
Ausencia y presencia de la poesía
EL ARTE DE PERDER Por Mirta Rosenberg (Bajo la luna nueva)-64 páginas-($ 10)
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"NO es difícil dominar el arte de perder" reza un verso de Elizabeth Bishop citado en este cuarto libro de poemas de Mirta Rosenberg (Rosario, 1951). La cita, la traducción parcial en el título, no es azarosa: Rosenberg es una de las poetas que indagan del modo más original y persistente las formas por las que la poesía "traduce" el mundo y la experiencia en el lenguaje del ritmo y la metáfora. Al mismo tiempo, es también una de las mejores traductoras de lengua inglesa al español. Es decir, por una u otra vía, se sitúa en un espacio equidistante: revela cierta fe en el lenguaje como un trabajo continuo por transponer la experiencia real mediante vínculos analógicos y, a la vez, ejercita la duda, la desilusión que provocan todos los deslices del sentido.
La primera parte del libro, "El árbol de palabras", explora con ironía el acto mismo de la escritura poética (el discurso femenino, la inspiración, la repetición), en la encrucijada de un discurso personal y de un lenguaje comunitario, entregados a la sucesión y al cambio: el proliferante árbol del lenguaje en cuya savia el yo se inscribe y se escribe. Los versos "Allí donde manos, ojos, donde llega sólo/ la voz por arrebatos, allí/ el árbol ha enraizado" parecen abrir el camino a la segunda sección, "El tiempo", cuyos poemas presentan, como en un diario personal, los enlaces del lenguaje poético con la experiencia irreductible de los sentidos: poemas de los ojos, del tacto, de los oídos, de la lengua, de aquello que se huele como una reminiscencia en el aire de lo pasajero. La profesión de fe de los últimos versos ("Lengua, seguirá lloviendo/ en estas lluvias todavía,/ de tu boca a la mía// de tu boca a la mía") justifican la última sección: "El arte de perder", una serie de bellísimos poemas elegíacos y a la vez evocativos, donde el duelo por la madre muerta deriva en la unión del yo con el íntimo "vacío de la nada", transformado, traducido en palabras. La poeta dice Yo desde el hueco que le deja la lengua materna.
El arte de "perder lo que se pierde", afirma la elegía, es un dolorido arte de transición y traducción de la oscuridad silenciosa y muda hacia la imagen del recuerdo hablado: "los muertos de verdad de uno son víctimas amadas de los vivos.// De lo que cada uno dijo" -escribe Rosenberg con sabiduría-. De esa materia de ausencia y de presencia está hecho el poema. Así este libro -irónico, pudoroso, sensitivo- no calla la modulada melodía de una inteligencia.



