Lecturas: un anticipo de Vulnerables, de Facundo Manes
Publicamos aquí “Dormir para pensar, el arte de descansar”, un capítulo del nuevo libro de Facundo Manes, publicado por Editorial Planeta, en el que el neurocientífico invita a considerar la vulnerabilidad como aliada y fuente de fortaleza
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Dormir parece una actividad simple, casi trivial. Cerramos los ojos, el mundo se apaga lentamente y, durante algunas horas, dejamos de participar de la escena consciente de nuestra propia vida (y la de los demás). Sin embargo, esa aparente pausa —esa retirada momentánea de la vigilia— es uno de los procesos biológicos y mentales más sofisticados que posee el cerebro humano. Mientras dormimos, lejos de apagarse, el cerebro re-organiza información, regula emociones, consolida recuerdos y reequilibra sistemas fisiológicos que durante el día funcionan bajo presión.
En una cultura que suele valorar la hiperactividad, dormir ha sido durante mucho tiempo interpretado como una forma de debilidad. La idea de que el éxito está asociado a dormir poco se repitió durante décadas: celebridades que presumen de descansar apenas cuatro horas, estudiantes que atraviesan la noche en vela antes de un examen y trabajadores que sacrifican el sueño en nombre de la productividad y el compromiso con la causa. Pero la neurociencia contemporánea ha comenzado a desmontar esa épica del insomnio. Hoy sabemos que el sueño noes un lujo ni una concesión a la comodidad: es una función biológica esencial para la estabilidad cognitiva y emocional.
Dormir, en cierto sentido, es aceptar nuestra vulnerabilidad. Significa reconocer que el cerebro no puede sostener indefinidamente el esfuerzo de la vigilia, que necesita intervalos de reparación y reorganización. Durante esas horas en las que aparentemente no ocurre nada, se desarrollan procesos decisivos para el funcionamiento mental.
El sueño es, por lo tanto, una forma silenciosa de inteligencia biológica.
No existe una cantidad universal de horas de sueño válida para todos. A lo largo de la vida, las necesidades cambian: los recién nacidos pueden dormir la mayor parte del día, mientras que los adultos suelen requerir entre siete y nueve horas. Sin embargo, incluso dentro de esa referencia general, las diferencias individuales son significativas.
Algunas personas funcionan mejor en las primeras horas de la mañana; otras alcanzan su mayor lucidez cuando cae la noche. Estas diferencias no son caprichosas: responden a lo que la biología denomina cronotipo, una predisposición natural que determina cuándo nuestro organismo se encuentra más alerta o más propenso al descanso. La metáfora más conocida distingue entre “alondras” y “búhos”. Las primeras se despiertan temprano y concentran su energía mental en la mañana; los segundos alcanzan su mejor rendimiento cognitivo durante la noche. Entre ambos extremos se encuentra la mayoría de la población: un grupo intermedio que se adapta relativamente bien a diferentes horarios.
El problema es que la organización social rara vez respeta esa diversidad biológica. Las jornadas laborales, los horarios escolares y gran parte de las rutinas institucionales fueron diseñados para favorecer a los cronotipos matutinos. Para quienes tienen una predisposición vespertina, adaptarse implica un esfuerzo adicional: dormir cuando todavía no tienen sueño y despertarse cuando el cerebro aún no ha completado su ciclo de descanso.
En la adolescencia esta tensión se vuelve especialmente evidente. Durante esos años se produce un retraso natural en el ritmo biológico: los jóvenes tienden a dormirse más tarde y, en consecuencia, necesitarían despertarse más tarde. Sin embargo, las exigencias escolares suelen ir en sentido contrario. El resultado es un fenómeno frecuente en las sociedades contemporáneas: adolescentes crónicamente privados de sueño.
No se trata solo de cansancio. La falta de sueño altera funciones cognitivas centrales —como la atención, la memoria y la regulación emocional— y puede afectar tanto el rendimiento académico como el bienestar psicológico. Dormir bien no es únicamente descansar: es preparar al cerebro para pensar mejor.
Entre las múltiples funciones del sueño, una de las más importantes es la regulación de las emociones. Dormir adecuadamente permite que el cerebro procese experiencias del día, disminuya la intensidad de ciertas reacciones emocionales y reorganice recuerdos que, de otro modo, quedarían cargados de tensión.
