“Cumbres borrascosas”, entre la pasión y la puntuación
De cara al Día de los enamorados, el estreno de la película basada en el clásico de Emily Brontë ya está provocando alguna polémica
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NUEVA YORK.– No es Cumbres borrascosas, advierten sutilmente los carteles publicitarios que empapelan esta ciudad —y varias otras del mundo— a quienes ya están haciendo la cuenta regresiva para San Valentín, fecha elegida para el estreno de una nueva visión cinematográfica de la obra cumbre de Emily Brontë. Es “Cumbres borrascosas”: letras góticas, rojo pasión y, detalle no menor, entre comillas. Emerald Fennell, directora y guionista de esta adaptación, lo explicó sin rodeos en una entrevista reciente: “No puedo decir que estoy haciendo Wuthering Heights”. Lo único posible, explicó, es afirmar que se está haciendo “una versión”: “la versión que recuerdo haber leído”, “la versión que quise que existiera”, “una versión donde pasan cosas que nunca pasaron”.
Es “Cumbres borrascosas”: letras góticas, rojo pasión y, detalle no menor, entre comillas
La explicación es profundamente reveladora. Porque más allá de la honestidad artística —indiscutible—, esas comillas funcionan como algo más que una aclaración estética: operan como una protección preventiva. Una manera de adelantarse a la reacción de los lectores devotos, quienes inevitablemente señalarán lo que se perdió, lo que se suavizó, lo que se volvió romántico cuando en el libro nunca lo fue.
La pregunta es si no hay, en ese gesto, un exceso de cautela. Ninguna película es Madame Bovary, Anna Karenina u Orgullo y prejuicio. Y, sin embargo, durante décadas, cineastas y guionistas asumieron ese riesgo sin necesidad de encerrar los títulos entre comillas, como si pidieran disculpas antes de empezar. ¿Por qué ahora sí?

Algunos críticos culturales apuntan a la incomodidad que despertó el casting de Jacob Elordi como Heathcliff. En la novela, el personaje está definido explícitamente como de aspecto gitano y de piel oscura. Elordi —alto, blanco, glamoroso— está más cerca del imaginario de pasarela que del niño marginal imaginado por Brontë, borrando de paso algunas de las dimensiones ligadas a la discriminación que atraviesan al personaje. Todo esto ocurre, además, en un momento Bridgerton, en el que los grandes estudios parecen moverse en dirección contraria, reimaginando el pasado con mayor diversidad.
Otros adelantos sumaron inquietud. Conociendo el historial de Fennell —que en Promising Young Woman y Saltburn recurrió a giros sexualmente violentos como recurso narrativo— no faltaron quienes anticiparan un Cumbres borrascosas “más sucio, más sudoroso y más sexualizado”, con ecos que algunos compararon, no sin alarma, con Cincuenta sombras de Grey.

Las imágenes promocionales tampoco pasaron inadvertidas: en los adelantos Margot Robbie aparece con un vestido de novia blanco —históricamente inexacto— y luego con otro que parece de látex morado, alimentando una narrativa estética tan llamativa como ajena al rigor de época.
Pero hay algo más profundo en juego. Cumbres borrascosas ocupa un lugar particularmente incómodo en el panteón de los clásicos. Es un libro venerado, citado, canonizado, pero es una novela que no celebra la pasión: la expone como una fuerza que arrasa con todo, incluso con quienes creen necesitarla para existir. “Ella lo rechaza porque es una snob; él se convierte en un psicópata”, la resumió The Guardian.
Es un libro venerado, citado, canonizado, pero es una novela que no celebra la pasión: la expone como una fuerza que arrasa con todo, incluso con quienes creen necesitarla para existir
Estrenarla en San Valentín —fecha que, con todas sus simplificaciones, sigue prometiendo que el amor mejora la vida o al menos la vuelve más habitable— es, para los puristas, una provocación mayúscula. Más aún cuando el tráiler insiste en redoblar la apuesta y presentarla como “la mayor historia de amor jamás contada”. Fue una estrategia de marketing que ya había sido utilizada en la adaptación con Laurence Olivier de 1939.
“¿Es que no aprendimos nada?”, se preguntó exasperada la columnista Samantha Ellis en el matutino británico. Pero tal vez valga la pena ir al cine este Día de los Enamorados, aunque sea para comprobar qué ocurre cuando una pasión que nunca quiso ser domesticada necesita, para llegar a la pantalla en 2026, ser contenida entre comillas. Pasión y puntuación antes o después de una linda comida a la luz de las velas, suena, al menos para esta cronista, como una salida ideal.
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