Paco Cerdà: “Han encerrado nuestras utopías en el maletero de un Tesla”
El periodista y escritor español publicó Presentes, un libro sobre la posguerra española que, a su modo, también habla de los dilemas actuales
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Hace un mes, el 17 de julio, se conmemoraron los noventa años del inicio de la Guerra Civil Española. En abril de 2029 se recordarán, a su vez, los noventa años del final de un conflicto que, entre 1936 y 1939, enfrentó a los “nacionales” liderados por Francisco Franco contra los republicanos o “rojos”, apelativo que englobaba a izquierdistas, autonomistas y liberales que habían optado por la defensa de la Segunda República.
Meses después de la victoria del franquismo, mientras la Segunda Guerra ya tronaba en el resto de Europa, se organizó en España un evento tan fundacional como poco conocido: se exhumaron los restos de José Antonio Primo de Rivera, fundador de la Falange (un partido político antiparlamentario) que, a poco de comenzada la guerra civil, fue fusilado por el bando republicano. El fascismo a la italiana que había subyugado a Primo de Rivera no coincidía plenamente con las coordenadas de la dictadura que el triunfante Franco buscaba imponer. Pero la consagración de un mártir suele ser buen sustrato para los nuevos órdenes: se organizó un cortejo que, a pie y durante once días y diez noches, a través de un país en ruinas –con paso marcial, hogueras, brazos alzados y consignas lanzadas a viva voz— trasladó los restos de José Antonio desde el cementerio de Alicante hasta El Escorial, donde fue enterrado con todos los honores.
Pasó mucho tiempo y, cuando de aquella desmesurada peregrinación ya casi nadie hablaba, un documental de los tantos que circulan en YouTube apareció en la pantalla de la computadora del escritor y periodista Paco Cerdà (Valencia, 1985). El tema de la guerra civil no le era ajeno; entre otros, Cerdà ya había publicado los libros 14 de abril (sobre el advenimiento de la Segunda República) y El peón (novela ambientada en la España de posguerra). Ahora observaba en el monitor imágenes que se le volvieron reveladoras: en un suceso que hasta ese momento no era más que una nota a pie de página, descubrió el potencial de lo que todavía no se había contado. Así nació Presentes (Alfaguara), libro de no ficción que obtuvo el Premio Nacional de Narrativa 2025 en España. A lo largo de once secciones –tantas como días duró la peregrinación—, el autor entreteje voces, hechos, lenguas, citas y eventos con la habilidad de un orfebre, como si la sustancia misma de la historia –su dolor, su caos, la sangre, lo irracional del odio, lo inenarrable de ciertos abismos— se transmutara en palabras. “Cuando la esponja está empapada, el mar puede pasar sobre ella sin hacer penetrar una lágrima más”, escribe en un párrafo, y el lector sabe que allí no se habla solamente de la guerra Española; hay algo que se indaga en lo humano, más allá de geografías y épocas.
—¿Cómo es esto de que el libro tomó impulso a partir de un documental de YouTube?
—Fue la casualidad, el algoritmo. YouTube me buscó a mí. Yo había hecho algunos libros sobre el antifranquismo. En El peón introduje dos o tres líneas sobre esta peregrinación; se ve que en aquel momento ya me había impactado. Pero quedó ahí: la sensación de que había una gran historia en ese viaje, que es muy desconocido en España. Fue una semilla de curiosidad; saber en qué consistía esta demostración de exaltación megalómana que no tenía precedentes en la historia de Europa occidental en el siglo XX: una peregrinación de casi 500 kilómetros, 11 días, 10 noches. Tuve mucha curiosidad periodística, si quieres llamarlo así, pero pronto vi que la gran historia era no solo narrar ese viaje, sino levantar la alfombra y ver lo otro. La propaganda franquista, que dirigía la mirada hacia esa peregrinación, ¿de qué estaba desviando la mirada, de qué quería apartar la mirada pública? De las cárceles, los paredones, los exilios, los campos de concentración, el trabajo forzado, la miseria, el hambre, el miedo. El miedo es el sustrato que explica la posguerra española. El miedo y el odio.
—En Presentes se conjugan el registro literario, incluso poético por momentos, la dureza de los datos y el juego con las citas textuales. Versos de Lorca, de Machado, frases en catalán, en valenciano… Un entretejido. ¿Cómo lo trabajó?
