
Andrés Caicedo, el perseguidor
Cinéfilo perdido, grafómano incurable, el escritor colombiano que se quitó la vida en 1977, a los 25 años, encuentra sus lectores tres décadas después. En Mi cuerpo es una celda (Norma), Alberto Fuguet montó una singular "autobiografía" del autor
1 minuto de lectura'
Se sabe: cuando crecemos perdemos la inocencia. No es raro entonces que un halo de autenticidad envuelva a los artistas que mueren jóvenes, sobre todo cuando han renunciado a la existencia por mano propia, en un gesto de capitulación o de desafío al mundo y a la edad adulta. A más de tres décadas de su muerte, ocurrida en 1977 a sus 25 años, luego de ingerir 60 pastillas de seconal, el colombiano Andrés Caicedo irrumpe póstumamente en el mapa de la literatura latinoamericana, bendecido por una suerte de síndrome Kurt Cobain para alterar, de algún modo, el paisaje conocido.
Sin embargo, más que su muerte lo que importa es su vida. No sólo por la configuración de un mito que en los últimos años desbordó las fronteras de Colombia, sino porque los más interesantes escritos de este grafómano incurable -sus diarios, sus cartas y sus notas sobre cine- trazan un afiebrado ejercicio de exploración de las emociones y los desgarramientos que le producía su complicado comercio con el mundo.
"Lo principal en Caicedo es Caicedo mismo", confirma el escritor chileno Alberto Fuguet, responsable "del montaje y la dirección" de Mi cuerpo es una celda (Norma), una autobiografía del escritor colombiano armada con cartas, textos inéditos y fragmentos dispersos que tiene una doble virtud: permite leer la vida urgente de Caicedo como una novela al tiempo que descubre a un escritor en su mejor forma. De paso, el libro ajusta la idea de Caicedo que acompañó la llegada de su obra de ficción, sobre todo de su novela ¡Que viva la música! : la imagen de un hippie desenfrenado que se bebió sus días de un trago da paso a la de una persona tímida que luchaba contra la tartamudez y que escondía un atroz temor a la vida. Y finalmente descubre una sensibilidad muy lejana al espíritu del boom -en pleno auge por aquellos días-, que parece dialogar mejor con la cultura de este tiempo.
Para Fuguet, que en los años 90 logró imponer la idea de que había en América latina una generación de escritores urbanos, realistas y sobre todo ajenos al realismo mágico (que él mismo se encargó de reunir en la antología McOndo ), el libro fue una especie de ajuste de cuentas. "En Caicedo encontré una prueba irrefutable de que aquí existía un realismo urbano mucho antes de que yo naciera -dice-. McOndo no era un invento mío contra García Márquez." Cuando en una librería de Lima dio por casualidad con un libro de Caicedo (un volumen póstumo que reunía sus escritos sobre cine), hace unos siete años, Fuguet sospechó inmediatamente que una extraña conspiración había mantenido al colombiano en el más absoluto secreto. ¿Quién le había escondido a este escritor que sentía como un hermano mayor no sólo suyo, sino también de varios autores contemporáneos que seguramente nunca lo habían leído?
Ir en busca del eslabón perdido fue toparse con el mito. Sin embargo, en sucesivos viajes a Cali, donde Caicedo nació en septiembre de 1951 y vivió la mayor parte de su vida, hubo algo que lo ayudó a superar aquellas primeras versiones extraliterarias que obtuvo de su hombre, donde primaban las drogas y el rock and roll. Además de conseguir sus pocos libros editados y textos de acceso público, viejos amigos del escritor, como el cineasta Luis Ospina y Sandro Romero, le cedieron material inédito. Lo mismo hicieron las hermanas de Andrés. En 2007, mientras ordenaba todos esos escritos y cartas, Fuguet viajó a la feria de Guadalajara, México, donde tras un homenaje a Caicedo comprobó que decenas de freaks de pelo largo agotaban los libros del colombiano. El momento de editar este libro había llegado, se dijo. Aunque Fuguet, tan cinéfilo como su "autobiografiado", prefiere hablar de montaje.
