
Arte País tropical
Colorista eximia, sintoniza con el tropicalismo musical de Caetano y Gilberto Gil, siente en la piel singular de su pintura la naturaleza híbrida de la cultura de Brasil y celebra con su primera retrospectiva en la región los once años de vida de Malba, que no es ajeno a la consagración internacional de su obra y al millonario guiño del mercado
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Brasil no es para principiantes, advirtió hace tiempo el músico Tom Jobim. Su famosa frase podría aplicarse hoy sin problemas al arte de Beatriz Milhazes, una de las artistas contemporáneas brasileñas más cotizadas y cuya colorida obra –al mismo tiempo abstracta y geométrica, folclórica y barroca– se expone por primera vez en la Argentina en una muestra que acaba de inaugurar el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba).
A los 52 años, Milhazes, nacida en Río de Janeiro, se define a sí misma como una relajada "garota" de Copacabana, el barrio donde nació y creció. Pero, como sucede con sus pinturas, despliega una personalidad compleja y profunda, propia de una artista muy local que se ha vuelto internacional.
A primera vista, su atelier, en el barrio carioca de Jardim Botânico, parece el taller de cualquier artista desordenado: piso y paredes manchadas, libros y fotos de inspiración o referencia, un par de cuadros a medio terminar y una enorme cantidad de pomos de pinturas por todos lados. Sin embargo, ya en confianza, Milhazes se revela como una profesional estructurada, minuciosa y con una idea muy clara de lo que quiere.
"El centro de mi obra es la pintura. A pesar de que hago collages, grabados y móviles, la pintura sigue siendo la base de mi arte. Agradezco el diálogo con todo el resto, una cosa va alimentando a la otra, pero siempre vuelvo a la pintura", asegura durante una entrevista con adncultura.
Milhazes sólo trabaja durante la tarde; usa las mañanas para hacer gimnasia y resolver cuestiones administrativas. Por la tarde se encierra en su atelier y no sale de allí hasta que cae la noche, cuando vuelve al departamento que recientemente compró en Leblon, tras separarse del arquitecto y pintor Chico Cunha.
Ex alumna y profesora de la Escuela de Artes Visuales del Parque Lage, Milhazes lamenta que debido a su éxito y los recurrentes pedidos de trabajo –desde escenografías para obras de danza hasta joyas y proyectos en 3D– no tenga tiempo para dar clases y estar en contacto con las nuevas generaciones.
"La gente me pregunta, pero no existe una fórmula para llegar a un lugar determinado en el arte. Si lo supiese, escribiría un libro y me haría rica", apunta. De cualquier forma, hay algunas claves. En 1989, Milhazes descubrió una técnica cercana a la calcomanía que se volvería parte de la marca registrada de su pintura: en vez de pintar sobre la tela, coloca el óleo de color sobre hojas de plástico transparente y luego las aplica sobre el cuadro, como un collage, hasta que la pintura se seca y puede retirar los plásticos. Estas transferencias le permiten que las pinturas queden lisas al tacto.

"No me gusta el trazo de la pincelada, esa cosa expresiva, el gesto y la expresión muy presentes en la tela . Prefiero que sea una cosa más limpia, que los colores queden más intensos y puros solos, porque la pincelada dispersa", explica Milhazes, cuyas obras se valorizan año tras año.
En 2009 se consagró como la artista brasileña viva mejor valuada luego de que su cuadro El mago fue comprado por Eduardo Costantini, fundador de Malba, por un millón de dólares en Sotheby’s de Nueva York. Perdió el récord el año pasado, cuando la también carioca Adriana Varejão obtuvo 1,7 millones de dólares por su Pared con incisiones a la Fontana II en Christie’s. Pero en junio de 2011, Milhazes se superó a sí misma al colocar El moderno por 1,1 millones de dólares en una subasta en Phillips, de Pury & Company, en Londres, y El elefante azul rematado en Christie’s por 1,4 millón de dólares .
Mientras tanto, ha organizado grandes exposiciones en la Pinacoteca del Estado de San Pablo (2008); la Fundación Cartier, en París (2009); la Fundación Beyeler, en Basilea (2011), y la Fundación Calouste Gulbenkian, en Lisboa, este año. Y sus obras han sido adquiridas ya por el Museo de Arte Moderno, el Museo Guggenheim y el Museo Metropolitano, todos en Nueva York; por el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, en Madrid; y por el Museo del Arte Contemporáneo del Siglo XXI, en Kanazawa, Japón. Así y todo, pese al éxito internacional, ella vive y trabaja en Río.
