
Adiós a P. J. O’Rourke, el periodista disconforme y corrosivo
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Patrick Jake O´Rourke, conocido popularmente como P.J. O´Rourke, fue uno de los periodistas y escritores norteamericanos más cáusticos de su generación, en la línea de Tom Wolf y Hunter S. Thompson, y más atrás, en la del célebre columnista crítico de la democracia representativa, H.L. Mencken. Acaso P.J habría sido más corrosivo aún si el lápiz rojo de editores precavidos no hubiera atajado sobre la línea del gol algunas otras desfachateces de su desinhibido temperamento de ascendencia irlandesa.
Eran típicas del humor tan libertario como satírico de O’Rourke reflexiones como esta: “Los demócratas son del partido que dice que el gobierno te hará más inteligente, más alto, más rico y que eliminará las malezas que te arruinan el césped. Los republicanos son del partido que dice que el gobierno no funciona, y luego, si son elegidos, lo prueban”. Ya desde los días de alumno en Artes los hechos probaban su hermandad invariable con el equívoco. Se enroló en Miami University, pero lo hizo en la universidad que se había fundado en Ohio en 1824 en la relativamente pequeña ciudad de Oxford, a miles de kilómetros de Inglaterra, y no en la universidad de la Florida “que se especializa en ski acuático”.
Como comentábamos con Alberto Casares, uno de los últimos grandes libreros de Buenos Aires, los libros de O’Rourke han pasado prácticamente inadvertidos en la Argentina. Seguramente ha sido por la escasa difusión en el país de las tres o cuatro traducciones al español que se han hecho entre la casi veintena de sus obras. El título de una de ellas lo pinta tal cual era en su acidez: La paz mata.
Ha sido infortunado ese desconocimiento sobre todo en momentos en que la expansión de un movimiento libertario ha tomado en la Argentina por sorpresa a los más experimentados observadores políticos. Después de haber sido un agitador de izquierdas entre los baby boomers contestatarios de los sesenta, O’Rourke consideró que había llegado el momento de desprenderse de la camiseta con la cara de Mao impasible, en pose de jugador de pocker.
Dejaba atrás lo que se conocía como el periodismo gonzo, que vibró combatiendo contra la guerra de Vietnam y los esfuerzos administrativos por controlar el tráfico de drogas. El siguiente paso fue hacerse un nombre como el republicano libertario que escribiría tanto para The Weekly Standard, Playboy y Esquire como para Vanity Fair y The New York Times Book Review.
La irrupción ruidosa de los libertarios en la Argentina ha desconcertado a mucha gente, incluidos los liberales, mientras aquellos encienden fuegos en el piso inferior sobre el que reposa una vida política de costumbres, lenguaje y límites hasta cierto punto compartidos. La desinhibición de los libertarios produce un fenómeno que potencia la ola adversa que hoy empuja al kirchnerismo a la defensiva y lo angustia por temor a la dispersión. Se lo ataca en todos los frentes: por corrupción y por inepcia, y hasta se le están dando vuelta las ventajas culturales de años obtenidas en derechos humanos. Ahora debe parar también golpes incesantes bajo denuncias de haber lucrado indebidamente con esos derechos y por la hipocresía de su asociación con regímenes tiránicos, como el de Venezuela.
Sobre este punto de no silenciar nada O’Rourke tenía la idea fija de que “sólo hay un derecho humano básico: el derecho de hacer lo que te plazca, y un deber humano básico, el deber de asumir las consecuencias por lo que hagas”. Concluyó su carrera, claro, como contribuyente destacado de un think tank tan adverso del Estado bobo como el Cato Institute, que lo despidió con agradecimiento al morir, una semana atrás. Lástima que no esté para definir en dos de sus coloridas líneas al bandido de Putin.
P.J había entrado con bromas pesadas en el panteón de los Kennedy. Como cuando dijo, revirtiendo la famosa frase del discurso de asunción presidencial de John Kennedy, en 1961: “No preguntes qué puede hacer tu país por ti; pregunta qué hicieron los Kennedy por tu país”. Detestaba el populismo por considerarlo una mentira y un sofisma lógico. “La idea misma –escribió- de la lucha de los que tienen contra los que no tienen presupone la falacia de suma cero de que sólo existe una cantidad fija de cosas valiosas en el mundo, y que sólo puedo tener más cosas valiosas tomándolas de usted”.
O’Rourke fue un republicano reaganista sin estómago para votar por Trump. Votó en 2016 por Hillary Clinton y lo explicó más tarde a su manera: “Hillary estaba equivocada en todo, pero estaba equivocada dentro de los parámetros habituales”. La historia demostraría que estaba en lo cierto y que los errores de Trump iban a romper fronteras hacia lo desconocido.
El autor de Guía doméstica del perfecto soltero y del Manual de malos modales, libros que circulan en España, sobresalió durante veinte años en las páginas de Rolling Stone. Fue por sus artículos sobre política internacional desde la perspectiva no conformista con el no conformismo de los Rolling Stones.
P.J. O’Rourke había nacido en Toledo, Ohio, el 14 de noviembre de 1947.
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