
Violencia de género
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“Seguro te estás mandando mensajes con tu machito. Dáme el celular”, le exigió C. a Angélica Mendieta una noche de febrero del año pasado. Ella se negó y le contó que estaba hablando con su cuñada. Llevaba diez años teniendo que darle explicaciones de todo lo que hacía, con quién hablaba, con quién se veía, a dónde iba. Estaba acostada en la cama y se puso el celular detrás de la espalda. Él se le tiró encima y la agarró del cuello. Varias veces había amenazado con matarla. Angélica pegó un grito que despertó a Luca, el mayor de sus hijos. El chico entró corriendo al cuarto, le saltó a C. por la espalda y lo mordió en la cabeza en un intento desesperado de defender a su mamá. “Hasta acá llegué”, pensó ella.
Angélica se fue a un hogar de tránsito con sus cuatros hijas e hijos de entre 12 y 4 años. Ella tiene 38 y estuvo una década en pareja con C., el papá de los dos más chiquitos. “No quería ser una más de las que salen en Crónica: no quería terminar enterrada en el fondo. Quería pedir auxilio, pero no sabía cómo. Pensaba: ‘Se llega a dar cuenta y me mata antes de que pase la puerta’”, cuenta hoy, sentada en el living de su casa. Pudo volver allí luego de que la Justicia le colocara a C. una tobillera electrónica que lo obliga a mantener una distancia de al menos 12 cuadras con ella (aunque su acoso por redes sociales es permanente). Además, Angélica tiene instalada en su celular la aplicación con el botón antipánico. “El día que le saquen la tobillera, no sé qué va a pasar”, dice con la voz atravesada por el miedo.
Historias como la de Angélica se multiplican por miles. Por eso, en el marco del 8M, mujeres de todo el mundo vuelven a volcarse a las calles para reclamar políticas contra una problemática que no da tregua: en la Argentina, el año pasado hubo un femicidio cada 29 horas y en lo que va de 2022 los números son igual de alarmantes. “Los reclamos son los de siempre, porque la violencia de género no desciende”, enfatiza Ada Rico, presidenta de La Casa del Encuentro. Es un fenómeno camaleónico, que muta a lo largo de la vida de las mujeres. Entre las jóvenes, por ejemplo, 4 de cada 10 sufren distintos tipos de violencia durante sus noviazgos, como simbólica, económica, física o sexual (Defensoría del Pueblo bonaerense).
Después de preparar la leche para los chicos y pedirles que vayan a ver la tele al cuarto, Angélica se acomoda en la mesa con el mate. Vive en un asentamiento de Ingeniero Alan, en Florencio Varela. Afuera, el sol del mediodía resquebraja las calles de tierra. Cuenta que el impulso para pedir ayuda e irse al refugio lo tomó cuando C. se indignó porque ya no reaccionaba a sus violencias y empezó a volcar su furia hacia sus hijos más grandes. El equipo del Hogar de Tránsito Nuestra Señora del Milagro la acompañó en todo el proceso y lo sigue haciéndolo de forma constante. Angélica estuvo allí dos meses el verano pasado, hasta que se tomaron las medidas de protección y pudo retomar su vida.
Pero el día a día no es fácil. La tobillera de C. está conectada al dispositivo que Angélica lleva a todas partes. Los hermanos y la madre de su ex pareja tienen una perimetral de 300 metros que la Justicia les puso por las amenazas constantes que recibía (y recibe) Angélica por parte de ellos. En la práctica ese papel es incumplible, porque viven a los costados, atrás y enfrente de su casa. Si ella se asoma por la ventana de su living, lo primero que ve son sus caras.
Cuando Angélica y C. empezaron a noviar, él era otro. El mismo que después aparentaba ser frente a todos los demás: un tipo macanudo, divertido, conversador, amable. Al poco tiempo se le cayó la careta. Ella ya tenía a sus dos hijos más grandes, Luca (hoy de 12 años) y Quimey (11), de una pareja anterior, y trabajaba en una salita maternal. Pero C. la volvía loca para que dejara de ir. “Él trabaja en la construcción y siempre tuvo problemas con el alcohol. Pasaba mucho tiempo sin laburo y se enojaba mucho porque yo me iba temprano y volvía a la tarde. Me decía: ‘Yo soy el macho de la casa. Para trabajar, estoy yo’”, recuerda.