"Siempre me sentí muy ligada a Río. Nunca pensé en obtener una beca para ir a Europa o a Estados Unidos, como todos mis colegas de la escuela de artes. Nunca tuve ese proyecto de emigrar, de salir en busca de nuevos horizontes. Estaba muy enfocada y tenía proyectos en mi cabeza que creía que tenía que desarrollar en Río", comenta Milhazes. Su primera muestra fuera de Brasil fue en una galería de Caracas en 1993. Tres años después saltaría a Nueva York, donde alcanzó fama mundial. La de Malba es su primera individual en una institución de América latina fuera de Brasil.
–¿Qué la inspira de Río?
–La naturaleza. Aunque soy urbana, me gusta tener acceso fácil a la naturaleza. En eso Río es perfecto, se juntan muy bien esos dos elementos. Necesito concentración, una calma externa; y eso es lo que me da la naturaleza. El artista que emigra a un lugar como Nueva York, que es el centro del mercado del arte, gasta mucha energía intentando sobrevivir en un medio casi salvaje, no llega a pagar las cuentas a fin de mes, tiene poca concentración. Hay mucha dispersión, museos, exposiciones, y uno comienza a perder demasiado tiempo y energía en cosas que no tienen nada que ver con su obra. Eso, al final, tiene un efecto negativo. Acá, en Río, tengo mi casa, mi comodidad, la naturaleza, y logro preservar así la esencia.
–¿Cuál diría que es la esencia de su obra?
–La marca del modernismo brasileño, del movimiento antropofágico, porque es una cultura que come a otra. Siempre me interesó la pintura, pero quería también trabajar elementos de mi vida, cosas que eran externas a la pintura, y las tradiciones brasileñas que siempre me estimularon, como el carnaval carioca, que es una mezcla libre de conceptos, de culturas; eso me da ganas de ser artista. Lo mismo me sucede con la naturaleza, con su exuberancia, sus colores, los pájaros, las mariposas, y también con el arte folclórico, como el crochet que hacía mi abuela, el encaje de Bahía, los volados, la influencia católica, el barroco. Eran cosas cotidianas que me gustaban mucho y quería llevarlas a mi pintura. Sólo que la pintura tiene cuestiones muy rígidas, históricas. Tenía que coordinar esos dos mundos, como lo hizo el modernismo. Ése fue mi punto de partida. Pero no miro la naturaleza para pintar. Mis colores y flores vienen mucho más del arte aplicado, ya procesado por el hombre. Por eso empleo ropa, tejidos, diseños en general, cerámica; me interesan como referencia, para desarrollar mis propios diseños a partir de ahí. Y el color es lo que convierte la obra en abstracción pura; las relaciones entre colores, los contrastes fuertes, tienen que funcionar de acuerdo con la composición. No se puede imponer nada a la pintura; debe haber un diálogo entre uno y la tela.

–El arte contemporáneo brasileño está de moda y en alza, con artistas como usted, Adriana Varejão, Vik Muniz, Nuno Ramos, Ernesto Neto y Tunga. ¿Qué elementos diría que distinguen el arte contemporáneo brasileño?
–Yo soy una artista internacional, pero soy brasileña. Todo artista habla de su propia cultura; está influenciado por su experiencia y siempre va a estar trayendo su historia a la obra. La historia y la cultura de uno son cosas de las que no se puede escapar; puedes emigrar, vivir 40, 50 años, toda una vida en otro país y sentirte más de ese lugar, pero nunca vas a poder liberarte de tu propia cultura. Obviamente, cada artista lidia con temas conceptuales distintos y cuestiones de la obra en sí misma, pero carga con ese legado cultural propio. Yo traje a la pintura abstracta elementos que son de mi cultura, y eso le dio novedad. No tiene nada que ver con lo exótico, lo estereotipado. Está más relacionado con una visión distinta, de base propia. Mi obra difícilmente podría ser de un artista estadounidense o europeo; tiene cosas que se pueden relacionar con Brasil pero en un contexto abstracto.
