
Bienvenido, Capitán Beto
En mis otras vidas, él era una detective del alma y yo era un cazador de hombres. Trabajábamos juntos en una revista de información general y celebridades. Rodolfo Braceli psicoanalizaba a las estrellas del jet set local en asombrosas entrevistas y yo era el jefe de la actualidad, es decir: manejaba la cobertura de cuarenta notas por fin de semana, que iban desde reportajes en lugares remotos del planeta y obtención de datos ocultos sobre casos policiales resonantes, hasta diálogos con escritores, declaraciones exclusivas de políticos y persecución fotográfica de famosos escurridizos que jugaban a esconderse y a exhibirse impúdicamente según el día y la conveniencia. Fue una época electrizante y muy instructiva acerca de la condición humana, pero tuve algunos sinsabores. El mayor de todos ellos me sucedió con Luis Alberto Spinetta, que había salido de su ostracismo para noviar con una top model . Era tan insólita esa relación entre un rocker monacal y tímido, y una chica de tapa acostumbrada al más alto perfil, que todos los directores de revistas nos pedían con desesperación una nota. Pero la pareja no respondía las llamadas y vivía en las sombras de los flashes. Yo pedí, como era de rigor, una guardia fotográfica. Hasta que unas horas después escuché una voz quebradiza en el teléfono. "¿Vos sos el que me está arruinando la vida?", escuché que me decía alguien que parecía imitar muy bien a Luis Alberto Spinetta. Tardé diez segundos en entender que no era un imitador. Spinetta, el ídolo de mi adolescencia, el increíble y original creador de "Durazno Sangrando" y "Cantata de puentes amarillos", el factótum de Almendra y Pescado Rabioso, uno de los artistas más serios y talentosos de la Argentina, estaba taladrándome la culpa cristiana con esa pregunta. Tragué saliva y le expliqué que no lo seguíamos a él sino a su desbordante novia, y que eran las reglas del juego. Y él, con pragmatismo, me preguntó qué se podía hacer para que la guardia terminara. Qué reglas de juego había que adoptar para ponerle fin al asunto. Le propuse que saliera a la puerta con ella y se dejara fotografiar: así de simple. "¿Me sacás la foto y les decís que se vayan?", preguntó. Le di mi palabra de honor. Spinetta y su novia salieron al rato y posaron para los reporteros gráficos: él portaba un cartel que decía "No compre revistas, lea libros". La publicamos en tapa. Braceli se reía de aquella anécdota que tanto me había afligido.
Quince años después, todos estamos un poco más viejos. Braceli entrevista a Spinetta para adn cultura, y yo estoy escribiendo este editorial de los sábados. Braceli y yo hemos escrito muchos libros desde entonces, y Spinetta ha seguido siendo ese mito inasible que no se parece a nadie, y que tiene la increíble virtud del talento, del silencio y de marchar siempre delante de todos. La luz del tren.
Lector ávido y profundo de Rimbaud, Foucault, Freud y Jung; exégeta de Artaud, poeta más que letrista, músico perpetuamente experimental y complejo, navegante solitario de océanos inclasificables del arte, el Flaco es mucho más que el padre del rock nacional. Es un tótem de nuestra cultura. Braceli entra en su cocina para mostrarlo por dentro y lo psicoanaliza. El Flaco le regala tres poemas de su cuaderno casero. Los imagino, uno frente al otro. Escucho dentro de mi cabeza: "Ahí va el Capitán Beto por el espacio, la foto de Carlitos sobre el comando, un banderín de River Plate y la triste estampita de un santo".



