
A puertas cerradas
LOS BIOY Por Jovita Iglesias y Silvia Renée Arias-(Tusquets)-186 páginas-($ 22)
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La escena transcurría por las tardes en Villa Victoria, Mar del Plata, hace unos quince años. Después de demorarse en cada uno de los cuartos y de nombrar, con invariable reverencia, a los grandes escritores que se habían alojado en ellos, la guía señalaba una habitación pequeña y vacía, pegada a la de Victoria Ocampo, donde dormía Fany, la criada que había pasado toda la vida al servicio de la gran escritora y "que había permanecido siempre analfabeta". Los Bioy, el libro en que la periodista Silvia Renée Arias transcribió los recuerdos de Jovita Iglesias, ama de llaves de Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, tiene la importancia de aportar al fresco de la sociedad argentina del siglo XX, esa sociedad que pronto sólo existirá en los libros, la voz de uno de aquellos testigos excepcionales, y de hacerlo con respeto y fidelidad. Por su parte, como relatora oral, doña "Jova" es de una amenidad también muy infrecuente, debida acaso a sus orígenes gallegos y campesinos; y con su don para la sugerencia y el suspense, hace pensar que aquellas amas de llaves de las novelas policiales eran, antes que una invención literaria, las guardianas reales de un modo de decir y mirar el mundo.
Pero ahora bien ¿en qué consiste este aporte de Los Bioy? Por supuesto, no se trata de una "biografía no autorizada", ni de una variante de esa "novela histórica" a las que ciertos lectores se precipitan para descubrir secretos escabrosos de personas célebres -aunque será inevitable, claro, que estos lectores encuentren un gran atractivo en el libro. De hecho, doña Jovita no hace sino confirmar datos sobre la intimidad de los Bioy que hasta ahora habían permanecido en estado de "trascendidos" por razones de comprensible respeto a personas vivas, o de simple pacatería argentina: la intensidad de la relación de Ocampo con sus amigas íntimas; la difícil relación de Ocampo con Marta, una hija extramatrimonial que Bioy trajo a la casa y que la escritora adoptó en gran medida "para no perder a Adolfito", etcétera. Pero precisamente porque anula esos "misterios", porque los reubica como verdades dadas, sin voluntad de escándalo ni juicio alguno, el relato de Jovita permite comprender con una justeza hasta ahora imposible el modo en que Ocampo y Bioy Casares fueron entendiéndose a sí mismos. Cómo, bajo una apariencia de adhesión sin fisuras a los cánones tradicionales, lograron vivir una vida tan original, de la que su literatura era apenas una de sus manifestaciones visibles. Como ningún otro texto, salvo quizás Testimonio sobre Mariana, la crónica novelada de Elena Garro, Los Bioy logra desarticular así las dos imágenes que circularon durante el siglo XX sobre la célebre pareja.
Desde sus brillantes comienzos literarios y hasta los años ochenta, los Bioy fueron, para el populismo y la izquierda, el paradigma de los escritores de la oligarquía, ignorados por el gran público pero consagrados por las instituciones, los medios y las editoriales tradicionales de nuestro país y del exterior. Desde el comienzo de la democracia, en cambio, cuando el peronismo era menos una ideología que una estructura partidaria y ya la izquierda había perdido toda verdadera aspiración al poder, empezó a verse a los Bioy como a dos bon-vivants geniales que habían tomado de las culturas extranjeras y aun del liberalismo una imprescindible lección de tolerancia, sabiduría vital y saludable rechazo por los lugares comunes. Sin desmentir completamente estas dos imágenes, la mirada de Jovita revela a los Bioy como los herederos naturales de esa clase enriquecida gracias al proyecto de la generación del 80, y al mismo tiempo, como los destinatarios de un mandato que ni Ocampo ni Bioy pudieron ejercer, porque la realidad histórica fue cambiando irreversiblemente, sí, pero también porque eran secretamente disidentes o simplemente ineptos para la vida adulta. A diferencia de sus primos Casares, laboriosos y férreos en la conducción de La Martona, o de la propia Victoria Ocampo que dilapidaba millones en el proyecto Sur, los Bioy se limitaron a ir agotando su fortuna, que en el relato del ama de llaves vemos mermar, casi patéticamente, al mismo tiempo que la juventud y la belleza; los vemos, digo, instalados en el lugar de niños perpetuos, mantenidos por los fantasmas de sus antepasados y por empleados como Jovita, a quienes -sobre todo Ocampo- les otorgaban el rol de padres o por lo menos de tutores o de anacrónicas institutrices.
Desde este punto de vista, sería fácil concluir que la literatura no fue, para los Bioy, más que el sucedáneo de los juegos infantiles. Pero la verdad es que Ocampo y Bioy Casares, antes incluso de conocerse, habían encontrado en la literatura la promesa de un destino adulto que sus antepasados no habían previsto y que prometía canalizar sus deseos más secretos. La verdad es que ambos, al crear sus ficciones, trataban de inventarse también a sí mismos. De hecho, uno de los aspectos más alucinantes del Los Bioy reside en que, aunque Jovita nunca haya leído ninguno de los libros de sus patrones, los describa a ambos como personajes de esos cuentos y novelas: Bioy, por ejemplo, como aquel "Casanova secreto" incapaz de comprometerse afectivamente, y Ocampo, digamos, como una especie de Herminia Berni, la protagonista de su relato "Las esclavas de las criadas".
En el mismo sentido, sería demasiado fácil concluir -como tantas veces se ha dicho, por ejemplo, de Mujica Láinez-, que las creaciones de Ocampo y de Bioy son "el canto del cisne" de una época y de una clase. Pero en todo caso, habría que preguntarse en qué consiste ese canto que, según la metáfora de dudoso gusto, acompaña la muerte del ave: si en una mera nostalgia barnizada de ironía, como en el caso del autor de "La casa", o en un legado de transgresiones secretas y territorios aún desconocidos; un legado, sí, que propone a la imaginación como herramienta suprema para modificar el mundo en que se padece y así sobrevivir. Esta segunda opción, por la que me inclino, explicaría la infinita repercusión que tanto Bioy como Ocampo tienen, a diferencia del inefable Manucho, en las nuevas generaciones de escritores. Siendo así, habrá que agradecer a Jovita, la discreta habitante de aquel cuarto secreto, que ese legado vital y literario de los Bioy aparezca, hoy más que nunca, en toda su riqueza y capacidad creadora.





