El cactus me mira con mala cara
Lejos de las ideales visiones románticas, un jardín puede ser oscuro y tenebroso, como lo confirma la antología de cuentos “Gótico botánico”
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Un cactus me ataca. Créase o no, cada vez que le paso cerca en el balcón, y aun sin tocarlo, un arsenal de espinas diminutas se me clava en las pantorrillas. Pensé que era un mecanismo de defensa sofisticado, un precursor natural de los escudos de misiles con que se blindan algunos países, pero no: un jardinero me dijo que la planta no dispara. Es una Opuntia carnosa que me regalaron hace poco. Al acercarme, la electricidad estática que genera mi cuerpo o el movimiento del aire llevan sus espinitas, con esas malditas púas con puntas hacia atrás como anzuelos, a ensañarse en mis piernas. Sin embargo, nadie me quita la idea: el cactus me mira con mala cara.
Si la planta carnívora es un personaje recurrente en los dibujos animados o las fábulas infantiles, imaginarme en las fauces de un potus me provoca tanto pavor como la idea de ser devorado por una ballena
Puede que esté algo sugestionado por la lectura de Gótico botánico, el libro que acaba de publicarse acá con una antología de cuentos de un verdor perverso. Si para la poesía romántica la naturaleza siempre es beatífica, abundante en edenes que estimulan los buenos sentimientos, para el terror gótico el jardín es oscuro y tenebroso, tan siniestro como una mansión victoriana. Estas páginas están repletas de “un sinfín de criaturas fétidas o capaces de exhalar fragancias embriagadoras, inertes, prensiles, reptantes, trepadoras, justicieras, rencorosas, a veces medio humanas, a veces medio espectrales”, según enumera la escritora española Patricia Esteban Erlés en el prólogo. Los árboles, las plantas y los hongos son silentes, sí, pero no estáticos: acá mismo se comentó El increíble viaje de las plantas, el libro del científico italiano Stefano Mancuso que explica cómo se mueven. Ahí donde el Homo sapiens pertenece a una única raza, hay trescientas mil especies de plantas catalogadas en la tierra y en el mar, y se cree que muchísimas más todavía no integran ninguna taxonomía. Son el 99,7 por ciento de la vida del planeta. En síntesis: nos ganan por afano.

¿Cómo iba a perderse la metáfora el genio de Nathaniel Hawthorne, que en el cuento “El experimento del doctor Heidegger” usa una rosa como emblema de la juventud perdida? Poco después, Roal Dahl imagina el grito desgarrador de una flor cortada por capricho en “La máquina del sonido” y Eudora Welty narra la mutación del remanso en furia en “Una cortina de follaje”. Los relatos fantásticos vegetales de Gótico botánico toman al lector sugestionado como una hiedra coloniza una pared: en la planta no advertimos emociones ni pensamientos aunque la ciencia nos diga que los tienen. La mirada hacia una orquídea aparentemente inofensiva despierta “una rareza intrínseca que provoca una inevitable sensación de temor en el observador humano”, como dice Erlés, y si la planta carnívora es un personaje recurrente en los dibujos animados o las fábulas infantiles, imaginarme en las fauces de un potus me provoca tanto pavor como la idea de ser devorado por una ballena.
Este libro pone nombre a lo que siento cada vez que paso cerca del cactus: miedo clorofílico. No nos dejemos engañar: mudos y sumidos en una quietud casi total, los vegetales parecen aproximarse más al objeto inerte que a un depredador. Pero en la literatura gótica son como esos muñecos que súbitamente cobran vida. “Conviene ser precavidos y no acercarse mucho al verde”, concluye Erlés: “Es verdad que no ladra, y en teoría, solo en teoría, tampoco muerde. Ni falta que le hace, podríamos añadir”. Sin vocación de carnada, salgo al balcón con pantalones largos.
ABC
A.
Según la Biblia, las plantas, las setas y los árboles aparecieron durante el tercer día de la Creación, mucho antes que los animales y el ser humano.
B.
En el siglo XIX, la literatura gótica se opuso al racionalismo con una poética de lo irracional y el miedo como inspiración para sus historias.
C.
El libro Gótico botánico reúne dieciocho relatos de grandes autores en los que las especies vegetales encarnan la otredad de monstruos silenciosos.
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