Cuando el sueño se deteriora, ese equilibrio también se altera. Dormir mal aumenta la irritabilidad, la sensibilidad al estrés y la vulnerabilidad frente a la ansiedad. En otras palabras, el descanso nocturno actúa como un regulador silencioso del clima emocional.
La relación entre sueño y salud mental es, además, bidireccional. El estrés prolongado, por ejemplo, suele dificultar el descanso. Las preocupaciones activan sistemas fisiológicos —aumento de la frecuencia cardíaca, liberación de hormonas del estrés— que dificultan la conciliación del sueño. Pero, al mismo tiempo, dormir mal intensifica el estrés del día siguiente. De este modo se configura un círculo vicioso: la activación emocional impide dormir y la falta de sueño aumenta la activación emocional.
Algo similar ocurre con la depresión y la ansiedad. Los trastornos del ánimo suelen ir acompañados de alteraciones del sueño: insomnio, despertares frecuentes o, en algunos casos, somnolencia excesiva. El sueño se convierte así en una especie de indicador temprano del equilibrio mental.
Desde la perspectiva clínica, tal como lo indica Pablo López, director académico del grupo Ineco y psicólogo experto en sueño, el insomnio es hoy considerado un proceso transdiagnóstico, es decir, un fenómeno que atraviesa múltiples trastornos psicológicos: puede ser un síntoma inicial, un factor de riesgo o un mecanismo que contribuye a sostener el malestar emocional.
“Quienes padecen insomnio suelen desarrollar una relación ansiosa con el descanso. Observan el reloj, calculan cuántas horas les quedan antes de que suene la alarma, prueban técnicas, cambian rutinas y se exigen, de manera obcecada, dormirse. [...] Pero el sueño no responde bien ni al esfuerzo ni a la obcecación”.
Por eso, cuando una persona atraviesa períodos prolongados de dificultades para dormir, no se trata simplemente de una molestia pasajera. En muchos casos, es la señal visible de procesos psicológicos más profundos.
Paradójicamente, uno de los principales obstáculos para dormir bien es el intento obsesivo de controlar el sueño.
Quienes padecen insomnio suelen desarrollar una relación ansiosa con el descanso. Observan el reloj, calculan cuántas horas les quedan antes de que suene la alarma, prueban técnicas, cambian rutinas y se exigen, de manera obcecada, dormirse. Sin advertirlo, convierten el acto de dormir —que es un proceso espontáneo— en una tarea que exige esfuerzo. Pero el sueño no responde bien ni al esfuerzo ni a la obcecación.
El cerebro se duerme cuando las condiciones fisiológicas y psicológicas lo permiten, no cuando la voluntad lo ordena. Intentar dormir deliberadamente produce el efecto contrario: aumenta la activación mental y dificulta la aparición de la somnolencia. De allí que muchos especialistas propongan una idea aparentemente simple, aunque difícil de practicar: confiar en que el sueño llegará por sí solo.
En lugar de intentar producirlo activamente, el objetivo debería ser crearlas condiciones que favorezcan su aparición. Esas condiciones incluyen hábitos relativamente conocidos —actividad física regular, horarios estables y reducción de estímulos externos antes de acostarse—, pero también algo más intangible: una relación menos ansiosa con el descanso.
Dormir exige una forma particular de renuncia. Hay que dejar de hacer, dejar de pensar, dejar de controlar.
Uno de los cambios más profundos de las últimas décadas es la transformación de la noche. Durante buena parte de la historia humana, el anochecer señalaba el comienzo del descanso. Hoy, en cambio, la noche se ha convertido en una extensión de la vigilia.
Las pantallas iluminan las habitaciones, las redes sociales prolongan las conversaciones y las noticias circulan a cualquier hora. En ese contexto, el cerebro recibe señales contradictorias: el reloj biológico indica que debería prepararse para dormir, pero la exposición a la luz y a la información constante lo mantiene en estado de alerta.

La luz de los dispositivos electrónicos inhibe la secreción de melatonina, una hormona clave para la regulación del sueño. Pero el problema no es solo fisiológico. Las pantallas también activan procesos cognitivos y emocionales: lectura de noticias, intercambio de mensajes y discusiones virtuales son estímulos que mantienen al cerebro ocupado cuando debería comenzar a desacelerarse.
No sorprende, entonces, que muchas personas experimenten dificultades para conciliar el sueño en un contexto cultural que promueve la hiperconectividad permanente. La tecnología amplió nuestras capacidades, pero también modificó nuestros ritmos biológicos. El desafío contemporáneo consiste en aprender a convivir con esos dispositivos sin sacrificar el descanso que el cerebro necesita.
