
Amadas ciudades ideales
A través de nuestras páginas preferidas vivimos en espacios míticos que hacen del mundo real una pálida sombra.
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"GIOVANNI CASTELLI nació en Cremona en 1965. Ha vivido en Cremona, Senigallia y Crema. Vive en Praga, desde lejos." Esta minúscula nota biográfica, casi con total seguridad redactada por el autor, figura en un hermoso libro de microcuentos, titulado Geografía, que me ha enviado un joven escritor italiano. Además del notable tono poético de su prosa, me ha llamado la atención esta curiosa frase: "Vive en Praga, desde lejos".
La literatura y la filosofía son pródigas en ciudades fantásticas. Todo empezó con Platón, que hizo derivar de Parménides la oposición Apariencia /Verdad. El diálogo El sofista está construido sobre la imposibilidad de distinguir lo verdadero de lo falso, de modo que aquel que posee la verdad, dice Platón, tiene también derecho a mentir. Con tal procedimiento se inventó Platon de la nada un continente (y una civilizadísima ciudad adversaria de Atenas) que, sin embargo, dice Platón, fue engullida por el mar: la Atlántida. La Atlántida es la primera ciudad fantástica de la literatura, y su mentira ha atravesado los siglos hasta llegar a nosotros como verdad. La Ciudad del Sol, comunista y teocrática, del poeta y filósofo del siglo XVI Tommaso Campanella, es otra ciudad fantástica. Utopía, del humanista Thomas More, es una isla (y una ciudad) totalmente fantástica, hasta el extremo de que ese estado ideal basado en la tolerancia, en donde las tiranías, la pena de muerte, las guerras y la propiedad privada estaban proscritas se ha convertido en la metáfora de una condición política que los hombres no alcanzaremos jamás. La ciudad de Helsingor, con su castillo, aunque exista realmente, se convierte en lugar fantástico con el castillo de Elsinor del Hamlet de Shakespeare. Del mismo modo, son maravillosamente fantásticos el entero país de Alicia, la Babel de la Biblioteca y la Babilonia de la Lotería de Borges, el Macondo de García Márquez, las geométricas Ciudades invisibles de Italo Calvino.
Y también están las ciudades del deseo. Reales y concretas, pero lejanas, a menudo inalcanzables, marcadas por la nostalgia de un imposible retorno, están encerradas en una especie de hechizo que las transfigura. La pequeña ciudad de Combray de Proust, en realidad no muy lejana de París, es "fantástica" porque simboliza el tiempo perdido, y su "búsqueda" se convierte en una de las más grandes novelas del siglo XX. El fantástico Maradagal de El conocimiento del dolor, de Carlo Emilio Gadda, es sin duda alguna una zona de su Lombardía natal, entreverada por los remordimientos, los rencores, el amor y la nostalgia de uno de los mayores escritores italianos de todos los tiempos. La Dublín de Joyce, amada y odiada, y tan lejana, es en cierto modo "fantástica". De igual manera parece fantástica la incorpórea Lisboa de Pessoa, metáfora de un Muelle Absoluto en el que el hombre recala para zarpar a continuación hacia lo desconocido. Y más aún lo es la inalcanzable Samarcanda de su personaje Bernardo Soares del Libro del desasosiego .
El sentido de Itaca es por lo demás el viaje de Ulises, nos lo dice el extraordinario poema de Konstantinos Kavafis: "Itaca te brindó tan hermoso viaje. / Sin ella no habrías emprendido el camino. / Pero no tiene ya nada que darte". Y también el sentido de la literatura, como con su habitual finura explica Sergio Pitol en un libro que es a la vez un viaje: El arte de la fuga .
Tal vez las ciudades más amadas vivan en nuestra imaginación.
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