
Antihéroes con el ego dañado
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Es domingo por la mañana y suena el teléfono. Como estamos ya tan desacostumbrados a que nos llamen así, intempestivamente, sin mediar un “¿Podés hablar?” vía mensaje de texto, la súbita campanilla preanuncia algo urgente.
Del otro lado, mi madre suena preocupada. Hace un par de días que no se siente a punto, sabe que la presión le está jugando alguna que otra mala pasada y piensa que –mejor quedarse tranquila– sería bueno que la vea un médico.
En pocos minutos apuro el resto del desayuno, me calzo las primeras zapatillas que encuentro, tomo el libro que acabo de empezar a leer y parto rauda a su encuentro para terminar, menos de media hora después, en la semidesierta guardia de un sanatorio cercano.
Antes de que lleguemos siquiera a acomodarnos en la sala de espera se abre la puerta de un pequeño consultorio y un médico recibe a mi madre con el habitual: “¿Qué la trae por aquí?”. La clásica pregunta que suele dar inicio a toda consulta de rutina será el último atisbo de normalidad de una situación que bien podría haber sido la escena de una película entre inverosímil y nefasta, con un antagonista al que a partir de ahora llamaremos “Doctor Horror”.
Resulta que el tipejo, lejos de alojar el malestar de la paciente, comenzó a condenar el relato de sus síntomas mientras llevaba a cabo una torpe revisación, que incluyó cuatro evaluaciones consecutivas de la presión arterial –todas con muy diferentes resultados–, la repetición de la auscultación porque, supuestamente, mi madre “respiraba con demasiado ruido” e interfería con su escucha, y otros exámenes descabellados (no soy médico, claro, pero tengo experiencia como paciente y algo de sentido común), todos con malas contestaciones.
Cuando la situación agotó mi tolerancia, me levanté de la silla destinada al acompañante y le solté al Doctor Horror unas cuantas verdades, de esas que casi nunca me atrevo a cantar en mi propia defensa, pero que salieron de mis labios como el más espectacular de los discursos cuando vi a este fulano, una desgracia para la tradición hipocrática, desacreditar a mi madre por el solo hecho de sentirse mal.
La situación se resolvió en otra clínica, donde un joven médico de guardia nos recibió con idoneidad y cortesía. “Quédese tranquila”, le dijo. “No es nada serio. Coma sin sal por unos días, camine, pero sobre todo, trate de hacer cosas que le gusten”.
Regresamos serenas, andando lento y con la mirada curiosa del flâneur: a nuestro paso se abrían árboles reverdecidos, malvones rojos en flor, pequeños Messi peloteando en el parque. El malestar comenzaba a disiparse…
Al llegar a casa, caí en la cuenta del libro que había tenido conmigo durante la desapacible mañana: Sin respeto (Ed. Paidós), el último ensayo del filósofo surcoreano Byung-Chul Han, una de las voces que, a mi criterio, mejor reflexionan sobre el desafío de “ser humano” en estos tiempos.

Ya en las primeras páginas, Han muestra cómo la pérdida de consideración en todos los vínculos sociales conduce a una guerra civil en miniatura, que carcome nuestra sociedad en lo cotidiano. Los agresores son el médico que nos maltrata, el automovilista que arroja desperdicios por la ventanilla, el jefe de poca monta que basurea a los empleados, el gobernante que agravia y deshonra la investidura. “Antihéroes con el ego dañado”, define con brillantez Han a aquellos que, carentes de respeto por sí mismos, desprecian también a todos los demás.
¿A cuántos otros adultos atemorizados habrá tratado con crueldad el Doctor Horror? Intuyo que a muchos, y que deberíamos callarnos bastante menos ante estos personajes indignos y descoloridos. El domingo, para hacerlo, creo que no solo me apoyé en la sabiduría de Byung-Chul Han, sino en la contundencia de otro recordado filósofo contemporáneo, nacido en La Paternal en 1950, que lo cantaba así: “Nadie se atreva a tocar a mi vieja, porque mi vieja es lo más grande que hay”.
Valeria Agis es periodista especializada en artes, con experiencia en medios de Argentina y Estados Unidos, en donde vivió durante casi una década.
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