Creció en un paraje olvidado y se convirtió en ingeniero nuclear: “Nacer en la pobreza te condiciona muchísimo”
Santos Gabriel Rueda creció en un paraje salteño que dejó de existir cuando cerró la empresa cafetalera; sin agua potable ni electricidad, “lo normal” era dejar la escuela para trabajar; “muchos chicos eran más capaces que yo, pero no tuvieron oportunidades”, dice hoy
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Es imposible encontrar en Google Maps el pequeño paraje llamado El Candado, en el norte de la provincia de Salta. Allí, en una casita de adobe, sin agua potable ni electricidad, creció Santos Gabriel Rueda, conocido como Saga, quien a sus 35 años le cuenta a LA NACION cómo aprovechó las oportunidades, las pocas que existían en su pueblo, para construir su futuro, uno que lo llevó a convertirse en ingeniero nuclear y después en atleta profesional de trail.
Saga es el hijo menor de Eleuterio y Rafaela. Nació el 16 de enero de 1991 en una casita en medio del monte salteño. Y ahí disfrutó de sus primeros años de vida con sus hermanos Elio, Argelia, Delina, Kelly y Samuel, que ahora tienen 53, 49, 45, 41 y 38 años. “Crecimos muy unidos, ayudando en el día a día, viviendo de lo que sembrábamos y producíamos, como maíz, papas, cerdos y pollos. Recuerdo pasar mucho tiempo al aire libre, pescando, caminando, explorando. Fue una infancia simple y humilde, pero muy feliz”, cuenta Saga desde Bariloche, donde el sábado 14 de marzo ganó los 100 kilómetros del ultratrail Bariloche100, completados en unas asombrosas 11 horas.
Cuando la empresa cafetalera donde Eleuterio –ya fallecido– trabajaba como jornalero dejó de funcionar, las ocho familias de El Candado abandonaron el lugar. Los Rueda se mudaron a Aguas Blancas, a unos 50 kilómetros al norte, casi en la frontera con Bolivia. En ese pueblo vivían familiares y varios de los hijos mayores se habían mudado ahí para poder estudiar. “Ahí, recién a los 9 años, descubrí la luz y aprendí que el día podía ser mucho más largo sin que se gastaran las velas y que podía leer también de noche. No he regresado al paraje desde que me fui, pero imagino que estará cubierto por la yunga”, dice.

La pequeña localidad de Aguas Blancas fue la primera clave para cambiar el destino de Saga. Porque gracias a eso pudo completar la educación primaria y secundaria. “Mi mamá Rafaela siempre tuvo claro que la educación era el camino para prosperar, incluso en un contexto donde lo normal era dejar la escuela para trabajar desde chicos. En cuarto año participé de las Olimpíadas de Matemática en Huerta Grande, Córdoba. Eso fue otro punto de inflexión: me abrió la cabeza y me hizo ver que podía aspirar a más. Sobre todo, cuando a través de los otros participantes me enteré de las becas en el Instituto Balseiro”, recuerda.
De Salta a la Patagonia, por sus sueños
Como previamente debía tener dos años de Ingeniería aprobados, Santos Gabriel viajó solo con sus sueños desde los montes salteños hasta la Patagonia. Fue a estudiar la especialidad en petróleo en Cipolletti, donde vivían sus hermanas. Y entonces sí, pasó una selección muy exigente de candidatos y obtuvo la beca de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) para estudiar en el prestigioso instituto de Bariloche.
“Esa oportunidad fue determinante. Sin esa beca, hubiera sido imposible para mí acceder a ese nivel de formación. Allí sentí muchas veces que estaba en desventaja porque llegué desde un contexto educativo mucho más limitado a un nivel extremadamente alto y fue muy duro, sobre todo al principio. Incluso no sabía nada de inglés y muchos libros de física nuclear estaban en ese idioma, sin traducción. Por eso pasaba días estudiando, de 14 a 16 horas sin parar”, recuerda Saga y sigue: “La clave fue compensar esa desventaja con trabajo y constancia, mucho más que con talento. Poco a poco me fui poniendo al nivel. Además, siempre me daba una motivación muy fuerte no olvidarme de dónde venía.”