Tampoco el descanso depende solo de la voluntad o de buenos hábitos. Dormir bien es mucho más difícil cuando se vive en contextos de hacinamiento, ruido constante, trabajo nocturno, inseguridad o estrés económico sostenido. La desigualdad también se inscribe en el sueño.
Cuando dormimos atravesamos varias fases del sueño. Una de ellas, conocida como fase REM —por el movimiento rápido de los ojos—, es el momento en que aparecen la mayoría de los sueños vívidos. Durante esa etapa el cerebro produce imágenes, narraciones fragmentarias y escenas que muchas veces parecen absurdas: personas con rostros intercambiados, lugares imposibles, historias que desafían la lógica cotidiana.
Durante mucho tiempo se intentó interpretar estos sueños como mensajes cifrados del inconsciente. Sin embargo, desde la perspectiva de la neurociencia contemporánea, el fenómeno se explica de otro modo. Mientras soñamos, algunas regiones del cerebro —especialmente las vinculadas con la planificación y el control cognitivo— reducen su actividad. Al mismo tiempo, otras áreas relacionadas con la memoria y la emoción permanecen activas. El resultado es un estado mental en el que la información almacenada en el cerebro se reorganiza sin el filtro lógico de la vigilia.
“Podría decirse, entonces, que cada noche repetimos un gesto antiguo y silencioso: nos retiramos del control, suspendemos por unas horas la vigilancia sobre nosotros mismos y confiamos en que algo —que no dominamos del todo— seguirá trabajando en nosotros".
Los sueños, en ese sentido, podrían entenderse como intentos del cerebro por procesar experiencias emocionales recientes. No necesariamente tienen un significado oculto, pero sí reflejan la actividad de un sistema que intenta reorganizar recuerdos y emociones. Quizá por eso, en momentos de estrés colectivo —como ocurrió durante la pandemia—, muchas personas reportaron sueños más intensos o pesadillas frecuentes. El cerebro estaba trabajando más intensamente para procesar la incertidumbre emocional de ese período.
La noche, entonces, no es solo descanso: también es trabajo silencioso del cerebro.
Dormir bien no depende de una fórmula única ni de una técnica infalible. Depende, en gran medida, de reconocer que el descanso forma parte de nuestra salud tanto como la alimentación o el ejercicio.
Durante mucho tiempo el sueño fue el primer aspecto que sacrificábamos frente a las exigencias del trabajo, el estudio o la vida social. Hoy sabemos que esa renuncia tiene un costo. Un cerebro privado de sueño piensa peor, regula peor sus emociones y se vuelve más vulnerable al estrés. Tal vez la trans-formación cultural más importante que necesitamos no sea tecnológica ni económica, sino temporal: aprender a respetar los ritmos del cuerpo y del cerebro.
Dormir no es perder tiempo. Es permitir que el cerebro haga el trabajo invisible que sostiene nuestra vida consciente. En un mundo que premia la velocidad y la hiperactividad, el descanso aparece casi como un acto de resistencia. Pero también como una forma de inteligencia.
Podría decirse, entonces, que cada noche repetimos un gesto antiguo y silencioso: nos retiramos del control, suspendemos por unas horas la vigilancia sobre nosotros mismos y confiamos en que algo —que no dominamos del todo— seguirá trabajando en nosotros. En ese abandono hay una forma de sabiduría que la cultura contemporánea tiende a olvidar. Como en ciertos pasajes de la literatura, donde los personajes solo comprenden algo esencial cuando dejan de actuar y se detienen a descansar, el sueño nos recuerda que no todo se conquista por acumulación de esfuerzo, ni por la intensidad de la voluntad. A veces, comprender —y también sanar—exige una pausa, una entrega, un lapso para no hacer nada.
Quizás ahí resida, en su forma más discreta, el poder de la vulnerabilidad que recorre estas páginas: la capacidad de re-conocer límites, de aceptar la incertidumbre y de abrir espacio a aquello que no controlamos. Dormir, en este sentido, no es solo una necesidad biológica; es también una experiencia que condensa esa verdad más amplia. En un contexto (y sus representaciones) que nos empuja a sostenerlo todo, a responder siempre, a no detenernos nunca, cada noche nos recuerda que hay una fuerza en ceder, una inteligencia en soltar y una forma de bienestar que no se alcanza haciendo más, sino permitiendo que algo, finalmente, descanse.
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