
“Ma, Pa: quiero un celular”. Qué tener en cuenta antes de regalar un celular o tablet en Reyes
Pubertad precoz, trastornos del sueño y falta de motivación son algunos de los riesgos que advierte la neuropediatra Carina Castro Fumero; además detalla claves para decidir cuándo, cómo y con qué límites introducir una pantalla en la infancia y la adolescencia

En vísperas del Día de Reyes —y en esta época del año en la que los regalos circulan y las pantallas aparecen como una opción casi inevitable—, muchas madres y padres vuelven a hacerse la misma pregunta: ¿es momento de regalar un celular o una tablet? Y si es así, ¿qué conviene tener en cuenta antes de dar el paso?
Ceder o no al insistente pedido de los chicos no es una inquietud menor. En los consultorios pediátricos y neuropediátricos se repite una escena cada vez más frecuente: familias que llegan preocupadas por cambios en el ánimo, el sueño, la atención o la conducta de sus hijos, sin terminar de dimensionar el rol que las pantallas pueden estar jugando en ese cuadro.
Carina Castro Fumero, la reconocida neuropediatra costarricense radicada en Estados Unidos, lo ve a diario. Con más de un millón de seguidores en Instagram, combina la práctica clínica con una intensa tarea de divulgación enfocada en traducir al lenguaje cotidiano lo que hoy muestra la evidencia científica.
“Si estás pensando en regalar un celular, es fundamental conocer qué impacto puede tener en el cerebro en desarrollo”, advierte la especialista, que actualmente trabaja en la publicación de un libro con herramientas para padres que será editado próximamente en la Argentina. “No se trata solo del dispositivo, sino del momento evolutivo en el que se lo entrega y de los límites que se establecen desde el inicio”.
Un efecto poco conocido
Uno de los efectos menos conocidos —pero cada vez más frecuente en la consulta— es el vínculo entre la exposición temprana a pantallas y la pubertad precoz, especialmente en niñas.
“Es muy común ver hoy a un niño o niña de 8 o 9 años tirado en la cama, con el cuarto oscuro y un teléfono frente a la cara. Y lo naturalizamos”, señala Castro Fumero. La luz azul de las pantallas, explica, interfiere directamente con los ritmos biológicos. “Esa luz entra por los ojos y le avisa al cerebro que es de día. El núcleo supraquiasmático no distingue si la luz es solar o de una pantalla y sigue produciendo cortisol”.
Ese desorden impacta en la melatonina. “No es solo la hormona del sueño: también funciona como un freno silencioso de los cambios hormonales que activan la pubertad. Cuando ese freno se altera de manera sostenida, el sistema hormonal empieza a desregularse”.
Hoy ya existen estudios que vinculan la exposición prolongada a luz azul durante la noche con pubertad precoz, sobre todo en niñas.
—¿Qué pueden hacer los padres para prevenirlo?
—Primero, cuidar la exposición a la luz azul cuando cae el sol e idealmente evitar pantallas en ese momento. Segundo, higiene del sueño: que en el cuarto no haya televisión, teléfono ni tablet, y que duerman en un ambiente oscuro, sin luces ni notificaciones. Y tercero, control parental: que los adultos puedan decidir qué aplicaciones se apagan, en qué horarios o incluso cuándo se corta Internet, para evitar que el impulso de buscar el teléfono altere el descanso.

—¿A qué edad recomendás dar un celular o una tablet?
—Las principales academias de pediatría a nivel mundial recomiendan que antes de los 14 años ningún niño tenga un celular inteligente. A esa edad el cerebro todavía no tiene la madurez necesaria para autorregular el uso, inhibir impulsos o sostener límites internos. Si existe la necesidad de comunicarse, se puede pensar en un teléfono básico, solo para llamadas y mensajes, como los que usábamos en 2005. Por otro lado, antes de los 16 años no se recomienda el acceso a redes sociales. No es solo por los contenidos que ven, sino por el impacto que eso tiene en la salud mental y en la dinámica familiar.
En los niños más pequeños, la especialista aclara que las recomendaciones son más estrictas: de cero a dos años, nada de pantallas. De dos a seis, como máximo una hora diaria de contenido de calidad y siempre con un adulto presente. Incluso, aclara, hay indicaciones como las de la Academia Española de Pediatría, que sugieren evitar completamente las pantallas hasta los seis años.
La puerta a la hipersexualización
En el consultorio, la pubertad precoz rara vez aparece sola. Muchas veces se combina con procesos de hipersexualización temprana.
“Cuando el cuerpo empieza a cambiar, cambia el contexto. A las niñas no las miran igual, no les hablan igual, y además empiezan a recibir mensajes digitales constantes sobre cómo ese cuerpo debe mostrarse”, señala la neuropediatra. “El cuerpo femenino aparece como objeto de validación social. Cuando una niña atraviesa una pubertad precoz, ese cambio corporal funciona como una puerta de entrada a la hipersexualización: ya no la leen como una nena, sino como una ‘mujercita’”.
