Aprender a respetar el misterio
En esta entrevista, el escritor mexicano Juan Villoro habla de su última novela, Llamadas de Amsterdam (Interzona). La narración se centra en el momento justo en que una pareja cambia de rumbo y muestra hasta qué punto el amor y el humor son una forma de resistencia contra la violencia cotidiana
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De haber sido deportista, Juan Villoro se habría destacado en la gimnasia olímpica, en el salto con garrocha o en cualquier otra disciplina que demandara una gran elasticidad. Hoy, sin embargo, su espalda está más cerca de parecer un ladrillo que una vara de bambú. Pero la vida cuenta con mecanismos secretos de compensación: mientras los músculos se rigidizan, la mente se vuelve más y más elástica. Así se entiende la flexibilidad con que Villoro se mueve de la novela al cuento, del cuento al ensayo, del ensayo a la traducción, de la traducción a la crónica. Para él todo es escritura: una oportunidad para confirmar que la vida lo ha situado en la inmejorable condición de testigo.
Para más señas, el autor de Efectos personales , La casa pierde y El testigo también ha sido conductor de un programa de rock, agregado cultural en Berlín, editor del suplemento cultural del diario La Jornada y afilado cronista de fútbol. Nada más lejos de él que la imagen del autor encerrado en su biblioteca. El español Javier Marías lo nombró hace un tiempo Duque de Nochevieja, título de nobleza perteneciente al Reino de Redonda, propiedad del autor de Corazón tan blanco . Se trata de una excentricidad en la que también participan Almodóvar, Coppola y Rohmer, el arquitecto Frank Gehry, Claudio Magris y Coetzee (Duke of Deshonra).
En un par de semanas llegará a nuestro país Llamadas de Amsterdam , breve novela que publica en Argentina editorial Interzona. Con un estilo transparente, preciso y tranquilo, clásico en el mejor sentido de la palabra, el autor relata la historia de Juan Jesús y Nuria, una pareja mexicana que, como tantas a lo largo y ancho del mundo, se entrampa en los almuerzos familiares de domingo, cancela sus sueños de vivir en el extranjero, pospone la llegada de los hijos y vive sin mayores
sobresaltos económicos. El es un artista plástico que deviene en diseñador gráfico y ella dirige un conglomerado de revistas al que llegó gracias a su padre, un abogado que se ha especializado en salvar la reputación de los más indefendibles militantes del PRI. La historia está contada desde el presente, cuando el divorcio ya se produjo y Juan Jesús no es más que un espectro humano que se contenta con llamar a Nuria por teléfono, de madrugada, a esa hora en que se intuye que la soledad propia siempre es más radical que la del otro.
En estos meses, Villoro también ha estado enfrascado en un libro de ensayos que publicará Ediciones Universidad Diego Portales en los próximos meses. El volumen contempla clásicos de la Ilustración (Rousseau, Goethe, Casanova), artistas con una existencia desmedida (Klaus Mann, Malcolm Lowry) y los favoritos de siempre: Onetti, Chéjov, Lichtenberg. "Tengo la grata sensación de ver un dibujo de conjunto, una especie de autobiografía indirecta, hecha de la admiración por otros autores", comenta el escritor mexicano.
El libro además incluye un texto sobre las identidades poscoloniales, un tema que Villoro ha narrado con ejemplar ironía en sus ficciones. En la novela Materia dispuesta , unos actores que parten de gira por Europa contratan a una banda de percusionistas y se someten a prolongadas sesiones de bronceado para no desilusionar a su audiencia, que espera de ellos la encarnación de lo mexicano. El protagonista de Llamadas de Amsterdam , a su vez, se reúne con su amigo periodista en un restaurante tapizado con versiones pop de Frida Khalo. "Ese local es poscolonial y es kitsch , un ejemplo de la Latinoamérica de exportación", explica Villoro. "En Barcelona, yo vivía frente a un restaurante mexicano que se llamada Frida s y donde los guisos parecían la fantasía de un antropólogo catalán sobre las costumbres mexicanas (o quizá haitianas). Para mí, comer eso era tan exótico como comerme un óleo de Frida."
- Los personajes de este libro enfatizan que uno es lo que vive, pero sobre todo lo que se ha perdido: los amigos que se dejaron de ver, los amores cancelados, las oportunidades desperdiciadas. ¿Te consideras un novelista de la pérdida?
-Me considero un hincha de la pérdida, porque apoyo al Necaxa, equipo que estuvo 57 años alejado de los títulos. Quizá esto, y pertenecer a un país como México, me ha acercado al tema de la derrota. Sin embargo, lo que me interesa no es el descalabro, el fracaso en sí, sino los momentos en que el triunfo y la pérdida cambian de signo. A veces, lo que creíamos que nos perjudicaba nos fortalece en secreto y las glorias que anhelábamos nos envenenan. Los cuentos de La casa pierde tratan de esto, y también Llamadas de Amsterdam , que no en balde se ubica en la calle circular que antes fue la pista del hipódromo, donde los caballos decidieron la fortuna.
- Ahora vuelve a aparecer la figura del artista sin obra, ese joven que prometió pero que se quedó en el camino. ¿Sufriste tú la presión de ser una "promesa"?
-El rechazo es difícil de sobrellevar, pero a veces es aún más difícil sobrellevar la confianza que otros depositan en ti. Cuando empezaba a escribir, le enseñé un cuento a mi padre y me dijo: "¿De dónde lo copiaste?". Eso me motivó más que cualquier elogio; saber que él me consideraba incapaz de escribir el texto me hizo sentir que valía la pena. Lo mismo me ocurrió con una maestra del bachillerato. Ahora un texto me parece satisfactorio cuando tengo la extraña impresión de que lo escribió otro. La originalidad siempre es ajena, así que más vale no ufanarse ni preocuparse mucho al respecto.
