
A pesar de su origen pagano, el árbol tiene tradición cristiana
Un símbolo que tomó San Bonifacio del pueblo germano
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Parece una ley, pero es sólo una costumbre: para celebrar la Navidad puede faltar el pesebre, pero no el arbolito. Están en la calle, los comercios, las oficinas y las instituciones.
Los hay de todos los tamaños y precios, pero son muy pocos los que saben por qué y desde cuándo se acostumbra en Navidad comprar un pino, colgarle vistosos adornos y luces de colores y convertirlo en custodio de los obsequios que se abrirán esta noche.
Muchos suponen que es un hábito pagano ajeno a la experiencia cristiana sin considerar que cada año se arma un enorme pino junto al pesebre en el centro de la Plaza San Pedro, en el Vaticano.
Tampoco está muy difundido que el profeta Isaías previó la existencia de este símbolo tan particular.
La liturgia católica incluye un rito de bendición del árbol navideño en el que se lee, del libro de Isaías: "Vendrá a ti, Jerusalén, el orgullo del Líbano (Jesús), con el ciprés y el abeto y el pino, para adornar el lugar de mi santuario y ennoblecer mi estado".
"Hay una paganización de la fiesta de Navidad que es propia de la sociedad de consumo que destierra el pesebre y se queda con algunos símbolos vacíos de su verdadero significado", dijo a LA NACION el presbítero Guillermo Marcó, director de la Oficina de Prensa del Arzobispado de Buenos Aires.
"En realidad, la Navidad del derroche -en alimentos y en gastos- es una vuelta al paganismo", dijo Marcó.
Desde siempre, los abetos
En torno del origen del arbolito navideño hay diferentes leyendas. La tradición católica transmite la historia de San Bonifacio.
Cuando ese misionero inglés llegó a Alemania en el siglo VIII se encontró con la creencia de que todos los planetas colgaban de un gran árbol, el dios Odín, al que le rendían culto cada fin de año con sangrientos sacrificios humanos.
Se cuenta que un día San Bonifacio derribó un roble para demostrar que no era un árbol sagrado ni inviolable y que al caer destrozó varios árboles, con excepción de un pequeño abeto.
El santo se conmovió por lo ocurrido y pidió llamar a esa especie "el árbol del Niño Dios".
Desde entonces los normandos cristianizados dejaron de hacer sacrificios, plantaron abetos y, para Navidad, los decoraron con manzanas para simbolizar las tentaciones de los hombres.
La costumbre fue tomada por Martín Lutero y sus seguidores protestantes, y, con los años, volvió a la liturgia católica.
"El símbolo del árbol se une con el hecho de que Dios acampa entre los hombres, su presencia se enraiza en la tierra. Además, el adorno de la punta del árbol nos ayuda a levantar la mirada hacia el cielo", explicó Marcó y, al recordar el episodio de San Bonifacio, agregó que la Iglesia siempre valora los elementos de la cultura en la cual predica el Evangelio.
"También el 25 de diciembre era una fiesta pagana: se celebraba al dios sol, y como no se sabía bien qué día había nacido Jesús se tomó esa fecha porque Jesús es el sol que nace de lo alto y vence las tinieblas del error y el pecado", dijo Marcó.
Los obsequios que se dejan junto al árbol recuerdan los regalos dejados por los Reyes Magos a los pies de ese niño que encontraron durmiendo en brazos de su joven madre en un refugio para animales hace 2000 años.
Esta noche, cuando chicos y grandes se junten alrededor del arbolito para brindar por la Nochebuena, quizá recuerden que están repitiendo un gesto milenario de la tradición occidental, no obstante haberlo pagado tres pesos en un supermercado.
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