Otra de las hipótesis, menos difundida, es la que sostiene Adolfo Galatoire en "Cuáles fueron las enfermedades de San Martín " . Para este médico, el General padeció una tuberculosis fibrosa. "Se ha considerado su longevidad (pues San Martín ha llegado a los 72 años) como una circunstancia que descarta la existencia de la tuberculosis. Algunos autores así lo afirman por el desconocimiento de que una de las características de las tuberculosis fibrosas es lo prolongado de su evolución, que le permite al enfermo una larga existencia. Viven sufriendo, pero viven muchos años", dice Galatoire.
El general Guido cita a menudo el problema reumático: "sufría ataques agudos de gota, entorpeciendo la articulación de la muñeca de la mano derecha".
Opio y láudano
San Martín, poco amigo de los médicos, enfrenta sus males con opio y láudano. Sufre, pero trabaja sin descanso. Dice Dreyer: "En la época en que padeció sus enfermedades, era poco lo que la medicina podía hacer por él. Había concluido su hazaña de dar libertad a tres países e iniciado su voluntariado ostracismo cuando recién en 1826 habían comenzado los estudios serios de anatomía patológica de la tuberculosis y, por esa misma época, Cruveilhier descubría la úlcera redonda de estómago".
El momento histórico en el que vivió explica por qué la interpretación semiológica de los vómitos de sangre resulta poco consistente: faltaban los rayos X de Röentgen -descubiertos en 1895-, el conocimiento del bacilo causante de la tuberculosis y la ayuda de las transfusiones de sangre, realizadas por primera vez en Buenos Aires por el argentino Luis Agote, en 1914.
Si la de los Andes fue su mayor hazaña, el hecho de haberla cumplido "atormentado por dolores" que le impidieron "apearse del caballo" -afirma Dreyer- la torna más heroica. Cuando San Martín salió de Mendoza, "un peón, en las alforjas, conducía remedios y otras provisiones para el jefe, casi siempre enfermo", dice Rojas.
Había demorado dos años en "montar su máquina de guerra y llegábale el momento de moverla". Por esa gran idea sufrió de insomnio. "Lo que no me deja dormir no son los enemigos sino cómo atravesar esos inmensos montes", expresaba el General, que solía comenzar con sus tareas alrededor de las cuatro de la mañana.
Hay también referencias al cólera, que habría padecido después de 1830. ("Mi hija fue atacada del modo más terrible -escribió a O´Higgins-, yo caí enfermo de la misma epidemia dos días después"), aunque varios autores creen se trató de una gastroenteritis o una fiebre tifoidea. Sobran, además, las referencias sobre sus heridas y traumatismos de guerra, entre las que se destaca el episodio del combate de San Lorenzo, en el que dos soldados salvaron su vida cuando el Libertador se encontró atrapado por su caballo.
Sobre la muerte del General, es sabido que el acta de defunción no menciona la causa. Según Mitre, "el aneurisma que llevó siempre en su seno amortiguó las palpitaciones de su gran corazón".
A la luz de otras teorías, aparecen factores como el de una hemorragia causada por complicaciones de su úlcera. El incansable general sintió "la fatiga de la muerte" el 17 de agosto de 1850. Enfrentó a la tremenda en Francia, deseando que su corazón descansara en Buenos Aires.





