
Belleza luminosa y díscola
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Las anfibias
Por Flavia Costa
Adriana Hidalgo/174 páginas/$ 39
La discusión acerca de la existencia de los géneros literarios, de las fronteras que los dividen, es muy antigua y, hasta cierto punto, estéril. No obstante, a la hora inevitable de las clasificaciones, hay textos cuyos discursos y estructuras traen el tema al plano de la reflexión. Es el caso de Las anfibias, el primer libro de ficción de Flavia Costa. Por una parte, el texto responde a la lógica narrativa propia de la novela, mediante la cual el lector se entera de algunas de las características y costumbres de los personajes que habitan una ciudad fortificada, Beliston, tan inasible como evanescente; una ciudad que llegará a ser "apenas una sensación neblinosa pero íntima y elemental". Por otra, el sistema que organiza la prosa, el uso que se hace de la sintaxis (largas enumeraciones, comparaciones, anacolutos), los quiebres en la normativa de la lengua y el empleo de poderosas imágenes líricas confieren una fuerte impronta poética a las voces de la narración.
La trama de Las anfibias se caracteriza por un zigzagueo constante, por un ritmo sincopado que avanza a partir de la fragmentación. Los módulos son trozos de distintas historias cuya combinación genera una atmósfera abstracta pero a la vez definitiva, cuya presencia resulta tan contundente que deja de ser un marco para convertirse casi en un personaje con entidad propia. Beliston, el escenario de la acción, es tierra de mitos y, como tal, acepta naturalmente un imaginario en el que interactúan gárgolas que vuelan en bandadas, matronas anfibias, antepasados borrosos, mujeres rapadas que parecen niños piojosos; una niña de ojos violetas, a la que cada madrugada las mujeres ofrendan sandalias rojas que son quemadas por su padre, un centinela –que recuerda a Giovanni Drogo, el oficial de El desierto de los tártaros de Dino Buzzatti– encargado de custodiar una esquina remota y desierta de la fortaleza.
La narración es plural. Hay una primera persona –la del centinela– que articula el eje argumental y a la que, cada tanto, interfieren otras voces: la de la niña rapada, que se incluye mediante extractos de su diario, el testimonio de su padre y un extracto del libro blanco. El eco de esta polifonía refuerza la pluralidad de sentidos, que resulta una de las claves de la novela. Si bien uno de los aciertos parece corresponder al tono, caracterizado por el mismo código simbólico de los ritos y por la misma temperatura sobrenatural de las leyendas, el ingrediente que en realidad se destaca es el lenguaje. En el texto, la palabra da vuelta sobre sí misma, se encrespa, muestra su belleza luminosa y díscola y, cuando está por aprehender un sentido inmediato, lo resigna para alcanzar una comprensión mayor. Esa comprensión es justamente la ilusión que con eficacia y lirismo consigue dejar planteada la novela.
Jorge Consiglio
© La Nacion
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