
suicidio
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Lautaro Espinoza tenía 17 años cuando sintió que ya no podía más. Era de noche, estaba en su casa de la ciudad de Formosa y llevaba meses sintiéndose solo, aislado y desbordado. Agarró su celular y les escribió mensajes a dos amigos para decirles que la estaba pasando muy mal. Ellos entendieron la gravedad y llamaron a su mamá.
“Esa noche pensé lo peor”, recuerda hoy. La conversación que tuvo con ella cuando volvió del trabajo fue un punto de inflexión: por primera vez pudo decir en voz alta lo que le estaba pasando. Ese momento no solo frenó una decisión irreversible, sino que fortaleció un vínculo familiar que había sido distante. “Ahí tomé dimensión de la importancia de hablar de esas cosas que uno muchas veces calla”, dice Lautaro, que tiene 19 años.
Ese 2023 fue un año bisagra para él. No solo atravesó una depresión profunda y pensamientos de muerte, sino que estuvo marcado por el suicidio de dos amigas adolescentes, con apenas dos semanas de diferencia: una de ellas iba a su colegio.
“La mañana que me enteré del suicidio de mi primera amiga fue lo peor”, recuerda. Meses después, una tercera amiga intentó quitarse la vida dos veces. “Conocí de cerca lo que es perder a alguien por suicidio y también lo que es estar al lado de quien está al borde. Yo mismo toqué fondo y llegué a pensar ‘quiero terminar con todo’”, resume.
Ese mismo año, en la provincia de Formosa, hubo 13 suicidios de adolescentes de 19 años o menos; y otros 13 en 2024, según verificó el equipo de LA NACION Data a partir de información oficial. Algunos casos se conocieron públicamente, otros no. “Ahí dije ‘acá pasa algo’”, recuerda.
Para Lautaro, no podía tratarse de historias aisladas. Esa certeza fue el punto de partida de un activismo estudiantil que se extendió a escuelas de toda la provincia, con charlas de salud mental orientadas a la prevención, a derribar tabúes y a que muchos chicos pudieran poner en palabras lo que les pasaba.

Lautaro se convirtió en un puente entre jóvenes y espacios de cuidado. Articuló con una fundación que aportaba psicólogos y otros profesionales de la salud, recorrió colegios de la capital y del interior y promovió buzones anónimos de escucha, de los que surgieron pedidos de ayuda de todo tipo. También generó ámbitos donde muchos adolescentes hablaron por primera vez de depresión, autolesiones y situaciones de abuso.
Ese recorrido fue reconocido a nivel nacional: en 2025, Lautaro fue uno de los 24 jóvenes seleccionados por Ashoka Cono Sur para integrar Tribu 24, una comunidad que reúne a chicos de todo el país que impulsan iniciativas de impacto social. La quinta edición del programa tuvo a la salud como eje transversal.
Hijo único, criado en una familia donde la ayuda al otro siempre estuvo presente —sus padres participaban de iniciativas solidarias desde que él era chico—, Lautaro transitó gran parte de 2023 en soledad. Perdió amistades, se encerró en sí mismo y rechazó intentos de ayuda.
“Tenía amigos que me decían ‘te quiero ayudar’, pero yo los alejaba. A muchos jóvenes les pasa eso: se aíslan”, cuenta. Incluso su cuerpo empezó a dar señales: se le caía el cabello, estaba apagado, sin energía. En su casa no era habitual hablar de emociones.
El quiebre llegó cuando sus amigos hablaron con su mamá. Esa noche, cuando ella volvió del trabajo, le pidió que hablara. Primero aparecieron los reproches: las largas jornadas laborales de sus padres, la sensación de no ser visto. Después, el desborde. “No estábamos acostumbrados a expresar así lo que sentíamos, pero a partir de ahí la relación con mis papás mejoró muchísimo”, recuerda el chico. Ese diálogo inició un proceso de mayor escucha y cercanía entre los tres.
En paralelo, Lautaro encontró un refugio inesperado en la participación estudiantil. Fue elegido presidente del centro de estudiantes de su escuela y participó del Parlamento Juvenil del Mercosur, un programa educativo regional que promueve la participación de estudiantes secundarios. “Mi principal objetivo era que hubiera más refugio psicológico en mi colegio”, explica. En octubre de ese año viajó al Congreso de la Nación para representar a Formosa. “El activismo me abrazó cuando me quedé sin amigos. Fue mi cable a tierra”, dice.
El suicidio de su compañera también dejó al descubierto las limitaciones institucionales en su escuela. “Se decía ‘perdimos a un estudiante’, pero no se priorizaba la salud mental”, recuerda. Junto a una profesora de Psicología, lograron que durante el segundo semestre de 2023 toda la escuela trabajara la temática. Hubo exposiciones sobre suicidio y, en 2024, el enfoque se amplió a agresiones entre pares y vínculos saludables.
Desde el centro de estudiantes y con el acompañamiento de la Federación de Centros de Estudiantes Secundarios (FeCES), comenzó a organizar charlas con profesionales de la salud mental. “Vimos que muchos chicos no sabían cómo pedir ayuda y nos preguntamos cómo hacer para que la iniciativa continuara en el tiempo”, explica. A partir de ese trabajo, la psicopedagoga de su escuela asumió el compromiso de recibir y orientar a estudiantes en situación de crisis, lo que continúa hasta hoy.
En 2024, Lautaro se convirtió en vicepresidente de la FeCES y comenzó a recorrer escuelas de la capital y del interior con un proyecto propio: charlas sobre salud mental, educación sexual integral, vínculos saludables, apuestas en línea y adicción a los videojuegos, articuladas con psicólogos, médicos y otros profesionales. Se sumó a una fundación que trabajaba estas problemáticas, donde funcionaba como nexo entre especialistas y jóvenes. “Hablar desde mi experiencia hacía que hubiera más confianza”, explica.
En esos espacios aparecieron problemáticas recurrentes: depresión —muchas veces no identificada—, autolesiones y violencias. “Los chicos decían ‘me siento raro’, pero no podían ponerle nombre a lo que les pasaba. A partir de las charlas con profesionales, empezaron a reconocer síntomas y a pedir ayuda”, cuenta.

En su colegio implementaron un buzón anónimo, una caja que decía “Contá lo que quieras”. Se abría una vez por mes y los mensajes se derivaban a profesionales de la salud. “Una chica de segundo año contó que sufría violaciones por parte de su hermano y se logró ayudarla”, recuerda. El buzón, dice, “siempre se llenaba”.
Para Lautaro, uno de los principales obstáculos vinculados a la salud mental sigue siendo el tabú. “Todavía está muy presente la idea de que ir al psicólogo es estar loco. Aunque existen líneas de atención en crisis y profesionales en centros de salud, muchos jóvenes no saben cómo acercarse o no se animan”, dice.
Hoy, mientras se prepara para rendir el ingreso al Instituto Politécnico, sigue involucrado como asesor juvenil de la FeCES y proyecta profundizar su activismo. “Quiero trabajar desde lo público contra la exclusión, las violencias y darle más relevancia a la salud mental. Son temas que me atravesaron”, dice.
Su gran sueño es ahorrar para estudiar Relaciones Internacionales y Ciencias Políticas en Buenos Aires. Habla con una voz suave, que transmite calma. Pero detrás hay una convicción firme: “No quiero que otros jóvenes sigan pasando por lo mismo que pasé yo”.
