
¿Quién es el verdadero hombre fuerte?
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La “fortaleza” es una virtud clave en el movimiento MAGA, en cuyo contexto denota una masculinidad desafiante y una disposición a emplear la fuerza —e incluso la crueldad— para vencer a los enemigos percibidos.
En ocasiones, esta cualidad se ha entrelazado con el cristianismo; un ejemplo de ello es cuando, en marzo pasado, el secretario de Defensa norteamericano, Pete Hegseth, recitó una oración en el Pentágono pidiendo a Dios que “rompa los dientes de los impíos”.
El papa León XIV, quien tuvo desencuentros con el gobierno de Trump en torno a la guerra en Irán y la política migratoria, difícilmente encaja en este modelo de cristianismo caracterizado por la dominancia. Es un hombre tranquilo y reservado, que a menudo prefiere el consenso al conflicto. Sin embargo, sería un error considerar a León XIV como alguien blando. En realidad, él es el verdadero hombre fuerte.
A lo largo de sus décadas como misionero y líder de la Orden de San Agustín, el Papa demostró una fortaleza muy distinta: trabajó en repetidas ocasiones en lugares peligrosos y, con frecuencia, se expuso al peligro en el ejercicio de su ministerio.
Esa misma fortaleza se evidenció recientemente en Roma, donde el Sumo Pontífice se sometió a una intervención quirúrgica, el pasado 13 de octubre, para extirparle un tumor cancerígeno en uno de sus pulmones. Desde la habitación donde emprendió su recuperación, mantuvo una conversación telefónica con el presidente de Rusia, Vladímir Putin, y recibió el alta hospitalaria en menos de una semana.
León XIV estuvo siempre decidido a emprender el cansador viaje por la Argentina, Perú y Uruguay, a pesar de que aún se está recuperando de la operación en la que se le extirpó el lóbulo inferior de un pulmón.
Esa es la mentalidad misionera, que exige sacrificar el propio ego —y, a veces, la salud y el bienestar— por el bien de la misión. “Los grandes misioneros dan testimonio a través de enfoques silenciosos y discretos, cuyo método consiste en compartir la vida, el servicio desinteresado, la renuncia a cualquier estrategia calculada, el diálogo y el respeto”, predicó el Papa en la Basílica de San Pedro, en abril último. “La cruz forma parte de la misión”.
León XIV no es el primer pontífice que viaja a lugares remotos o que muestra determinación al enfrentarse a sus propias fragilidades. En muchos sentidos, demostrar valentía, firmeza y —sí— fe, forma parte de las funciones propias del papado.
En el comunicado del Vaticano que confirmó el viaje a Sudamérica, el Papa expresaba que espera “con ilusión regresar al continente donde viví tantos momentos de mi vida”.
En muchos sentidos, demostrar valentía, firmeza y —sí— fe, forma parte de las funciones propias del papado
No todos esos momentos fueron felices; algunos, de hecho, resultaron desgarradores. En 1984, el futuro Papa era un joven agustino llamado Robert Prevost, que cursaba un doctorado en derecho canónico en Roma. Un accidente automovilístico en Perú acabó con la vida de dos sacerdotes que ayudaban a establecer una nueva diócesis en la remota localidad de Chulucanas, en el norte de ese país. Los superiores agustinos del padre Prevost le pidieron que se trasladara a más de 10.500 kilómetros y asumiera la tarea. “No sin cierto temor he aceptado este nuevo encargo”, confesó el padre Prevost a sus hermanos de orden. Aun así, lo hizo.
Poco después de su llegada, el padre Prevost contrajo fiebre tifoidea. Sin embargo, permaneció en el lugar durante el año previsto, completando así su misión.
Por aquel entonces, el violento grupo conocido como Sendero Luminoso aterrorizaba al país. Sus integrantes dejaban los cadáveres de supuestos traidores en las calles y enviaban burros cargados con explosivos a zonas muy concurridas. Pese a ello, el padre Prevost regresó a Perú menos de dos años después; en 1987, escribió a sus hermanos agustinos y les expresó su profundo deseo de vivir “en medio de la inmensa masa de personas marginadas, participando en sus vidas, sus angustias, su desesperación y sus esperanzas”.
Durante su estancia en Perú, los miembros de Sendero Luminoso comenzaron a tomar como objetivo a clérigos católicos extranjeros, a quienes calificaban de “agentes del imperialismo disfrazados de sacerdotes”. La archidiócesis le ofreció al sacerdote Prevost un guardaespaldas, pero él se negó. Aun cuando la violencia se intensificaba, permaneció en el lugar. Su credibilidad como cristiano dependía de su disposición a quedarse, a pesar de los peligros, y eso hizo hasta 1999, cuando lo peor de la violencia terrorista ya había pasado.
Al documentar la vida de León XIV antes de su papado para nuestro libro, escuchamos numerosas historias como esta.
Cuando dirigía la Orden de San Agustín a nivel mundial como prior general, viajó a más de 40 países. Algunas de esas travesías implicaban riesgos que muchas personas no habrían asumido.
En septiembre de 2001, cientos de musulmanes y cristianos murieron durante una semana de enfrentamientos sectarios en las calles de Jos, Nigeria. Incluso muchos nigerianos evitaban la zona. Sin embargo, los agustinos acababan de establecer en Nigeria la primera base africana de su orden, cuya sede se encontraba precisamente en Jos. El padre Prevost estaba decidido a asistir a la ceremonia de inauguración, ese noviembre.
A su llegada, soldados armados custodiaban las instalaciones de los agustinos. “Era peligroso”, relató el reverendo John Abubakar, un agustino nigeriano que se encontraba allí. “Y el hecho de que tuviera ese valor resultó inspirador. Nos preguntábamos: ¿Quién es este norteamericano?’”.
El papa León XIV no presume de sus hazañas; de hecho, rara vez habla de ellas. Pero, bajo esa reserva característica del Medio Oeste estadounidense, subyace una fortaleza particular: un valor sereno, una capacidad de mantener la calma bajo presión. Posee una serenidad innata, incluso en los momentos más difíciles; como nos comentó el reverendo Robert Hagan, un agustino que conoce bien a León: “No es un hombre que se ponga nervioso”.
Como Papa, parece ser un tanto más precavido en cuanto a su seguridad personal (la Guardia Suiza ayuda en ello), pero sigue siendo tan resuelto como siempre. El año pasado, en el Palacio Apostólico, la reina Rania de Jordania —sin percatarse de que un micrófono estaba abierto— se dirigió al Sumo Pontífice y le preguntó con preocupación: “Su Santidad, ¿cree que es seguro ir al Líbano?”. “Bueno, nosotros vamos”, respondió, con una sonrisa contenida. El viaje, que incluyó una escala en Turquía, transcurrió sin contratiempos, a pesar de la guerra en la región.
León XIV ha demostrado esa misma determinación en su lucha contra el cáncer de pulmón que lo afectó. Él mismo anunció el diagnóstico desde el Palacio Apostólico, mostrando una transparencia —y una vulnerabilidad— que rara vez, quizá nunca, se ha visto en los papas de la era moderna.
El segundo día tras su operación, el cirujano lo encontró acomodando las sillas en la capilla del hospital. “Santo Padre, nosotros podemos encargarnos de eso”, le dijo el cirujano. “No importa”, respondió él. “Puedo hacerlo, así que lo haré”.
*Burke y Detrow son autores de American Pope, una biografía del papa León XIV