—Las historias beben de la realidad. Eso es la no ficción. Realidad documentada. Pero eso no está reñido con buscar una propuesta estética que pueda volar todo lo alto de lo que uno sea capaz. Yo no estoy aquí para transmitir conocimientos, información y datos. Eso quizás es el discurso histórico o periodístico. El relato literario contiene una belleza, o ha de contenerla a mi juicio, que como tú dices, por momentos pueda acercarse a lo poético, a las imágenes, a la musicalidad. Muchas veces en las frases cuento las sílabas para buscar determinados ritmos o rimas internas. Y, después, ese juego metaliterario de mezclar cuadros, fotografías, descripciones, injertos de versos, de aforismos, de palabras recogidas de algo tan a priori antiliterario como un documento administrativo y hacerlo literario justamente por esa sequedad; no utilizar nunca las comillas pero que siempre se note cuando el texto proviene de otra fuente. Utilizar incluso algunas lenguas distintas en alguna frase, renunciando a explicarlo porque la música no se entiende y porque el arte no se entiende. No hace falta que en un libro se entienda todo. Como lector me encanta y como autor intento cultivarlo. ¿Por qué se tiene que entender todo? Déjate llevar. Y más todavía si eres hispanohablante, porque la musicalidad te llegará igual. Y levantarás la ceja y dirás, pero esta frase en alemán, o esta frase en catalán, ¿por qué? Por algo. Porque quiero que notes la extrañeza. Porque quiero que te salgas del texto. Porque quiero que te preguntes por qué VivalaRepública va todo junto. Y Caralsol también va todo junto, porque son consignas y la gente no las piensa cuando las dice y qué peligro encierra eso. ¿Por qué no pongo nunca cursivas? Porque la gente no habla con cursivas ni habla con comillas; la gente habla y uno escucha la oralidad por el gusto por la palabra, por la propia estructura del texto. A mí me gusta mucho esa vocación del modernismo por que forma y fondo estuvieran conectados, que hubiera una propuesta estética conjunta. Pero bueno, hay un trabajo. Para mí es fundamental. ¿Cuándo partimos un párrafo? Es una decisión importante. Y me divierto muchísimo, muchísimo. Me siento a escribir y cuando veo que he conseguido lo que buscaba en musicalidad, en ritmo, en información, en saber un detalle, en arrancar y terminar un fragmento de una forma original y distinta a la anterior, entonces pienso… ¡qué alegría!

—¿Todos los hechos narrados son reales?
—Es todo real. Al final del libro hay un apartado con fuentes; todo está documentado. Me llevó casi tres años muy intensos; fueron muchas noches, mucha obsesión. Había una dificultad enorme: que todas las historias coincidiesen en el arco temporal de esos once días. Que todo encajara en ese mismo recorrido delirante de once días y diez noches entre fuego, propaganda, simbología fascista y nazi, para reflejar la cara oculta de la represión: esa España hecha trizas que el régimen no solo quería ocultar, sino con la que quería ensañarse más todavía.
—El libro tiene una suerte de leitmotiv: “La guerra ha terminado, la guerra no ha terminado”.
—Creo que la proclama franquista del 1° de abril del 39 que dice que la guerra está terminada es la gran mentira del siglo XX español. Estaba empezando una nueva forma de guerra, una represión más cruel, más sanguinaria, más inútil a priori. Pero el régimen, por su naturaleza llena de odio y por su estrategia de liquidar cualquier atisbo de disidencia, continuó de una forma atroz una guerra en la que machacaba uno solo. Son cientos de miles los españoles que murieron después del “fin” de la guerra.
“El presente nos angustia por demasiadas razones. Y se está convirtiendo al pasado en una especie de abrigo emocional o campo de batalla donde se dirimen luchas del presente”
—Hay un pasaje donde se menciona a Alexander Weddell, embajador norteamericano en España. Su secretario habla con unos bibliotecarios, que le explican que están preservando ciertas publicaciones para que en el futuro se sepa que “personas como los republicanos han existido”. ¿Esa frase también es real?
—Todo es real. Hay un documento desclasificado del Departamento de Estado de los Estados Unidos en el que aparece esa declaración del bibliotecario.
—Transmite algo así como la certeza de que todo lo republicano iba a ser exterminado.
