Alta fidelidad. Acerca de Rosario, una pintura de Guillermo Kuitca

Bléfari por Kuitca
Bléfari por Kuitca
Fernando García
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12 de julio de 2020  • 00:30

Mucha gente cree que Guillermo Kuitca, el pintor argentino global, vive en distintas locaciones del mundo a lo largo del año. Pero no. Como un Salinger de los 80 o un animal en extinción, Kuitca está entre nosotros pero es muy difícil verlo. Pasa la mayor parte del tiempo en su casa, una mansión aggiornada de Belgrano R que incluye su taller. Por Instagram nos enteramos el miércoles que Guillermo Kuitca había ejecutado un retrato urgente de Rosario Bléfari el mismo día que la heroína independiente del rock argentino dejó de sufrir el cáncer que le arrebató la vida a los 54 años y que la arrebató de los brazos de Nina, su hija, y de Fabio, su compañero de la vida y la música cuyo apellido le había dado nombre a una banda perfecta y mítica: Suárez. Entre los pinceles y los pomos de óleo se puede inferir que el retrato de Rosario es de un formato pequeño, chico. Pero es una pintura generacional esa: Kuitca, que pinta con la mente (el más conceptual de nuestros pintores; el conceptualista más pictórico) como pedía Leonardo, deja en ese retrato rastros de carmín del under. Del café Einstein, el atelier clandestino La Zona, el Rojas, el Parakultural. Rosario multiplicada en actriz, poeta, ensayista, cantante y compositora estaba en el último pelotón de aquella vanguardia que buscaba sacudirse del cuerpo la inmovilidad de la dictadura y, como pedía Virus, poner el cuerpo y el bocho en acción ante la catastrófica desaparición del cuerpo. "Una de las nuestras" podría llamarse el retrato que Guillermo Kuitca hizo de Rosario salvándola en la alquimia misteriosa (e irreemplazable) de la pintura y tramitando así su inmediato pasaje a la ficción. Rosario es ahora además de la voz grabada en horas de discos (o playlist) y de lo que queda filmado y se puede leer de ella, una obra de arte. Kuitca ejecutó una voluntad: Rosario, Suárez, tenían eso que se da en llamar calidad museo. La Rosario de Kuitca es austera, económica, pequeña, blanca, tallada en luz. Como antes pero más, un ícono.

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Pero Rosario ya estaba en la pintura antes de que Kuitca la retratase este martes. Si se pega el oído al caracol de su vasto cancionero se la descubrirá como una paisajista fuera de la pintura. Había nacido en Mar del Plata, pasó la infancia en Bariloche, visitaba a su padre en La Pampa y era una artista de Buenos Aires. Sus canciones parecen anotaciones salidas de un cuaderno que se ha vuelto texto levantando la mirada por sobre la ventana de un micro de larga distancia. Excursiones: la llanura, el mar, la niebla matinal, el río Paraná, la Antártida extrema, la hondanada. La paisajista se volvía cartógrafa registrando los pliegues del mapa argentino in situ. De ahí que cuando la escuchábamos hablar no podíamos establecer con certeza su origen. Tenía algo de la voz del campo o del pueblo chico en su entonación, algo que la sacaba del remolino urbano al que contribuía con su ideología estética. Tenía una voz en tránsito Rosario cuando se la escuchaba hablar y ahora es imposible no escucharla hablar cuando se la escucha cantar ya en ausencia. Imposible no volver sobre esa risa, ese entusiasmo.

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A Rosario no la hizo estrella el mercado sino su cuerpo de obra, un sendero luminoso abierto en el medio de la nada en el que muchos vieron un camino. Una estrella federal que había establecido una red de contactos artesanal en cada rincón del país. En 2015 viajamos en un programa del CCK por Río Negro, Jujuy, Santiago del Estero, San Juan, Catamarca, Mendoza y Formosa. Rosario daba conciertos en un formato mínimo donde se pudiera y además un taller de composición de canciones. En la hora pico de la siesta, solo polvo y ladridos remotos, había chicos y chicas que hacían fila en un centro cultural en las afueras de San Salvador de Jujuy para aprender a escribir canciones. No había que estar entrenado en nada, Rosario, como una vieja sabia, compartía algo de lo que llevaba adentro. La escuchaban con atención devocional. En todas las ciudades era igual y en todas las ciudades había un grupo de chicos y chicas que sabían que ella estaba ahí y que podían conseguir lo que hiciera falta y hasta, incluso, acompañarla en el escenario. Rosario había conseguido eso a través de años y kilómetros de tocar en todas partes, como se pudiera, con la misma luz e intensidad sin que las circunstancias o la infraestructura la afectaran. Era el faro de una Argentina secreta.

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Kuitca la puso en la pintura el martes y en 2018 Rosario compuso una pieza irrepetible para una pintura del surrealista Juan Batlle Planas durante el ciclo Explorando la Colección en el museo Fortabat de Puerto Madero. Con el fondo de la pintura intervenida por el prodigioso artista digital Stefano Zucchini, ella se mandó con un poema de Olga Orozco del que entraba y salía cantanto o leyendo (haciendo de la canción y el poema un todo indivisible) o dejándose ir en el murmullo íntimo de la guitarra eléctrica. Eso fue todo. Estábamos en el otoño y los grandes vidrios del primer piso del museo espejaban los reflejos del agua y las luces apenas lejanas del centro. Pero estábamos todos en otra parte. Perdidos en el paisaje que había construído en esa media hora. Perdidos en el paisaje de Rosario, una pintura de Guillermo Kuitca.

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