Las redes sociales no son lo que pensaban
Quienes esperan cambiar el uso de una tecnología solo con prohibirla lo único que hacen es delatar su analfabetismo digital
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Las leyes están hechas por gente adulta que supone que los problemas nuevos se solucionan con los esquemas del pasado. Es cierto que los medios emergentes tienden a copiar, inicialmente, a sus antecesores. La radio nació recreando un teatro, y hoy muchos creen hacer YouTube replicando viejos estudios de radio.
Pero las plataformas digitales no emiten con una antena para el barrio. Las redes sociales no son aire sino líquidas como la sociedad que describió Zygmunt Bauman cuando ya no la explicaban sus estructuras sino su volatilidad.
Los políticos creen que renovarse es abrir una cuenta de TikTok y terminan convencidos de que ahí todos actúan como el grupito de fanáticos que azuzan sus rencillas. Para morigerarlos intentan restringir comportamientos digitales que no frecuentan para comprobar que la conversación social siempre encuentra una rendija para colarse.
A poco de que Australia aplicó una regulación pionera un medio tituló un informe de los resultados “Los jóvenes australianos desafían la prohibición en redes sociales con sorprendentes nuevos hábitos digitales.” La palabra “shocking” solo delata el analfabetismo digital de quienes esperaban cambiar el uso de una tecnología solo con prohibirla.
Esos que hoy se escandalizan porque su hijo pasa tiempo con desconocidos jugando a LOL, son de la generación cuya coordinación fina era darle golpes al Metegol
Lo previsible era el crecimiento exponencial que registraron otros sistemas que la ley no consideró “red social” como Discord o Roblox. Esta es una multiplataforma que invita a suscribirse “sin usar el nombre real”, con la simple cláusula de que “Si eres menor de 18 años, aceptas que tus padres o tutores te permiten crear esta cuenta y aceptan nuestros términos de uso”.
Un reporte de Convercom toma el caso para explicar los problemas de la regulación del ecosistema digital que cambia demasiado rápido. La propia categoría jurídica “red social” no alcanza para describir la convergencia de videojuegos, mensajería, el streaming, la inteligencia artificial generativa más las tecnologías que irrumpen cada día.
YouTube se defendió en uno de sus juicios alegando que no era una red social, igual que muchos de sus usuarios que se autoperciben con la identidad fluida de estos días. La red social no es tecnología: es un entramado humano que busca soporte tecnológico para conectarse.
Los jóvenes eligen Instagram o Discord para encontrarse fuera del radar de los adultos. Como lo hacían sus padres en el bar, la esquina o el tugurio de ocasión. La peligrosidad de esos espacios se resolvió con estrategias de contención porque siempre supimos que la prohibición solo les sube el valor.
Esos que hoy se escandalizan porque su hijo pasa tiempo con desconocidos jugando a LOL, son de la generación cuya coordinación fina era darle golpes al Metegol. Y que aún sigue sin usar más que tres botones del control remoto para ver televisión en la pantalla donde su hijo construye redes sociales en múltiples plataformas.
Christopher Ferguson, investigador de la Universidad de Stetson, lleva tres décadas estudiando los efectos de los videojuegos en el comportamiento juvenil. Su último artículo revisa los principales estudios sobre salud mental y concluye que no hay pruebas unánimes que deriven los problemas existenciales de plataformas digitales.
No obstante, los reguladores eligen los estudios de resultados parciales para prohibir preventivamente las plataformas que se eligen como principal canal de contacto. Así, la prohibición aleja a los jóvenes de lugares donde están sus responsables para que se vayan a plataformas con menos control y convivencia.
Más del 70 % de los usuarios usa las principales plataformas para cultivar sus redes sociales: comunicarse con amigos y familia y ver contenidos. Que una parte marginal de ese intercambio es político, y una parte de esa parte es hostilidad, habla bien de esta generación hija de juventudes que supieron resolver sus conflictos políticos con explosivos.
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