—Exactamente; en principio muestra esto de erradicar una supuesta plaga de seres humanos completamente desviados y aberrantes, que vendrían a ser los republicanos. Segundo, creían que era posible hacerlo. Tercero, pensaban que estaban construyendo un régimen eterno. El hombre nuevo, franquista, ¿sabes? Esto del Homo Sovieticus, esa voluntad de crear un hombre nuevo, ha estado en distintas etapas de la humanidad.
—¿Y con distintos signos políticos?
—Siempre es peligroso crear algo tan nuevo, artificiosamente. En este caso, estaba también la voluntad de crear una mujer nueva, a través de la sección femenina: una mujer que volviese al hogar, volviese a criar a los hijos, volviese a ser sumisa al hombre, abandonase la arena pública, no trabajase. Y un hombre nuevo abrazado a la cruz, respondiendo a una idea de patria completamente excluyente con las distintas lenguas y sensibilidades identitarias que hay en España, y que siempre ha habido. Creían que era posible. Se esforzaron mucho y con saña para conseguirlo. Durante 40 años, una generación y pico de españoles fue troquelada en serie bajo un crucifijo en las escuelas, a cuyos lados estaba el retrato de Franco y el retrato de José Antonio como un mártir de mártires.

—¿Podría decirse que en el José Antonio real, no la figura mitificada después, había una búsqueda de utopía ligada al primer Mussolini, a los futuristas italianos, las vanguardias, Marinetti?
—Sí, las vanguardias. Que a veces son de izquierda, y otras son de derecha.
—¿Cómo pensar todo esto en un momento como el actual, cuando, de la mano de figuras como Peter Thiel, Alex Karp o Elon Musk, asoma cierta utopía tecnocrática?
—Es interesante porque a priori el libro habla de un episodio histórico y de una realidad centrada en la memoria española. Pero también habla del presente. En parte creo que se publica en 14 países, por lo que me han contado los editores internacionales, porque reenvía a los autoritarismos, los populismos, los nuevos fascismos, la nueva propaganda creada en masa, los odios y las exclusiones. Hay unas placas tectónicas que cohabitan ambas épocas, el presente y aquellos años 30. Pero para mí una diferencia enorme es la de las utopías. Entonces había una vocación por construir futuro a lo bestia; es decir, una ambición desmedida de futuro. El pasado casi no existía. Tanto derechas como izquierdas eran arrolladoras en su intención de crear futuros. Hoy en día, no hay futuro. El presente nos angustia por demasiadas razones. Y se está convirtiendo al pasado en una especie de abrigo emocional o campo de batalla donde se dirimen luchas del presente. Hoy han encerrado nuestras utopías en el maletero de un Tesla. Y están creando otras, distópicas. Ellos tienen mucho interés en colonizar Martes, Lunas, e inteligencias artificiales. Las inteligencias emocionales les importan un carajo, y lo que pasa en la Tierra, en gran parte de esta Tierra, les importa dos carajos. Por lo tanto, yo no las calificaría de utopías. Están creando ambiciones alternativas, pero no tienen un modelo de sociedad, una propuesta global de sociedad hacia la que avanzar. Fascista, comunista, anarquista, liberal... eran propuestas colectivas para la sociedad. Yo no he escuchado el modelo de sanidad, educación, o bienestar de los tecnobárbaros. No hay un modelo colectivo; por eso es insultante que se pueda calificar de utópico su impulso.
—¿Por qué “tecnobárbaros”?
—Bárbaro viene de extranjero; son extranjeros a la humanidad. Me parece que no están en comunión plena con la humanidad; tienen unas cotas de egoísmo tremendas. Hay un libro interesante, Soñar de otro modo sobre las utopías, de Francisco Martorey Campos, un escritor español al que tuve la suerte de editar. En aquel libro, que hacía un viaje por las utopías a lo largo de medio milenio, llegaba a la conclusión de que las desgracias a las que nos han abocado tantas utopías, nos obligan a soñar de otro modo. Pero no renunciar a soñar.
