Autorretrato de un cretino
Hay hombres que sólo sirven como borrador para que ciertas mujeres puedan dar con otro hombre más adecuado
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Reconozco que me atrae la vida disipada. Dice mi mujer que siente la sensación de ser la única que no tiene pruebas de que soy casado. Y reconozco que es cierto, aunque no sea nada nuevo. Mi primera mujer comprobó que era casada cuando nos divorciamos. Pero creo que fue un alivio para ella. Las mujeres de mi vida saben que soy un magnífico ex marido. Todas ellas me encuentran cálidamente frío. Con motivo del bautizo de mi primera hija, mi mujer me pidió que al menos llegase a tiempo para la primera comunión. También se quejan de que lloro poco. Y no es cierto. Lo que pasa es que lloro a escondidas para no dar explicaciones. A una amiga que me reprochó esa aparente frialdad, le dije que no lloraba porque el médico me había prohibido la sal; y porque detesto la humedad; y porque cada vez que lloro, maldita sea, me apestan los ojos.
¡Cálidamente frío! Probablemente sea cierto, no lo niego. A veces reflexiono sobre ello, ¿saben?, y llego a la conclusión de que cada vez que dejé embarazada a una mujer, lo hice con tanta aparente distancia, ¡Dios!, que en realidad fue como si a los nueve meses tuviésemos sobrinos.
Yo creo que todo viene de mi poca fe en la realidad de las cosas. La última vez que me hice un chequeo, a mi amigo médico le pedí que en vez de mirarme a rayos, me echase las cartas. Lo que será, será. No necesito saberlo de antemano. A veces ni siquiera me interesa conocer mi pasado, salvo que mi pasado sea averiguar dónde dejé estacionado el auto. Me fascinan los avances científicos, pero los miro con escepticismo. Me jode que los americanos hayan llegado a la luna y a mí me cueste tanto dar con el portal de mi casa. Revisando mi vida y por más vueltas que le doy, siempre llego a la conclusión de que el único hallazgo científico realmente maravilloso del que tengo pruebas es el nombre de la farmacéutica con la que me acosté durante algún tiempo. Fue ella quien me dijo: "Resultas a la vez cálido y helado, algo tan extraño como encontrar rocío en la cresta de las llamas". También me dijo que en cama me sentía desnudo pero distante, como si sudase lana. Rompió conmigo la víspera de mi cumpleaños. Me dio el regalo meses más tarde. En su biografía seguro que figuro entre los grandes deudores de la farmacia. Pero ahora somos buenos amigos. Alguna vez hablé de casarme con ella. ¡Bobadas!, ella siempre supo que un tipo como yo sólo sirve de borrador hasta dar con otro hombre.
Supongo que lo que me pierde es mi maldita desconfianza. Creo que las mujeres sólo me aceptan porque necesitan una excusa para poner más a menudo la lavadora. También es cierto que no ando presumiendo por aquí y por allá, noche y día. Siento por ellas una extraña mezcla de sexo y cuaresma, y alguna recordará haberme visto entrar en su cama de rodillas, como si fuese a darme un revolcón con el verdugo de la Crucifixión.
Reconozco mi debilidad sentimental y mi propensión erótica. Podría darlo todo por una mujer. Y con poca luz, incluso podría tener un lío de faldas con la bandera de Namibia.





