La sastrería argentina, en manos de mujeres
Una generación hoy regresa al trabajo a medida y por pedido, y recupera la tiza y la estructura que, históricamente, habían pertenecido al mundo masculino
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“Por la mañana iba al colegio y a la tarde, para no quedarme sola porque mi mamá y mis hermanas trabajaban y mi papá estaba en la guerra, me pusieron con una señora que tenía un taller de costura, donde conocí el oficio verdadero”, contaba poco antes de morir, en 2023, Rosina Corradini. Era el recuerdo de origen de la fundadora de la última casa de moda activa en Buenos Aires, una mujer que llegó desde Italia en 1949 trayendo consigo una gramática textil propia.
En 1960 abrió las puertas de su casa, donde comenzó a despuntar ese prestigio de artesana que las reseñas de este diario celebraron tantas veces. Su enfoque, sin embargo, evitaba la severidad de la sastrería tradicional masculina para abrazar la noción de la Alta Costura: mientras el sastre se confía a la tiranía de las medidas exactas, Rosina se consagraba como una maestra del moulage, esculpiendo la tela directamente sobre el cuerpo o el maniquí.
Entre sus piezas icónicas figuran aquellos tailleurs (trajes de chaqueta) cuya ligereza desafiaba la gravedad. En lugar de la rigidez de una armadura, Corradini perseguía la cadencia del bies, la fluidez y el movimiento.
Si la sastrería argentina de hoy florece en manos de mujeres, es porque antes existió ese rigor silencioso que preparó el terreno. Rosina Corradini no buscaba la firmeza de un uniforme, sino la sastrería de modista: una arquitectura ablandada donde el saco conserva la autoridad de una prenda formal, pero con la caída delicada de una blusa.
Ella dejó una matriz ética en el oficio; sus manos, que ofrecían el rito del modelado sobre el cuerpo, fueron la escuela invisible para una generación que hoy regresa al trabajo a medida y por pedido, conviviendo con piezas sastreras de stock estándar, pero con alma de taller.

Lo que observamos ahora en los talleres de Buenos Aires es una evolución natural de ese legado: una estirpe de sastres mujeres que rescatan la paciencia y el respeto por la construcción que Rosina pregonaba, pero trasladando esa maestría a la mesa de corte, reclamando finalmente para sí la tiza y la estructura que, históricamente, habían pertenecido al mundo masculino.
Los recortes temporales de la moda en la Argentina hilvanan estilos y camadas: desde las dueñas de maisons hasta los diseñadores, pasando por modistas, sastres y boutiqueras. En Buenos Aires, una nueva generación de sastres ocupó su lado femenino con un grupo independiente de mujeres dispuestas a revitalizar un oficio de mando masculino.
Esta técnica arrastra una historia de dos siglos. Savile Row, en Mayfair, es el santuario de esa elegancia, el equivalente a la couture francesa. Entre sesenta cortadores, en la última década solo había dos mujeres: Kathryn Sargent, primera Head Cutter en Gieves & Hawkes (fundada en 1771), y Anda Rowland en Anderson & Sheppard (fundada en 1906). En 2014, Phoebe Gormley abrió en este barrio de Londres la primera sastrería para mujeres. El oficio hoy se expande.
En la Argentina, donde siempre imperó la figura de la modista, fue con Vicki Otero y Daniela Sartori que la sastrería ganó nombre propio. En años recientes emergieron figuras como Flora Lemes, Rouse Lasserre o las hermanas Dacal, quienes, además del rigor del traje, rescatan remanentes de viejas sastrerías porteñas para armar sus piezas. El mapa se diversifica: el traje ya no es una armadura heredada, sino una construcción recuperada.
“Elijo ser identificada como Sastre; fue la única nomenclatura que me dio pertenencia cuando empecé esta aventura”, dice Flora Lemes. Mientras cursaba Relaciones Públicas en la UADE y Diseño Textil en la FADU, Flora buscaba el rigor del oficio en las clases de Natalio Argento, ese maestro que, al igual que Rosina, trajo desde Italia el rito del aprendizaje a los doce años. Argento, que dejó su huella como sastre en la mítica Casa Marilú, sigue dictando sus cursos en la calle Esmeralda a los 84 años.

El taller de Flora en Barrio Norte, con sus moldes colgantes y herramientas de mano, remite a una temporalidad distinta. “Es una aventura: no hay un cuerpo igual a otro. Lo artesanal dicta que la hechura responda a las necesidades reales de quien habita la prenda. Conozco las técnicas modernas de producción, pero no las elijo. Prefiero ofrecer una experiencia”, afirma, reivindicando el tiempo frente a la velocidad.
Rouse Lasserre fundó su etiqueta en 2019, invocando la herencia de una abuela modista que ya dominaba la estructura. “Trabajo sobre el cuerpo, hago un proceso de moldería y diseño en fusión. Me gusta romper: variar un cuello o la pinza”, cuenta la diseñadora, que encontró en la soltura del actor Juan Minujín una pantalla ideal para su estética.
Su técnica se forjó en la disciplina del Teatro Colón y el Teatro Argentino de La Plata: “Trabajé en el vestuario de la ópera y el ballet mientras aprendía con un sastre de allí. Quería diseñar trajes porque la sastrería es algo distinto”. Recuerda su bautismo con Leonardo Sbaraglia: “Le propuse algo disruptivo, tipo David Bowie, pero él sugirió un clásico encendido por el color. Así nació el traje turquesa para Venecia, una corrida de dos días para confeccionar el vestuario que Leo usaría en el estreno de Wasp Network en la Mostra”.
Las hermanas Dacal despojan al oficio de su antigua solemnidad para colmarlo de un activismo comprometido con la cultura sostenible del vestir. Florencia y Lola construyen piezas a partir del rescate de remanentes de viejas sastrerías porteñas, transformando el descarte en lujo consciente.
“Usamos telas sastreras para tipologías clásicas y deportivas; es una reinterpretación del traje bajo una mirada contemporánea que incorpora la ropa de trabajo”, explica Florencia y subraya que su colección estable de 19 modelos en 12 tipos de telas y en diferentes talles están realizados con materiales de los 70: “Cincuenta años tienen estos géneros, que fueron hechos para durar siendo que la ropa actual no. Más allá de recuperar, lo nuestro es una apuesta a futuro de hacer prendas de calidad”.

