
Una máquina que sella fístulas
Utiliza presión negativa y un polímero que evita la salida de líquidos y el ingreso de gérmenes
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"¿Habrá operación más simple que una apendicitis?", pensó, confiado, Sergio Villanueva, mientras los camilleros lo llevaban rumbo al quirófano, en un hospital cordobés. Sergio, 25 años, estudiante avanzado de abogacía, pensó que en poco tiempo reanudaría su vida de siempre: trabajo, facultad, novia, familia, amigos.
Sin embargo, se equivocó. Sobrevivió a la operación, pero la herida no cerró bien y se formó una fístula, una especie de orificio que comunica el tubo digestivo con el exterior y por donde salen -según el sector- distintos líquidos, desde ácidos hasta materia fecal, que queman la piel y facilitan infecciones.
Un círculo vicioso
La fístula puede ser consecuencia de distintas patologías: pancreatitis, apendicitis, peritonitis, traumas abdominales (por ejemplo, heridas de bala), úlceras gástricas o duodenales, y otras.
Según qué volumen de líquidos elimina diariamente la persona por la fístula (es decir, su débito ), hay más o menos complicaciones. Cuando el débito supera el litro diario -y puede llegar a los dos o inclusive tres- la vida cotidiana se vuelve un auténtico drama. Los enfermos se alimentan por vía parenteral y, en la mayoría de los casos, internados en terapia intensiva.
En más de la mitad de los enfermos, estas fístulas cierran por sí solas. Pero en otros no. Los médicos esperan alrededor de 45 o 50 días y luego operan para cerrarla. Claro que no siempre todo es tan fácil. Para Sergio, sin duda, no lo fue.
A lo largo de los 9 meses siguientes a su operación de apéndice, fue intervenido tres veces más. El objetivo era cerrar su fístula..., pero el orificio siguió abierto.
Perdió más de 25 kilos y la posibilidad de una vida normal. Tenía que vivir conectado a la máquina que aspiraba las secreciones. Recibía nutrición parenteral, pero no se nutría por el alto débito de su fístula. Adelgazaba a pasos agigantados. Al no nutrirse, no se recuperaba, el tejido no podía reconstituirse y la fístula jamás cerraría por sí sola. Por su debilidad, era imposible una nueva cirugía.
Cuando todos los especialistas desesperaban, un médico cordobés, Ricardo Salazar, del hospital Central de Córdoba, le hizo una nueva propuesta. Según Sergio, literalmente le salvó la vida.
La única esperanza
El doctor Ernesto Fernández, ex jefe de Terapia Intensiva del hospital Churruca-Visca, había inventado un dispositivo llamado Sistema Original por Vacío y Compactación (Sivaco), que, a través del uso de presión atmosférica en bajísimos niveles, cierra herméticamente la fístula y permite que el paciente vuelva a alimentarse normalmente. También hace posible que recupere su función intestinal.
El Sivaco había sido probado en unos cincuenta pacientes que habían sufrido varias recidivas de fístulas; se había dado a conocer entre la comunidad científica a través de la Revista Argentina de Cirugía (volumen 62, número 5, año 1992) y recibió el Premio Academia Argentina de Cirugía, en 1991.
Ahora, el joven cordobés vive conectado a la máquina desde mayo. Está internado en la Policlínica Bancaria de Buenos Aires y, desde ese momento, comenzó a comer normalmente y ya engordó varios kilos.
"Hasta hace un tiempo -explicó el doctor Fernández a La Nación - sólo utilizábamos el Sivaco en el hospital Churruca. Pero ahora, gracias al doctor Daniel Jorge González, jefe del Servicio de Guardia de la Policlínica Bancaria, tenemos dos pacientes internados allí. Queremos ofrecer esta alternativa a todos los fistulizados que la necesiten. Es el único invento de su tipo en todo el mundo para tratar fístulas enterocutáneas."
Fernández y González advierten que los resultados no se alcanzan en breve: en general, los pacientes tienen que estar conectados al Sivaco tanto o más tiempo del que ya han pasado fistulizados. "La diferencia es que pueden alimentarse normalmente y se nutren, porque ya no tienen débito. Pasado cierto tiempo pueden desconectarse algunas horas del aparato y deambular. También se ejercitan con actividad física porque eso los va recuperando. La máquina tiene una manguera de 7 u 8 metros y caminan sin problemas. En algunos casos, las fístulas cierran por sí solas. En otros, devolvemos al paciente un buen estado de salud para enfrentar una nueva cirugía."
Presión negativa
Los especialistas indican que dentro de la cavidad que abre la fístula en el abdomen ubican un polímero, una sustancia sintética -como si fuera algodón- que es como una fibra y no produce rechazo. Es un material aireado. Sobre este polímero se dispone una cámara de compactación que utiliza presión atmosférica muy baja y le quita el aire. Entonces, el material se apoya contra el orificio, se compacta y sella la fístula.
Los médicos explican que tienen 6 aparatos con el Sivaco y que algunas obras sociales y empresas de medicina prepaga cubren la prestación.
"La mayoría de los fistulizados con recidivas están internados en terapia intensiva -explican-. El costo del tratamiento habitual oscila entre 2500 y 3000 pesos diarios. Con el Sivaco, desciende a 400, porque salen de terapia intensiva. Hace falta una enfermera las 24 horas, dado que el tratamiento requiere una metodología muy estricta. Si el enfermo está estable, puede trasladarse a su casa con el Sivaco y recuperarse allí."
Los especialistas dicen que después de 20 o 25 días de no alimentarse normalmente, el organismo pierde su capacidad de absorber alimentos. Hay que reeducar al intestino. Y eso puede llevar varios meses. Pero el paciente vuelve a disfrutar de inmediato del placer de alimentarse.
"Sé que tengo que esperar, pero me siento mucho mejor -relata Sergio-. A veces me creo que me puse de novio con la máquina..." Pero Sergio tiene una novia verdadera, a la que escribe todas las semanas y que lo espera -como los amigos, la familia, la facultad y el trabajo- allá, en Córdoba.