–Los nombres de sus cuadros son enigmáticos. ¿De dónde vienen?
–Como dijo Christian Lacroix, los títulos son el último motivo que coloco en la pintura. Me considero una artista geométrica, todo está basado en una construcción que busca el equilibrio entre colores y formas; sólo que uso elementos externos a la pintura. Pero debe haber un balance que funcione. Y los títulos no están relacionados directamente con las obras. Tengo una colección de nombres, expresiones, lugares que me sirven de títulos una vez que las termino. Miro la tela y saco de mi lista de títulos alguno para ponerle, como un último motivo para terminar la obra. La gente se queda mirando, intentando comprender de dónde viene el título, y eso hace que preste atención a toda la obra. Si le pusiera Círculo rojo, una vez que lo encontraran pasarían la mirada a otra cosa. En cambio, así exploran la obra en su totalidad. A través de mis obras pretendo abrir el espacio a la imaginación, y el título me ayuda. Para mí, lo interesante del arte es que construye un espacio que no existe en el mundo real.
–¿Qué artistas han influido más en su obra?
–Tengo un trío básico que son Henri Matisse, Piet Mondrian y Tarsila do Amaral. Pero también agregaría a Bridget Riley, toda una referencia en el op-art.
–¿Cómo se relaciona con el mercado del arte, en el que sus obras cuestan tanto?
–Fue un proceso natural, veinte años de internacionalización. Comenzó a abrirse una puerta para que artistas del llamado Tercer Mundo empezáramos a alcanzar precios que artistas europeos y estadounidenses ya tenían. Espero que esta puerta se mantenga abierta porque ya era tiempo de reconocer que hay cosas increíbles en el arte latinoamericano. Llegar a este nuevo nivel internacional cambia tu vida; aumenta todo, la presión, el interés, pero no se puede permitir que eso afecte el trabajo. Para mí fue clave el hecho de manejarme desde los años 80 a través de alguna galería que se encargara de las ventas. Si uno mismo está involucrado en las ventas, pierde concentración en el trabajo. No me gusta estar lidiando con el tema de los precios de mis obras. Tener una galería ayuda mucho, especialmente cuando se pasa a otro nivel.

–Usted que trabaja con tantos colores, ¿tiene uno favorito?
–El blanco, aunque nadie me cree. Es que después de usar tantos colores, el blanco me calma. Pero necesito la intensidad, el conflicto de los colores, que me motivan para continuar en la composición. Eso es algo que el blanco no me puede brindar.
–¿Ve conflicto cuando mira su obra?
–Hay gente a la que mis cuadros le parecen un poco claustrofóbicos. Mi objetivo es que el ojo del observador no tenga una parada donde detenerse en la pintura; por eso uso arabescos, líneas onduladas y círculos, que no tienen un centro. Sólo comencé a usar líneas rectas cuando logré una dinámica de movimiento con los colores. Me gusta que en mis cuadros sucedan muchas cosas al mismo tiempo.
Adn Milhazes
Río de Janeiro, 1960
Pintora y grabadora. Aplicó nuevas técnicas y materiales en coloridas pinturas que integran las colecciones de algunos de los museos más importantes del mundo. En 2003 representó a Brasil en la Bienal de Venecia. La muestra actual en Malba representa su primera exposición individual en una institución de América latina fuera de Brasil
Para agendar
Muestra: Panamericano. Beatriz Milhazes. Pinturas 1999-2012, en Malba-Fundación Costantini (Avda. Figueroa Alcorta 3415), hasta el 19 de noviembre
Visitas guiadas: Miércoles, viernes y domingos a las 17
Familias: actividades relacionadas con la muestra, para chicos de 5 a 11 años. Domingos a las 15. Entrada: $ 15 pesos
Curso: Beatriz Milhazes en contexto, a cargo de Luz Horne, María Amalia García y Florencia Garramuño. Los jueves 18 y 25 de octubre y 1 de noviembre, de 18.30 a 20. Entrada: $ 300 pesos
Artistas x artistas : Beatriz Milhazes por Marina De Caro. Miércoles 24 de octubre a las 18.30. Actividad incluida con la entrada al museo
Entrada: general, $ 23; estudiantes y jubilados, $ 12; 2 x 1 para socios del Club La Nación Premium