Para orgullo de la familia Rueda, Santos Gabriel se graduó como ingeniero nuclear en el Instituto Balseiro a los 23 años, en 2014. Enseguida consiguió su primer trabajo formal en la CNEA, donde se desempeñó durante cinco años. “Por primera vez logré una estabilidad económica que para mí era algo muy importante, viniendo de donde venía. Fue una etapa clave de crecimiento profesional. Participé en dos proyectos: el monitoreo de sensores del reactor nuclear RA-6 de Bariloche y el proyecto del reactor multipropósito RA-10, actualmente en construcción en el Centro Atómico Ezeiza. Hoy mi situación es distinta: hice un máster de Big Data en Málaga, vivo en Barcelona y trabajo de forma remota como científico de datos, lo que me permite tener flexibilidad para entrenar y competir”, asegura.
Es que la llegada a la Patagonia, con la magia de sus montañas y sus lagos, le abrió otro camino y un nuevo sueño: el ultratrail. El trail es un deporte que consiste en correr en senderos naturales, como picos nevados, bosques y cerros, que se caracterizan por sus dificultades técnicas y sus desniveles. Y término “ultra” significa que supera la distancia tradicional de los 42,195 kilómetros del maratón.

“Empecé a correr en Bariloche, mientras cursaba la universidad. Y sentí una conexión tan fuerte con el ambiente natural, que enseguida pasé del running al trail. Hoy llevo muchos años entrenando con una estructura sólida: entre 150 y 200 kilómetros semanales en los períodos más exigentes, con trabajo de fuerza, técnica y nutrición. También aplico la ciencia en mi preparación: análisis de datos, control de cargas, planificación. Es una mezcla de intuición con método. En cuanto a mis logros, el año pasado logré el 2º puesto en Val d’Aran by UTMB y terminé 15º en el Ultra Trail de Mont Blanc, que es la carrera de trail más importante del mundo”, cuenta.
En Mont Blanc, Saga corrió 174 kilómetros a través de los Alpes en tres países (Francia, Italia y Suiza), con casi 10 mil metros de desnivel, en 22 horas con 11 minutos y 25 segundos. Mientras se convertía en atleta profesional de trail, también desarrolló un proyecto de coaching para corredores llamado SAGA Training Lab.
Aprovechar las oportunidades
Mirando hacia atrás, Saga reconoce que su éxito personal y profesional tiene que ver con las oportunidades, más que con las capacidades.
“Muchos chicos con los que crecí eran tan o más capaces que yo, pero no tuvieron las mismas posibilidades de seguir estudiando. Incluso en mi familia, no todos mis hermanos siguieron el camino universitario. Cada uno hizo su recorrido. Nacer en la pobreza condiciona muchísimo, pero cuando aparecen oportunidades reales, como educación, becas, apoyo, es posible generar movilidad social. Mi caso es una combinación de esfuerzo personal con oportunidades concretas. Por eso creo que lo más importante es que esas oportunidades existan y sean accesibles para más gente”, explica con modestia.

Después de recuperarse del ultratrail y disfrutar con amigos y familiares en Bariloche, y antes de volver a Europa, Saga cuenta que viajará hacia el norte argentino. Allí, como hace en cada una de sus visitas al país, brinda charlas motivacionales para abrir el espíritu de los alumnos de su escuela en Aguas Blancas y otros colegios. “Siempre aliento a los chicos a que conozcan mucho más allá de los límites de su propio lugar, porque nuestro país es inmenso y ofrece muchas posibilidades –afirma–. Y también les aseguro que, como decía mi mamá, estudiando se pueden cumplir todos los sueños”.
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