La pasión de Cerdà por contar (y leer) se remonta a la infancia, y tiene un día clave: cuando, de visita a la casa de un tío periodista, curioseó en las estanterías de la biblioteca y tomó La vida de un periodista, de Ben Bradley, el mítico director de The Washington Post en tiempos del Watergate. Cerdà tenía 13 años cuando se sumergió en la historia de Woodward, Bernstein y la exaltación del periodismo como contrapoder. Así decidió que iba a ser periodista. “Me obsesioné tanto que dejé el baloncesto, al que jugaba en esa época –cuenta—. Para acceder a alguna plaza codiciada de periodismo, pedían mucha nota en la Universidad Pública de Valencia. La conseguí, y trabajé en el periódico Levante de Valencia durante 10 años”.
Además de coberturas como la que hizo sobre los pueblos españoles que se van quedando sin población (base del libro Los últimos. Voces de la Laponia Española), el periodista fundó en 2018 La Caja Books, una editorial especializada en literatura de no ficción. En 2021 publicó su primer artículo de opinión en El País; no casualmente, trataba sobre el exilio durante la Guerra Civil Española.
La inquietud por ese periodo histórico también le viene de familia: su bisabuelo, electricista y concejal republicano de la localidad valenciana de Burjasot, fue encarcelado y luego fusilado por el franquismo pocos años después de terminada la guerra. Se llamaba Francisco Arroyo Rubio. Mismo nombre de pila que Francisco Cerdà Arroyo, más conocido como Paco Cerdà, su bisnieto.
—La guerra no terminó en 1939. ¿Continúa presente, al menos desde lo discursivo, en las discusiones sobre la memoria en la España actual?
—Todo empieza con el odio, evoluciona hacia la palabra y después nadie sabe cómo termina. Esas dos primeras etapas yo las identifico en España, en general, en esta nueva corriente de Zeitgeist, de espíritu del tiempo, que nos ha tocado vivir. No me gusta comparar situaciones que son incomparables, porque creo que es faltar el respeto a las personas que realmente sufrieron un hachazo de violencia en masa, perpetrado de una forma organizada y sistemática, como purga ideológica. Ahora bien, hay palabras que engendran muertes. Creo que lo que nunca acabó fue la incomprensión respecto del otro. Entonces pienso que los libros están justamente para eso, para atemperar los ánimos enardecidos de una forma demasiado emocional. Estamos en unas sociedades demasiado emocionales. Creo que las redes sociales han desbocado ese corazón o comentario que te crucifica.
—Bueno, usted no tiene redes sociales.
—No, no he tenido nunca. Es una decisión.

— ¿Nunca, ni siquiera en relación con el trabajo periodístico?
— ¿Sabes qué? Mi padre no tiene teléfono móvil. Creo que es algo que me viene de familia. En casa de mis padres no hay internet. Nunca tuve ningún tipo de red. De hecho, en mi primer viaje de idiomas, cuando era adolescente, todos tenían Messenger, que era lo que se llevaba en ese momento. Pero a mí me escribían cartas postales y yo escribía cartas postales. Era el único. Después no tuve redes sociales. En un momento me abrí Twitter, lo tuve dos o tres meses, creo que hice cuatro o cinco posteos y lo desactivé. Supe desde el principio que no era un alimento para mi estómago. Y respecto de Instagram… Soy muy celoso de mi intimidad, no me gusta que la gente sepa dónde estoy o qué hago, lo veo innecesario. Y como tampoco me gusta fisgonear… De hecho, WhatsApp no tenía hasta hace 5 ó 6 años, o por ahí. Ahora solo lo tengo en el teléfono del trabajo. Mis amigos me mandan un SMS, me mandan correos o me llaman. Es que se gana mucho, ¿eh? Estamos en una época de mucha presencia del yo en las redes. Seguramente soy el que va a contracorriente, pero está bien ir a contracorriente a veces. No me incomoda ni tampoco quiero hacer proselitismo ni condenar nada. Cada uno sabe lo que le alimenta mejor. Aunque, ahora que tengo una niña de un año y medio, habrá que ver si puedo mantenerlo.