"La labor de un editor es que los lectores reciban la mejor versión del autor. Mi idea fue mostrar al mejor Andrés", dice. Caicedo es un personaje fascinante y esta historia escrita en primera persona y en tiempo real que Fuguet supo armar quizá encuentre más lectores, en estos días de literaturas del yo, que las ficciones que el autor caleño fue ensayando de modo casi espasmódico y que ahora están llegando a las librerías ( Calicalabozo , Angelitos empantanados , Destinitos fatales y Noche sin fortuna , editadas póstumamante por Norma). "En ficción era un escritor en ciernes -dice Fuguet-. En cambio en la introspección, en la indagación de su yo, no necesitaba crecer más. Escribía sin filtros pero con la distancia de alguien que está despidiéndose de la vida."
Y sí, Caicedo empieza a despedirse de la vida muy pronto. En Estados Unidos, adonde viaja a los 22 años con el propósito de vender a Hollywood unos guiones que había escrito, ante las primeras dificultades se imagina regresando vencido a la casa paterna, donde vivirán "los dos viejos y el hijo hombre que nunca creció, que nunca consiguió mujer y envejeció antes de cumplir los 20 años. El hijo que escribió el grueso de su producción cuando aún su mente no estaba formada [?], entre los 15 y los 17 años". Con la misma precocidad había fundado el Cine Club de Cali (foco de la contracultura de la ciudad) y Ojo al cine , una revista donde reseñaba con lucidez las películas de directores como Rohmer, Bresson, Truffaut, Jancsó, Bogdanovich y Peckinpah y que renovó la crítica cinematográfica de su país. También había escrito unas cinco obras de teatro y dirigido otras tantas, filmado uno de sus guiones y fundado, con algunos de sus amigos, Ciudad Solar, una especie de comuna creativa que tenía base en una vieja casona de Cali.
Aquel viaje demencial a la meca del cine muestra la ingenuidad y la trágica vocación de fracaso de Caicedo. Se largó casi sin dinero y con la intención de llegar hasta Roger Corman con sus guiones bajo el brazo. Tras una parada en Houston, en casa de su querida hermana Rosario, viaja a Los Ángeles y gasta su magro presupuesto en la oscuridad de las salas de cine, viendo hasta cinco películas por día, mientras busca el modo de acceder a un productor. Cuando milagrosamente lo consigue, recibe en respuesta una breve nota en la que, amable y fríamente, el productor en cuestión le informa que no ha podido leer el texto debido a su deficiente gramática y ortografía y le aconseja que busque otro traductor. Pero Caicedo pasa a otra cosa y cuatro días más tarde le escribe a un amigo: "He sacado de la máquina mitad de página de un cuento con gran nombre: Que viva la música , narrada por una pelada [una chica] que no tiene más destino que la rumba".
"Es el Catcher in the Rye de Cali", dice Fabián Casas en el prólogo de esta novela. Es posible. Caicedo es salingeriano en su celebración de la adolescencia y en su horror hacia el mundo de los adultos. De todos modos, el abandono y la indolente deriva del personaje, con un ligero aliento trágico soplándole en la nuca, remite también a El hermoso verano de Cesare Pavese, autor de una angustia vital análoga a la de Caicedo. Claro que en lugar de la bohemia artística europea de mediados del siglo pasado, la novela del colombiano nos instala en una ciudad de la furia (Cali, por supuesto) y en la psicodelia de los primeros años 70, con rock y salsa como banda de sonido.
¡Que viva la música! fue el único libro que Caicedo publicó en vida, si no contamos un volumen cuya edición pagó su madre. Lo recibió de la editorial por correo el 4 de marzo de 1977 (como él mismo consigna en una carta), horas antes de ensayar su tercer y definitivo intento de suicidio, que dio término a la caída que su ánimo y su vida experimentaron tras la vuelta de su accidentado viaje a Los Ángeles.
