“Nos vamos yendo”: despedidas rimbombantes -y de las otras-
Irse ‘a la irlandesa’, al modo francés, como los ingleses o a la argentina: las mil y una formas de poner fin a cualquier velada
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Circulan en Instagram videos en los que extranjeros se fascinan con las costumbres argentinas. Esta cronista los sigue con fruición —y con mayor fruición aún se los reenvía a sus hijos neoyorquinos, a ver si aprenden algo, o al menos si se les pega un poco de nostalgia-.
Uno de los preferidos es el del famoso “nos vamos yendo”: esa despedida alargada que, en términos estrictamente verbales, no tiene demasiado sentido, pero en la vida real lo tiene todo.
Hace décadas, al cursar un taller para periodistas en la fundación de Gabriel García Márquez, el Nobel mismo hizo una observación que, por supuesto, quedó grabada: en una entrevista, cuando uno empieza a hacer gestos de que se va, conviene prestar especial atención. Muchas veces ocurre algo curioso: el entrevistado se relaja, o siente que hay algo esencial que no dijo —algo que no se animaba a decir— y finalmente lo suelta. Y entonces el material se vuelve tanto más interesante.
En la vida pasa algo parecido. Llega el beso, el abrazo, el “bueno, nos vemos”, y justo ahí aparece el cuento más jugoso, el deseo más inconfesable o esa larga balada a la amistad que parecía no haber tenido lugar antes.
En Nueva York, en cambio, el problema es el opuesto. El Wall Street Journal publicó días atrás un artículo sobre la creciente legitimación del llamado “Irish goodbye”, la práctica de irse sin saludar. Hasta un experto en etiqueta de la Casa Blanca salió en televisión —casualmente en el día de San Patricio— para defender que “a veces, tiene sentido”.

El nombre, igual, es engañoso —y no particularmente amable—. Algunas versiones lo vinculan con las salidas abruptas durante la Gran Hambruna irlandesa, cuando por el dolor de emigrar hacia América se evitaban los largos adioses. Otras, más livianas, lo atribuyen al estereotipo de quien desaparece tras una Guinness de más. En Irlanda, aclaran, muchos rechazan el término o lo consideran injusto; otros señalan, con humor, que la versión local sería exactamente la contraria, de despedidas largas y apasionadas.
No es el único caso. Durante siglos, ingleses y franceses se acusaron mutuamente de la misma descortesía: to take French leave o filer à l’anglaise significan, en ambos idiomas, irse sin saludar. Como suele ocurrir, el estereotipo siempre es del otro.
Pero como ocurre tantas veces, el apodo sobrevivió a sus distintos orígenes —reales o mitológicos— y hoy ya no resulta necesariamente denigratorio. Más que una referencia concreta, funciona como coartada cultural para una práctica que ya no necesita explicación.
Porque el “Irish goodbye” no es solo una forma de irse: es una forma de eliminar la transición en un encuentro y que busca evitar cualquier fricción. En ese sentido, encaja perfectamente con ciertos estereotipos del neoyorquino: agendas saturadas, valoración extrema de la eficiencia y una relación más laxa con la obligación de cierre emocional. Irse deja de ser un momento que hay que atravesar y pasa a ser una decisión que se ejecuta y listo. Pero también puede leerse como una forma de respeto: no interrumpir, ni tampoco forzar en los demás una escena de cierre.
Hasta esta extraordinariamente gregaria cronista incurre, ocasionalmente, en el Irish goodbye en la Gran Manzana. Los expertos en buenas maneras —que hoy se multiplican en internet y en todos los idiomas— recomiendan, eso sí, enviar luego un mensaje del estilo: “Me fui sin saludar porque todos estaban tan entretenidos, pero qué bien lo pasamos”.
Igual, esta semana, en Buenos Aires, fue un lujo no tener ni que pensar en una salida a la irlandesa. Las despedidas se extendieron tanto que los hijos —tras su saludo mucho más eficiente— en general ya esperaban dormidos en el auto. Pero a fuerza de algunos videítos más en el regreso a Nueva York, esta madre todavía confía en que, algún día, no tan lejano, ellos mismos se “estarán yendo” también.
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