Antes de lanzar su propia etiqueta, Daniela Sartori transitó una década en el engranaje del producto terminado para el circuito masivo. Fue allí, y en firmas como Bazaar Esquivel —que en 2003 comercializaba exclusivamente al exterior—, donde Daniela ofició de asistente de modelista y empezó a descifrar la arquitectura del traje.
Su trayectoria recorre la misma cartografía que dio origen al Diseño de Autor en 2001: desde la venta en Plaza Francia hasta las ferias y los bares de Palermo, donde sus manos ganaron fama por una moldería de precisión quirúrgica. Con su firma debutó en la Semana de la Moda de Nueva York, en 2011.
Su verdadera inclinación natural fue siempre la sastrería tamizada por la sustentabilidad. Tras atravesar todos los vaivenes del emprendedorismo local, como tiendas, talleres y de las primeras en llegar a la venta online a demanda, hoy despliega su universo en un showroom cerca del río, en el Bajo de San Isidro, anclado en el anticuario de Gabriel del Campo. Allí desarrolla su metodología “The New Tailoring”.
“Lo ideamos como un eslogan que es, en realidad, nuestra esencia: partimos de la sastrería para deconstruir su estructura y reformular sus usos”, explica Sartori. En su propuesta, los materiales nobles tradicionales ceden el paso a textiles de lujo 100% naturales, como el algodón chaqueño o la lana de Salta, con los que trabaja bajo dos rituales: la venta “por pedido” con talles estandarizados y la línea “a medida”, donde aplica acabados manuales de la sastrería clásica a una sensibilidad contemporánea.
Vicki Otero construye su cosmovisión en el cruce exacto entre la tradición y la raíz. Sus referencias se arraigan en el árbol genealógico: bisabuelas, abuelas y una madre que llegó desde España en 1958 para iniciarse como aprendiz de sastre. El apellido Otero es, en sí mismo, un emblema dentro del ecosistema sastrero argentino, y su etiqueta funciona como un manifiesto personal.
En la memoria de las pasarelas porteñas persiste el eco de su desfile del verano 2017 Industria Argentina, donde montó un taller que se iba desmantelando pieza a pieza con cada pasada, una metáfora visual sobre la fragilidad del oficio y la industria. Hoy, esa mirada se expande desde la fábrica de camisas Mónaco, un bastión de los años 40 en La Paternal. Allí, Vicki comparte el pulso creativo con su sobrino Nicolás Legnini. Juntos comandan Obradoiro de Ropas, un refugio de sastrería artesanal que utiliza rollos en desuso, y el proyecto Perlitas, una curaduría de tesoros textiles de otras décadas que se resisten al olvido.
Phoebe Gormley, la primera mujer en abrir un taller en Savile Row, fundó su espacio a partir de una frustración elemental: la cuna de la sastrería más fina del mundo ignoró, durante dos siglos, la silueta femenina.
“Las mujeres que buscaban ese nivel de artesanía, ajuste y durabilidad no tenían un equivalente real”, explica desde Londres. “Abrimos para cambiar eso; para reclamar un espacio en un entorno de mando masculino. Hemos ayudado a normalizar la idea de que nosotras también merecemos esa precisión y esa ceremonia sartorial”.



Para Gormley, el traje a medida es un cruce de ingeniería, escultura y narrativa; una prenda que sujeta el cuerpo, moldea el movimiento y otorga una claridad casi arquitectónica a quien la habita.
A diferencia del vértigo del prêt-à-porter, la sastrería respira a un ritmo meditado. Sus siluetas no caducan con la temporada, sino que evolucionan a través de conversaciones con las clientas, cambios en el estilo de vida y o en cómo las mujeres desean que se sientan con su ropa.
“Las tendencias influyen en ciertas preferencias, como hombros más suaves o pantalones más anchos, pero no nos dejamos llevar por los ciclos de moda estacionales”, cuenta. Una nueva línea comienza con la experimentación en la mesa de corte: ajustando ángulos y redistribuyendo pesos hasta que la clienta encuentra su propia versión de la armadura contemporánea.
Manteniendo el rito de los “viajes de sastrería”, Gormley traslada su taller a otras ciudades para atender a clientas a domicilio, una tradición de servicio que hoy encuentra un eco inesperado en Buenos Aires.
En la escena porteña, este grupo de mujeres sastre surge como una proclama: la prueba de que aún es posible recuperar la calidad previa al desmantelamiento textil de los años 90. Aquella década neoliberal no solo cerró fábricas, sino que habituó al consumidor a una moda acelerada y sin calidad, un fast fashion de serie que hoy deriva en la tragedia de los descartes del norte global con el boom de la venta de ropa usada.
Frente a la fragilidad de lo efímero, este grupo de mujeres sastre se propuso rescatar el peso y la memoria que el mundo fue dejando en el camino; una apuesta por la permanencia que nos recuerda que, en el mapa de la moda, todo es cíclico y lo que fue hecho con rigor, tarde o temprano, regresa.
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