Arte: la raíz de América

El Museo Nacional de Bellas Artes reivindica el legado de artistas que no se deslumbraron con las luces de Europa durante la primera mitad del siglo XX y decidieron mirar hacia su propia tierra. Un viaje iniciático que va desde las expediciones arqueológicas hasta Eva Perón
Celina Chatruc
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27 de junio de 2014  

Todo comienza en Rosario. Alfredo Guido pinta un enorme mural dentro de la casa proyectada por su hermano Ángel para el psiquiatra Teodoro Fracassi, integrante de una comunidad de inmigrantes italianos. En 1927, la ciudad santafesina es un puente entre culturas, un punto de encuentro entre América y Europa, un nexo entre las ideas cosmopolitas del puerto y las raíces más profundas del continente. Sí, Rosario siempre estuvo cerca.

La reproducción de aquel mural es el punto de partida de La hora americana 1910-1950, muestra presentada por el Museo Nacional de Bellas Artes con la intención de reivindicar "un pasado artístico expresamente silenciado o menospreciado durante demasiado tiempo".

De varios museos del país, Roberto Amigo y Alberto Petrina trajeron 120 obras y objetos que abordaron temas andinos durante la primera mitad del siglo XX. Desde las expediciones arqueológicas que registran los templos incaicos hasta las pinturas que preanuncian la llegada del Juanito Laguna de Antonio Berni. Un camino que sigue las huellas de "una raza explotada, olvidada, sumergida".

No es casual que una de las primeras pinturas del didáctico recorrido sea un retrato de Ricardo Rojas realizado por Cesáreo Bernaldo de Quirós en 1926, cuando el autor de Eurindia -libro clave para esta muestra- asumió como rector de la Universidad de Buenos Aires. El homenaje al escritor, descendiente de una familia santiagueña, está pintado sobre otro dedicado al erudito español Marcelino Menéndez Pelayo. "Acá está claro, en la propia materialidad, la superposición de lo americano sobre esa matriz hispánica", observó Amigo en una visita guiada que realizó con Petrina para adn.

Una de las piezas más atractivas es La chola, de Alfredo Guido, ganadora del gran premio del Salón Nacional de 1924, año en que se publica Eurindia. Es el retrato de una identidad nacional ambigua, que evoca la Olimpia de Manet o La maja desnuda de Goya. "Guido, un americanista profundo, toma la imagen de la chola, una mujer de la tierra, con su ajuar, los textiles andinos, las piezas cerámicas, las frutas, en una postura que jamás tomaría una indígena, que es el desnudo. Es un hombre que tiene una intención cultural pero está formado en otra", señala Petrina.

La exposición no sólo reivindica los temas reflejados en las obras, sino también a ciertos artistas. Por ejemplo a Jorge Bermúdez, representado con la obra Gallero viejo de 1914. "En esos años -explica Petrina- tenías una desgracia en la Argentina si no elegías la escuela de París o la italiana. Si elegías la española, eras colocado en segundo orden. Bermúdez es uno de los grandes pintores de esa escuela."

Otras figuras homenajeadas son Atilio Terrani, Francisco Ramoneda y Ernesto Soto Avendaño, por sus aportes a la institucionalización de la enseñanza artística en el norte del país. También están presentes otros más consagrados, como Raquel Forner y Libero Badii, con facetas que no fueron registradas como importantes en su carrera.

Frente a Jujuy, pintada por Berni en 1937 -con rasgos parecidos al mural restaurado por Malba-, se presenta la vida de los suburbios porteños registrada por Gertrudis Chale veinte años antes que él. "Ella decía: pinto aquello que no se ve que está detrás de las cosas -señala Amigo-. Y lo que no se veía en Buenos Aires es el componente étnico que tenía la población suburbana. El clima metafísico representa los rostros de la América profunda."

"En una sociedad con tantas pregnancias eurocéntricas -agrega Petrina-, algunos de los que tienen la mirada virgen hacia este mundo que muchos argentinos despreciaban son extranjeros: Ramoneda y Viladrich son españoles, Chale es austríaca, Leonie Matthis es francesa. Gente que no tiene prejuicios con el tema: ve lo que ve."

Un ejemplo de los prejuicios a los que se refiere Petrina es el monumento a Eva Perón, de Sesostris Vitullo. Es una Eva representada como un tótem americano, un arquetipo, un símbolo protector de América que une todas las culturas. La escultura no fue aprobada por la estética oficial del peronismo y terminó en manos de la familia Di Tella.

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