—Volvamos a su libro, a Presentes. En el capítulo titulado “Los 47” hay una mención muy sutil a la historia de su bisabuelo. Se habla de cuarenta y siete personas que son enviadas al paredón; entre ellas, un electricista y concejal valenciano que agitaba un pañuelo blanco desde la ventana de su celda para despedir a su hijo cada vez que lo iba a visitar a la cárcel. Hasta el día de los fusilamientos que convierten en huérfano al hijo, un chico de 17 años, y envían al padre a la fosa común. En un párrafo, al cierre del capítulo, la voz narrativa cambia levemente y parece dirigirse al autor: “Cómo se cuentan cuarenta y siete vidas. Y por qué tú no cuentas esa otra vida rematada en plomo y laurel, sangre de tu sangre, un trozo de tu historia, quizás el motor de alguno de tus libros, si cuentas tantas vidas lejanas. Pero esa pregunta la evitas, nunca te la quieres responder”. ¿En serio la evita? ¿Qué le respondería?
—Fíjate que nunca había pensado en que el narrador le habla al autor. Nunca había pensado eso porque para mí fue muy orgánico. Hay veces que tomas decisiones literarias sin tomarlas. Mi abuelo cumplió 100 años el año pasado, en noviembre. Él no sabía que yo estaba escribiendo este libro. Cuando lo terminé y recibí mis primeros ejemplares, el primero se lo llevé a él. Y le dije que había tres páginas en el libro que eran especialmente emocionantes para él y para mí. Se las marqué en un separador y le pregunté si quería leerlas solo o que se las leyese yo. Pidió que se las leyese yo. Él tenía en el comedor de su casa el cuadro de su padre, de mi bisabuelo. Un óleo del pintor Ricardo Verde, amigo de la familia, que pintó el cuadro cuando mi bisabuelo era un niño de comunión, un niño pequeño. Ese cuadro estuvo siempre allí. Todas las semanas yo iba a visitar a mi abuelo y de fondo estaba el cuadro. Claro, cuando una persona tiene 98, 99 años, siempre piensas que en cualquier momento... Pero le llevé el libro, llegó a verlo, se lo leí, y fue muy emocionante. Él lloró, yo también lloré. Fue un momento, la verdad, precioso. Llegó a ver el Premio Nacional de Narrativa que me concedieron, y en enero falleció. Con 100 años.
—Vivimos en el auge de la autoficción. ¿Nunca tuvo la tentación de contar esta historia en primera persona?
—Es que no sé si es por formación periodística o por rasgo de carácter, pero creo que lo importante en general, a la hora de contar historias, son los demás, no uno. Eso aprendí como periodista y eso es lo que además me interesa. Respecto de mi abuelo, a él no le gustaba hablar de aquel episodio porque le producía mucho dolor. La respuesta a esa pregunta que, como tú acotas, le hace el narrador al autor, es la que aparece en el libro.
—Usted desarrolló buena parte de su carrera profesional en Valencia, ciudad que en medio de la guerra, entre noviembre de 1936 y octubre de 1937, ante la riesgosa situación de Madrid, fue sede del gobierno republicano. Es una ciudad muy marcada por ese momento de la historia.
—Tenemos allí el cementerio de Paterna; está muy cerca de la ciudad. Es como el Auschwitz español: allí fusilaron a 2238 personas acabada la Guerra. Se fusilaba contra un muro y luego se cargaban los cadáveres en camiones; al camino que conducía desde ese muro hasta el interior del cementerio se lo llamaba “el camino de la sangre”, por lo que chorreaba desde los camiones. Que el gobierno de España, tantos años después, no haya dignificado ese lugar ni lo haya dotado de un contenido memorialista como merece, me parece una injusticia. Una oportunidad perdida, también. Mi bisabuelo fue fusilado allí. Cuando fui a presentar el libro a Zaragoza un lector le comentó a la presentadora del acto que el libro estaba gustándole mucho, especialmente un capítulo, “Los 47”. Le dijo que lo había emocionado mucho porque, no sé si su padre o su abuelo, eso no lo tengo claro, había sido un soldado desplazado al piquete de fusiladores en Paterna. Era joven y el primer día que estuvo allí tuvo que ir a fusilar a las personas que tocaban. Se le encasquilló la arma. El sargento lo abroncó, él se puso nervioso, finalmente pudo disparar. Casi al final de su vida, antes de morir y sin venir a cuento, dijo: “Era tan guapo…” Mi bisabuelo podría haber sido el fusilado. Y el fusilador, tantos años después, doliéndose por el tipo de historia que dejó sin padre a mi abuelo. Aquel hombre recordando la cara de alguien que era guapo, y al que tuvo que matar. Una guerra es una bomba emocional de infinidad de réplicas, a lo largo de las décadas.
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