
Aura rebelde
Reivindicado por pensadores de hoy, el italiano Furio Jesi razonó en Spartakus, al calor de Mayo del 68, el sentido del cambio radical
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Subversión, revuelta, revolución, ruptura, discontinuidad. A partir de la instauración de la Modernidad, tanto el vínculo como la tensión entre estos términos fueron capaces de rendir cuenta de gran parte de los procesos políticos más urgentes. Ya se considere que la historia tiene algún sentido al estilo del generado por el progreso, ya se la visualice a la manera de una sumatoria aleatoria de catástrofes, la posibilidad de la refundación total ha sido capaz de movilizar procesos extremadamente diferentes. El horizonte cercano del cambio radical, el rechazo a recostarse en el pasado, la ilusión de trastocar el tiempo y el lenguaje generan ese entusiasmo capaz de darle sentido a la finitud. El pensador italiano Furio Jesi (1941-1980) lo sabía bien. Pero también sospechaba que los modos clásicos de aproximarse al tema no le resultaban satisfactorios.
Spartakus. Simbología de la revuelta, escrito no casualmente en 1969, llega para desarmar las continuidades que pueda haber entre cada uno de aquellos términos. La revuelta -sí, como la que encabezó Espartaco contra la República Romana- contiene una lógica específica que para Jesi es necesario sacar definitivamente a la luz. En sus palabras: "Toda revuelta puede describirse como una suspensión del tiempo histórico. La mayor parte de quienes participan de una revuelta eligen comprometer su propia individualidad en una acción cuyas consecuencias no conocen ni pueden prever". La revuelta no es incompatible con la melancolía. Tampoco con la espera. Es repentina, no tiene estrategia. Es inactual. No piensa en términos del tiempo normal burgués. Las revueltas sólo se desencadenan. Revuelta es la irrupción de la Liga Espartaquista en la Revolución Alemana de 1918 o el papel del mito del esclavo rebelde sobre la Comuna de París. A la revuelta la piensan Thomas Mann, Friedrich Nietzsche, Rainer Maria Rilke o Johann W. Goethe.
Jesi -a quien Giorgio Agamben le dedicó uno de sus ensayos más hermosos: "Acerca de la imposiblidad de decir yo", compilado en La potencia del pensamiento- forma parte de la constelación de pensadores cuya producción resultó casi invisible por un largo período hasta que su paradójica actualidad la hizo irrumpir como mecanismo problematizador. Muerto a los 39 años en 1980, y con una formación donde confluyeron la mitología, la arqueología, la historia de las religiones y la crítica literaria, Jesi supo crear, más que un estilo, un género propio. Libros como Literatura y mito, Kierkegaard, Cultura de derechas, La cerámica egipcia o Qué quiso decir realmente Rousseau reflejan una amplitud de cuestiones que fueron siempre desplegadas de modo tal que la teoría y el objeto de análisis lograban fundirse de manera brillante e imprevisible.
En Spartakus, esa capacidad inédita se despliega de modo tan eficaz que el impacto de los mitos de revueltas originales como la encabezada por Espartaco sobre los movimientos modernos logra exhibirse como latente aún en el presente. Tal vez también en los masivos movimientos de protesta que en 1968 Jesi seguramente presenciaba mientras redactaba este texto.
Resulta inevitable evocar a Aby Warburg, pero sobre todo a Walter Benjamin durante la lectura de Spartakus. El papel de la mitología genuina -tal como él la denomina- no es aquí meramente metafórico sino que forma parte, según las observaciones finales del libro, de una posible articulación entre historia y mitología que haga efectiva una crítica seria a la filosofía de la historia marxista. Tal como señala Agamben, en Jesi "el hombre aparece de hecho dividido entre elementos contradictorios: la conciencia y el inconsciente, la vida y la muerte, el tiempo histórico y el tiempo mítico", algo que, estrictamente hablando, ninguna filosofía de la historia puede tolerar.
Spartakus
Por Furio Jesi
Adriana Hidalgo
Trad.: María Teresa D'Meza
208 páginas
$ 150