Desde el comienzo de la relación, se convirtió en su sombra. Adonde fuera Angélica, ahí estaba él: en el supermercado, esperándola afuera del trabajo o en la vereda de su casa. “Nosotros vamos a estar juntos para siempre”, le decía C., y a ella la frase le retumba hasta el infinito. Le pidió a Angélica que vendiera su casa y compraran una juntos, y con el tiempo tuvieron una niño y una niña, hoy de 8 y 4 años. De la violencia psicológica, simbólica y económica, C. pasó rápidamente a la física. “La mamá de él, le decía: ‘Vos lo que tenes que hacer es atarla con una media mojada, porque eso no deja marcas, y cagarla bien a palos para que te respete’. Viene de cuna con esa enseñanza: la mujer está para obedecer y punto”, cuenta Angélica.
Tenían períodos en que ella trataba de darle todos los gustos para que estuviera tranquilo. Pero después volvía con más furia: la cachetaba, le tiraba del pelo, le arrojaba el agua que ella usaba para lavar los platos o cualquier cosa que encontrara en el camino, hasta un ladrillo. Angélica dice que la violencia es así: no baja, siempre va para arriba. “Él me dijo: ‘Si tengo que hacerte pasar un infierno diez años más, lo voy a hacer’. Ahí me di cuenta que no iba a cambiar nunca, ni aunque se portara bien una semana”, señala.
Los últimos cuatro meses antes de ir al refugio fueron los peores. “Estaba transformado en un monstruo: me decía que el día de mañana iba a matar a mis hijos más grandes y yo iba a terminar muerta. Yo no dormía y los chicos estaban aterrorizados. Me miraban con esa carita como diciendo: ‘Hacé algo’. Y algo tenía que hacer”, describe Angélica. Esa noche en que C. la tomó del cuello, salió corriendo de la casa y pidió ayuda.
Para una mujer que está atravesando una relación violenta, señala Angélica, una de las cosas más difíciles de sobrellevar es la sensación de que no hay una salida. “Desde los abogados hasta los policías, todos te juzgan sin saber tu historia, como si automáticamente fueras culpable y el tipo inocente”, subraya. Esa mirada ajena implica una revictimización constante, como esa pregunta que le hicieron varias veces en la comisaría: “¿Qué hiciste?”. “Como si la violencia se pudiese justificar. Uno se siente culpable, ya no querés contar, porque lo primero que recibís, en vez de apoyo, es una crítica, excepto en las organizaciones de mujeres”, subraya.
Hubo un tiempo en que Angélica se sintió derrotada. “Y eso que soy de ir para adelante, así chiquita como me ves. Pero dije: ya no quiero pelear, que haga lo que quiera, pero que me deje vivir para cuidar de mis hijos −recuerda con la voz quebrada− Pensaba: si domo la bestia ellos van a poder vivir y en algún momento hacer su camino, y yo me quedaré en este infierno que me busqué solita. Ya no pensaba en mi felicidad, no aspiraba a nada. Era un robotito, un fantasma: te hundís tan hasta el fondo que crees que ni vale la pena pedir ayuda, porque él no va a cambiar ni nadie te lo va a sacar de encima”.
Desde que se separó de su expareja, Angélica volvió a trabajar: hace belleza de manos y le encanta. A veces Luca, el mayor de sus varones, le pide que le arregle las uñas y Fabrizio, el más chico, se burla: “Yo les digo: ‘Por supuesto que se pueden arreglar las uñas. ¿O qué creen, que Los Vengadores, que tanto les gustan, salen a la calle así nomás? Miren el peinado de Thor, ¿se piensan que es natural? ¡Va a la peluquería!’. Y ellos se quedan sorprendidos”, describe Angélica. Busca transmitirles que “no hay cosas de nenes y cosas de nenas”. Lo considera una pequeña resistencia, una forma de ir rompiendo, poco a poco, con el machismo que atravesó tantos años su casa.
Junto a su comadre, Mariana, a quien conoció en el hogar de tránsito en el que estuvo y con quien además son vecinas, quieren dar charlas en la sociedad de fomento del barrio para acompañar a otras mujeres: “Muchas no se imaginan que hay una mejor vida después del golpeador, que el mundo no se acaba ahí. Pero se puede salir”, asegura. Y después de un mate, agrega: “No se puede salvar a todas, pero si uno puede aportar algo para que al menos una se despierte antes de que pase algo peor, ya es un montón”.
El Hogar de Tránsito Nuestra Señora del Milagro es una iniciativa de la asociación civil Una Mano que Ayuda. Se sustentan gracias a la colaboración de la gente y toda donación es bien recibida para poder seguir acompañando a más mujeres junto a sus hijas e hijos. Para colaborar, escribir a unamanoqueayuda@yahoo.com.ar
“Hablemos de violencia de género”" class="com-link break-word" data-mrf-recirculation="n_link_parrafo">“Hablemos de violencia de género” es una guía de Fundación La Nación donde se puede encontrar información de servicio cómo señales de alerta o a dónde recurrir en busca de ayuda. Para saber más, hacer click aquí.