Para la especialista, el problema no es una imagen aislada, sino la normalización del exceso que suele darse en redes sociales. “Me preocupa menos una imagen puntual que la repetición constante. Cuando eso se vuelve normal, ya no hay espacio para cuestionar ni para conversar”.
Por eso insiste en el rol activo de los adultos: “La pubertad precoz es una apertura temprana a la hipersexualización, y ahí es clave sentarse a hablar. Preguntarles: ¿qué te parece eso que ves?, ¿te parece que está bien o mal?, ¿creés que una persona vale más o menos por su cuerpo?, ¿qué puede recibir el otro cuando alguien se expone en redes?, ¿quién del otro lado está viendo eso? No podemos meter a los chicos en una burbuja ni aislarlos del mundo en el que viven. Lo que sí podemos hacer es ser un filtro frente a todo lo que hoy está normalizado”, resume.
“Lo veo deprimido”
Otra consulta que recibe con frecuencia de los padres, sobre todo en preadolescentes y adolescentes, tiene que ver con el desgano, el aburrimiento persistente y la falta de interés por actividades que antes resultaban placenteras.
“Entender la dopamina es clave para comprender la salud mental hoy”, explica Castro Fumero. Existe una dopamina “sana”, asociada al esfuerzo, la constancia y el logro, y otra que define como “dopamina barata”.
“El scroll infinito, las notificaciones y los likes generan pequeños picos de dopamina sin ningún esfuerzo. Cuando un chico consume eso todo el día, pierde interés por la dopamina sana”.
El resultado es la anhedonia. “Empiezan a aparecer frases como ‘no tengo ganas de insistir’, ‘no quiero leer el libro, prefiero el resumen’, ‘no quiero escuchar a la maestra, prefiero el video’. Todo lo que requiere tiempo, esfuerzo y tolerancia a la frustración se vuelve insoportable”.
En ese camino, explica, se busca la gratificación inmediata: el camino fácil y directo. “Eso es lo que estamos viendo hoy en niños y adolescentes: desmotivación por la vida cotidiana, desinterés por aprender, por interactuar con otros, por explorar el mundo”.
Si a esto se suman privación de sueño, sedentarismo y una alimentación basada en ultraprocesados, el riesgo de depresión aumenta.
—¿Cómo diferenciar lo esperable de una etapa como la adolescencia de una señal de alerta?
—Un cierto nivel de apatía es normal en la adolescencia. Hay una disminución natural de los receptores de dopamina y por eso buscan experiencias más intensas y validación externa. El problema es cuándo ese desgano deja de ser transitorio.
Para diferenciarlo, propone tres criterios. El primero es cuántas áreas están afectadas: sueño, alimentación, escuela, vínculos, actividades. El segundo tiene que ver con la profundidad del discurso: frases como “nada me interesa” o “estaría mejor muerto que vivo” son señales claras de alarma. Y el tercero es el tiempo: una o dos semanas pueden ser parte de un proceso; meses sostenidos, no. “Cuando se combinan estas variables, hay que buscar ayuda”, advierte.
“No puedo dejar de verlo”
En la Argentina, el primer celular suele llegar alrededor de los 9 años. Con él, también aparecen contenidos para los que el cerebro de los chicos no está preparado, como la pornografía o la violencia.
“Escucho mucho en el consultorio la frase ‘me dio asco, pero no puedo dejar de verlo’”, relata la neuropediatra. El sistema límbico busca novedad e intensidad; el lóbulo prefrontal, encargado del juicio crítico, todavía está en desarrollo: “Se enganchan aunque les genere miedo o rechazo. Después aparecen las consecuencias: pesadillas, ansiedad, irritabilidad”.
En esos casos, subraya, el rol del adulto es clave: “Necesitan a alguien que los ayude a reprocesar eso que vieron, para que no quede alojado como una experiencia traumática”.
Bebés y pantallas: una alarma temprana
Otra preocupación creciente es la exposición cada vez más temprana. “Que un bebé manipule un celular no habla de su inteligencia, como muchas veces se cree. Habla de cuánta exposición tuvo”.
Hoy, cerca del 70% de los niños antes de los dos años ya interactúa con pantallas. Esto se asocia a retraso del lenguaje, problemas de atención, alteraciones del sueño y dificultades para regular emociones.
“Hay estudios que muestran que cada hora frente a una pantalla reduce en un 10% la capacidad de autorregular la conducta. Por eso, cuando se la sacan, muchas veces aparece el desborde”.
A largo plazo, esta exposición temprana también se vincula con ansiedad, depresión y trastornos de la conducta alimentaria.
Castro Fumero concluye con una advertencia clara: “Es fundamental comprender que las pantallas alteran el neurodesarrollo. No solo por lo que hacen en los chicos, sino por todo lo que les dejan de hacer cuando están frente a ellas: dejan de caminar, de explorar, de hacer contacto visual, de observar a otros hablar, de mirar el mundo que los rodea. Y todo eso es crítico y vital para un desarrollo sano”.
Más información
- En la guía “Chicos y pantallas” que Fundación La Nación elaboró junto a destacados especialistas, podés encontrar más información sobre las problemáticas asociadas al uso de pantallas.









