Ácida y humorística reflexión sobre los entresijos de la escritura literaria

Consagrado internacionalmente, el autor de Intimidad se atreve en su nuevo libro a novelar sus temas recurrentes, y critica la banalidad de los tiempos actuales
Armando Capalbo
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13 de marzo de 2015  

Ampliamente consagrado por Intimidad, Amor en tiempos tristes, El cuerpo o Soñar y contar, Hanif Kureishi (1954) se atreve, en La última palabra, a novelar una vez más sus temas de siempre pero también a promover el humor y la ácida reflexión sobre los entresijos de la creación literaria y su dimensión cultural en el huracán contemporáneo de la liviandad, la codicia y la vanidad del consumismo más desenfrenado.

Mamoon Azam ha llegado a Inglaterra desde la India y es una de las pocas glorias vivientes de las letras británicas, aunque ya nadie lo tenga en cuenta para los debates de moda y las reediciones de su obra sean cada vez más esporádicas. Afincado en la delicia del verdor rural, su situación financiera tambalea y, a instancias de su esposa (una fogosa italiana más joven que él y particularmente ambiciosa), compromete al joven escritor Harry Johnson para escribir una biografía picante pero respetuosa que lo ponga de nuevo en la palestra, impulse la alicaída venta de su obra y facilite nuevas reediciones y traducciones. Sin embargo, Harry, acicateado por sus padres y su novia, debe someterse a la verdadera intención de su editor, Rob Deveraux: escandalizar al lector e intervenir en la escena literaria a partir del descrédito de una gloria cercana al paso a la inmortalidad. Harry ingresa en una atmósfera de contrastes y aprendizajes y el cruce dialéctico con Azam será el vehículo para revisar el trasfondo equívoco de la experiencia literaria tal como los feroces dictados del presente la determinan.

En La última palabra, el perfecto trazo sobre la trastienda de la creación literaria en el contexto de la era de la multiculturalidad fundamenta el vínculo entre el biógrafo y su biografiado, incluso en la controversia de que el propósito de Harry es desmitificar la impertérrita solemnidad de Mamoon Azam. Por tratarse de una biografía encargada, la perspectiva del joven biógrafo insufla al texto de un sesgo reflexivo, aunque generosamente condimentado de humor e ironía. El editor impulsa que la biografía de ese monstruo sagrado bordee el escándalo a través de revelaciones ominosas sobre la vida privada del viejo y prestigioso escritor; el lector conoce la celada y así participa del punzante ping pong entre los escritores. Kureishi aprovecha esta forzada dialéctica para recrudecer la acidez e iluminar el trasfondo de las escrituras contemporáneas, al tiempo que ofrece abundantes elementos para cuestionar a aquellos que han alcanzado el estatus profesional de las letras. Y es finalmente el humor lo que consigue activar la complicidad que La última palabra oferta a su lector: glamour y prestigio devienen ridícula mascarada no sólo en Azam sino en casi todos los mandarines de la cultura que en definitiva el personaje encarna. Así, la identificación, en la que el periodismo británico ha insistido, entre Azam y V. S. Naipaul se diluye en una amplia referencialidad que lo que en verdad busca es resquebrajar humorísticamente el canon.

Una vez más Kureishi aborda el contraste generacional, representado por la tensión entre Harry y Azam, que el autor ha trabajado en grandes textos como El Buda de los suburbios. En La última palabra, esa dicotomía se plasma entre los creadores consagrados y los escritores jóvenes que se dejan llevar por la trama del escándalo prefabricado o por los ripios del descrédito superficial. A la vez, y con una sutileza que no debe pasar inadvertida, la novela, a través de citas camufladas pero evidentes, aguijonea el actual olvido de los grandes artífices del modernismo como Joyce, Conrad, Forster, Somerset Maugham o Woolf, conectando particularmente con Retrato del artista adolescente.

La comedia también deja paso a las habituales preocupaciones de Kureishi sobre las desavenencias de las distintas tradiciones y etnias que confluyen en la actual Inglaterra del multiculturalismo, un importante plano que la novela no deja de enfocar y que incluso se reafirma en la línea de trabajo que el autor provee desde Ropa limpia, negocios sucios. Azam llegó desde la India pero adquirió el burgués personaje señorial al punto tal de confirmarse a sí mismo como un británico más, incluso con sus peores defectos. La idealización del modo de ser inglés por parte de algunos inmigrantes es una hebra temática en la que Kureishi profundiza como nunca en La última palabra.

La excusa de la biografía es poner en acción no sólo la escritura sino también sus bordes, relacionados en el presente con los apremios y mezquindades de la cultura del consumo y los dictados de ciertos medios de comunicación. Por eso, la desmitificación de Azam es en el fondo una broma más, porque está construida desde la premura y la liviandad contemporáneas en las que culpas y absoluciones se regurgitan en el torbellino light del relativismo. Así, Kureishi también se distancia de Harry, que no se desemboza como un álter ego sino como un catalizador de la lógica subjetiva de los valores imperantes. Más aún, el enfrentamiento entre el viejo escritor consagrado y el joven biógrafo grafica al mismo tiempo las características (y las taras) generacionales con las que el margen de lo moral se constituye o permite. Así como Azam fue un maltratador de mujeres, además de siempre infiel con sus esposas, en búsqueda de rudas experiencias sexuales, Harry, por su lado, desacredita una y otra vez las convenciones contemporáneas de la pareja de iguales que intenta llevar a cabo con su novia, en tributo a lo políticamente correcto y a la concepción feminista de los vínculos varón/ mujer. Como en todas partes se cuecen habas, ambos retratos, además de contraponerse, pueden enlazarse y ofrecer una incómoda continuidad.

Si bien Kureishi demuestra una especial habilidad para los tiempos de la comedia, queda claro que el efecto cómico jamás está supeditado al entramado de temas que la novela pone en cuestión. Una vez que el ritmo se establece, el relato va dando cada vez más espacio a aspectos que están mucho más allá de la risa: la decadencia de la concepción tradicional del escritor erudito, las inseguridades del artista ante su propia obra y ante su público, las oscuridades de la creación, la tiranía de un mundo editorial obnubilado por el éxito y las ventas, y la capacidad del lenguaje para recrear un tiempo de incertidumbre y disvalores.

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