¿Por qué regresa ahora un escritor y cinéfilo que se negó a crecer, lector voraz (Poe, Lovecraft y Vargas Llosa se encontraban entre sus entusiasmos), dueño de una antena sensible que le permitió estar al día con lo mejor del cine de autor y de clase B y buena parte del rock que sonaba entonces? Quizá es como dice Fuguet: Caicedo se equivocó de época.
El desasosiego que lo habitaba es viejo como el mundo, y la forma en que consumió su vida en apenas 25 años lo inscribe en la galería de los muchos artistas que han muerto jóvenes en medio de su lucha contra el demonio, como diría Zweig. Pero aquello que en su momento lo alejaba de las corrientes literarias en boga para conectarlo con el malestar juvenil no del todo articulado que latía en el hippismo y el Mayo Francés es precisamente lo que lo acerca a los jóvenes que hoy andan con un libro suyo bajo el brazo en distintos países latinoamericanos. Inclusive en la Argentina, como pudo verse durante el último Bafici, en la proyección del documental que Luis Ospina le dedicó, y en la presentación del libro que editó/montó Fuguet. El culto a la imagen y el cine, la figura del escritor impuro (aquel que no sólo escribe), la inadaptación al medio y la lógica de zapping que Caicedo empleaba para pasar de un proyecto a otro sin acabar de dar forma a ninguno lo acercan a estos tiempos en que la idea de la gran obra ha dado paso a modos de producción que responden a la inmediatez, la ligereza y lo fragmentario. Incluso su prosa urgente y desprolija (la de sus textos de ficción) resuena en simpatía con el espíritu de nuestros días.
"Yo ubicaría a Caicedo dentro de lo que llamo segunda fila de la literatura latinoamericana, que termina siendo la primera, porque el mundo ya no necesita a gigantes como Fuentes o García Márquez -arriesga Fuguet-. Lo ubico junto a escritores como Cabrera Infante y Puig, que han tenido mucha influencia en autores actuales. En algún sentido es también como Bolaño. La idea de un autor que tiene nacionalidad pero al mismo tiempo no la tiene. Andrés no es sólo colombiano: habla de Bergman y de Hollywood. Es uno de los primeros que no tuvo nacionalidad."
¿Es posible imaginar un Caicedo mayor y maduro? Fuguet no lo cree. A medida que se avanza en la lectura del libro, y a pesar de conocer el final obviamente anticipado en la solapa, uno sospecha que lo único que podría haber salvado a Caicedo era el amor que le despertó Patricia Restrepo, entonces integrante del comité de redacción de Ojo al cine y su compañera en los últimos años de su vida. En la carta que le escribió el 4 de marzo de 1977, el día en que recibió su primer libro publicado, el día en que ingirió las 60 pastillas de seconal, su último día, llama a Patricia "mi amor único, mi vida entera, mi redención y mi agonía". Atravesaban un momento inestable en una relación inestable, y la misiva arranca con cierta gravedad: "Con el horror y la expectativa de que esta sea la última carta correspondiente al último día de vivienda juntos [...]". Pero en medio de un escrito en el que le ofrece su corazón en carne viva horas antes de quitarse la vida, hay espacio para asuntos bien concretos: "Mi mamá me dijo (¡ay, qué lío!) que hoy por la tarde nos traían la nevera."
© LA NACION
1
2A 75 años de “La Colmena”: censurado por inmoral y pornográfico, se filtró “gota a gota” y consagró al polémico Nobel Camilo José Cela
- 3
La mayor antología en español de Ray Bradbury: cohetes rutilantes, marcianos melancólicos y relatos estremecedores
4Los padres terribles: historias reales sobre vínculos rotos