- También abordas la relación del artista y el crítico. ¿Se puede no esperar nada, como quiere hacerlo Juan Jesús?
-Es muy difícil ser indiferente a la crítica, pero también es muy difícil ser objetivo. En la adolescencia, cuando mi hermana hablaba con una amiga que a mí me gustaba, yo descolgaba el teléfono para saber si decían algo de mí. Leer críticas se parece un poco a eso: es una conversación entre otras personas que de pronto se refieren a ti y que quizá no deberías oír. Dicho esto, durante muchos años dependí de la crítica. Publiqué mi primer libro, La noche navegable , en 1980, y recibí un primer premio veinte años después. Para un autor sin premios, ni muchos lectores, ni grandes recompensas a la mano, el impulso principal venía de la crítica. Las notas favorables me impulsaron en un camino sin meta definida.
-Llamadas de Amsterdam invita a pensar en lo que significa ser pareja, en los límites hasta los que se puede llegar. ¿Por qué Juan Jesús prefiere "no conocer la herida íntima y ajena"?
-En ocasiones conviene no saberlo todo de la persona amada, preservar una zona de misterio, una región donde ella aún puede ser de una manera o de otra. Las confesiones absolutas comprometen y a veces paralizan. No me refiero a vivir con alguien como con un extraño, sino a pensar que aún tiene algo que revelar. Respetar ese misterio, aplazarlo, no querer poseerlo es algo muy valioso que casi nunca hacemos. A veces la verdad se valora demasiado, como si siempre fuera positiva. Creo que las grandes historias y los grandes romances dependen de oír lo que se dice, pero también de respetar la reserva donde un enigma todavía es posible.
- En vez de ser un hombre que vuelve, como e n El testigo, aquí el protagonista nunca se va. ¿A qué responde este cambio de perspectiva?
-Es verdad que son historias complementarias, y la verdad es que no lo había advertido. Supongo que hablan de las relaciones opuestas que tenemos con el país al que pertenecemos y que nunca podemos abandonar del todo. En Llamadas de Amsterdam el protagonista vive en su propio país como si estuviera en otro sitio, en El testigo el personaje regresa en busca de lo que considera suyo, pero se da cuenta de que ha estado demasiado tiempo lejos y necesita un áspero rito de paso para volver a pertenecer a ese lugar.
- Lo que sí resulta común es el aire a podredumbre: los políticos son impostores y los secuestradores son parte del paisaje.
-En lo que va de este año, llevamos más de mil ejecuciones por el narcotráfico. Hoy en la mañana asesinaron a la directora de una escuela a la que asisten amigos de nuestros hijos. La mató el padre de un niño. Es imposible que estas situaciones no lleguen a la literatura. Por desgracia, la violencia es una gramática elemental en el país, que sobrevivimos a diario. Sin embargo, también me parece importante escribir de cosas que no tengan nada que ver con eso: el mal de amores es, en este sentido, una forma de resistencia.
- ¿Y es el humor otra forma de resistir?
-La literatura mexicana es muy seria. Así como en la tradición inglesa es imposible ser un clásico sin algo de humor, en la mexicana los sellos más prestigiados han sido la desgarradura y el ultraje. Por mi parte, creo que el humor es atributo de la inteligencia y permite comentar lo narrado para hacerlo más llevadero, para encontrarle un segundo plano, para proteger al lector de la crudeza de los hechos o incluso de las ideas del autor. Por eso me gusta tanto Ibargüengoitia, maestro del humor en México. Acabo de preparar un antología de sus crónicas para Reino de Redonda, la editorial de Javier Marías. Se llama Revolución en el jardín .
- Ahora que publicarás tus ensayos de Goethe y Cervantes, ¿te has puesto a pensar qué define a una novela? Aquí no faltará el crítico que dirá que Llamadas... es muy breve para ser novela.
-Hombre, yo creo que es una nouvelle o un relato largo, no me hago muchos líos al respecto. No concibo la brevedad como un sistema. El testigo es muy extensa, pero he escrito cuentos de dos páginas. Cada material requiere de cierta extensión; el problema está en saberlo. Sería genial que una musa exigiera con voz de ultratumba: "La belleza de esta historia mide 16.324 palabras". Pero eso no lo sabes nunca. Entre los muchos beneficios del Quijote o de Hamlet está el de saber que a la perfección le sobran páginas.
- Viniendo de El testigo , ¿se puede leer Llamadas... como un ejercicio de desintoxicación?
-Soy un autor disperso que hace varias cosas al mismo tiempo. No tengo una estrategia de géneros, pero, como bien intuyes, debe de haber mecanismos compensatorios que me hacen pasar de una travesía muy extensa a un viaje relámpago. Muchas veces tardo mucho en concluir un proyecto. Acabo de terminar una obra de teatro: Muerte parcial . Es la primera que concluyo y la primera que se pondrá en escena, pero el impulso de escribir teatro venía de 1970, cuando participé en una obra colectiva donde imitábamos sin recato a Jodorowsky.
- ¿Cuánto crees que tu estilo, que tiende al aforismo, le debe a la lectura de Lichtenberg?
-Traduje a Lichtenberg porque me asombró leerlo y en aquel tiempo no se conseguía en español. Más que una técnica, el aforismo es un modo de pensar, una sabiduría. Me parece pretencioso sentir que heredo algo de Lichtenberg. En todo caso, en sus páginas compruebo mi perplejidad. Si el deslumbramiento es un aprendizaje, ése fue el mío.
El Mercurio / GDA


