Una artista argentina que une la lógica de la computación y la sensibilidad del arte abstracto
Carolina Holste combina en sus obras dos mundos a primera vista opuestos
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Para Umberto Eco “el libro es como la cuchara, el martillo o la rueda. Una vez inventado, no se puede hacer nada mejor”. El libro guarda tiempo, memoria, voces. Permanece incluso cuando la tecnología promete reemplazarlo. Resiste. Sin embargo, en las manos de Carolina Holste, el libro muta. De tal modo que el semiólogo boloñés podría repensar su concepto.
Nacida en San Isidro en 1969, en un mediodía de calor intenso, su llegada estuvo marcada por una escena casi literaria. Su abuelo no creyó la noticia porque era el Día de los Inocentes. Pensó que se trataba de una broma. Lo llamaron varias veces hasta convencerlo de que su primera nieta era real. Ese cruce entre incredulidad y revelación parece anticipar algo de su obra: lo que parece fijo puede transformarse. Guarda recuerdos luminosos de una infancia atravesada por la imaginación.

El arte estuvo siempre presente, aunque su elección académica inicial pareciera alejarla. Estudió Ciencias de la Computación en tiempos de Commodore 128 y laboratorios universitarios compartidos. La programación le enseñó estructura, análisis, resolución de problemas. En paralelo asistía a talleres de cerámica y pintura. Más tarde vivió en México, donde trabajó como consultora en sistemas mientras se sumergía en talleres de dibujo, óleo y artesanías. La intensidad cromática mexicana dejó huella. Un período en Estados Unidos la acercó a la animación digital. De regreso a la Argentina continuó combinando mundo digital y experimentación artística hasta dedicarse por completo a su obra.
Hoy une dos universos que, a primera vista, parecen opuestos: la lógica computacional y la sensibilidad del arte abstracto. Transforma libros antiguos en esculturas líricas cargadas de emoción y sentido. Autodidacta y experimental. Su mirada admite una serie de cruces interdisciplinarios particulares: convierte páginas en cuerpos vivos y propone una reflexión contemporánea sobre el arte y la lectura en tiempos de inteligencia artificial.
-¿Cómo encontraste tu concepto artístico?
-Mi proceso creativo es la vida misma. En general no esbozo mi trabajo. En cambio, cuando sueño o tengo una visión en mi mente o una idea, lo escribo y me pongo a trabajar inmediatamente. Lo que puede suceder es que la idea original cambie a medida que avanzo en el proceso. Dejo que ambos se desplieguen, revelándose al final. Me gusta explorar. Hago pintura acrílica y collage. También uso arena y pintura asfáltica. Mis hijos, de chiquitos, me juntaban cualquier cosa que encontraban en la calle y me decían: “esto te puede servir para tus obras”. Un alambre, un tornillo, una hoja o una piedrita. Me gusta explorar, por lo que no persigo un objetivo o mensaje específico. Los materiales que uso cambian a medida que encuentro otros nuevos. Las técnicas se modifican cuando me topo con nuevas ideas que se entrelazan con las antiguas. El mensaje es solo yo y mi viaje de cambio. Pinto, esculpo, fotografío. Diseño objetos escultóricos. Veo texturas y arte en todas partes. Me encanta mezclar lo nuevo con lo viejo.
-¿Dónde encontrás inspiración?
-En cada parte de la vida, de la naturaleza. Me inspiran la transformación, la muerte y el cambio. El blanco y negro, el contraste, la luz, el color. El arte abstracto no representa imágenes de la vida cotidiana. Es color, líneas, texturas y formas, no tiene la intención de representar objetos o seres vivos. Pero tal vez lo haga. Eso es parte de la historia que cada uno de nosotros lleva dentro; el misterio de la revelación es diferente para cada uno. Y la conexión con el mundo abstracto solo se desarrolla en nuestro subconsciente. El arte abstracto ofrece al espectador la posibilidad de sentir, emocionarse, conectar.

-¿Por qué los libros como objeto de tu arte?
-Siempre me gustó leer. Me gusta el contacto con el libro, el olor de las hojas al pasar los capítulos. No sé bien como empecé a convertirlos. Lo que hago es darles otra vida, otro propósito. Un libro ya leído o antiguo está sobre un estante mostrando su lomo. ¿Qué pasa si de alguna manera original nos puede mostrar sus hojas? ¿Pasa a ser una escultura? Mis obras con libros son un puente entre el mundo tangible de las palabras escritas y el universo intangible de las emociones y conceptos. Transformo los libros en esculturas vivas, donde las páginas no solo cuentan historias, sino que se convierten en protagonistas. Cada renglón que se escapa, cada pliegue o corte, parece hablar de libertad, transformación y del deseo de trascender los límites.
-¿Qué conversaciones emergen en esta transformación?
-Hay un diálogo profundo entre la estructura del libro como objeto y su simbolismo: un contenedor de saberes, de memorias, de almas atrapadas en palabras. Mis composiciones parecen invitarnos a reflexionar sobre la fragilidad del conocimiento, la permanencia de las historias y la capacidad de la creatividad para reescribir el significado. Si lo pienso, mis obras no son solo visuales, sino también poéticas. Cada detalle parece gritar que las palabras, aún fuera del papel, siguen teniendo vida propia.
-¿Cómo ha influenciado tu formación profesional en tu obra? Parecería algo alejado del arte…
-No es tan extraño como parece; de hecho, hay un hilo común entre ambas disciplinas: la creatividad, el pensamiento lógico y la búsqueda de soluciones. Estudiar Ciencias de la Computación me entrenó para analizar, estructurar ideas y resolver problemas de manera innovadora, cualidades que ahora aplico en mi práctica artística. La programación y el arte requieren imaginación para crear algo nuevo, paciencia para perfeccionar detalles y una visión amplia para entender el panorama general. Mientras que en la computación se trabaja con código para construir sistemas o expresar ideas abstractas, en el arte lo hago utilizando materiales, colores, texturas y conceptos. Además, mi experiencia con las Ciencias de la Computación puede aportar una perspectiva única a mis obras, como una sensibilidad hacia la estructura, el orden, el flujo y hasta la tecnología, lo que enriquece mi enfoque artístico. Podrías decir que he encontrado una manera de unir lógica y emoción, precisión y libertad, en una transición natural hacia lo que realmente me apasiona.

-¿Qué lectura haces de la IA y el arte?
-Es fascinante y, a la vez, compleja. La IA está transformando el panorama artístico al abrir nuevas posibilidades creativas, pero también plantea preguntas profundas sobre la naturaleza del arte y la autoría. Por un lado, la IA puede ser una herramienta poderosa. Sin embargo, esta relación IA/arte también trae desafíos. Por ejemplo, ¿qué define a un artista si la máquina participa en la creación? ¿Cómo se valora una obra generada por IA frente a una creada únicamente por humanos? En última instancia, la IA no reemplaza al artista, sino que le ofrece nuevas herramientas para expresarse. La verdadera magia sigue ocurriendo en la mente humana: la visión, la intención y la capacidad de crear significado son insustituibles. Más que una amenaza, la IA puede ser vista como una invitación a redefinir el arte y su relación con la tecnología.
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