
Borges, 15 años del adiós
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Ginebra, 14 de junio de 1986, 16 horas. El escritor Jorge Luis Borges muere en esta ciudad suiza como consecuencia de un cáncer de hígado.
Buenos Aires, 14 de junio de 1986, 11 horas. La noticia arriba a las redacciones de los periódicos porteños y todo un país se conmueve por la muerte, en la lejanía, de uno de los más grandes exponentes de la literatura mundial.
Eligió para morir el lugar donde, según confesó alguna vez, fue feliz. Nadie, salvo él, podía imaginarse el final de su vida tan pronto. Unos meses antes se había mudado a Suiza y liquidado sus bienes en Buenos Aires, además de sellar por escrito -por medio del casamiento- su unión de 15 años con su compañera María Kodama.
El sepelio se realizó en un pequeño cementerio reservado para residentes famosos de Ginebra, llamado Plain Palais y el servicio funeral fue ofrecido por un sacerdote y un pastor, pues así lo había solicitado el escritor en memoria de su madre católica y su abuela protestante.
El lugar más lindo del mundo, cómo Borges había decidido -arbitraria y subjetivamente- denominar a Ginebra, lo protegió para morir. Y son muchos los motivos por los cuales es ella y no otra, la ciudad que lo albergó en el último día de su vida.
Una de las razones es que pasó sus años de adolescencia y completó el colegio secundario en el prestigioso Instituto Calvino. Pero la tranquilidad y discreción suizas fueron, sin duda, lo que finalmente conquistó su corazón. “Viví cinco años en Ginebra -relató Borges en La Nación el 6 de agosto de 1972- durante la Primera Guerra Mundial. La ciudad tendría en esa época unos 120.000 habitantes; creo que había un comisario y dos vigilantes. ¿Por qué? Porque todo el mundo pertenecía a la clase media, no había gente ni muy pobre ni muy rica”.
Si el nombre de un escritor argentino ha sido diversificado más veces en forma de adjetivo, ese es el de Borges. Y a 15 años de su muerte continua siendo aquello en lo que se convirtió mucho antes de morir: un clásico.
Nació en Buenos Aires el 24 de agosto de 1899 cuando aún no había terminado el período normal de gestación; sólo llevaba ocho meses en el vientre de Leonor Acevedo de Borges. Junto con su padre, Jorge Guillermo Borges, se mudaron a Palermo. En ese “barrio de malevaje calabrés y criollo”, una de las tantas definiciones que le dio Borges, aprendió a leer en inglés por influencia de su abuela materna.
En 1914 la familia decide pasar una temporada con los parientes europeos y se instalan en Ginebra. El padre de Borges, debido a una ceguera total, que luego él heredaría, se jubila. Se instalan en la ciudad suiza donde Georgie, como lo llamaba su familia, se transforma finalmente en Borges; es decir: en uno de los más brillantes y polémicos escritores del mundo.
Apareció en el escenario literario argentino durante el modernismo, cuando Rubén Darío era el maestro creador y propagador en todos los países de habla española y Leopoldo Lugones en la Argentina.
En una conferencia pronunciada en 1928 con el título “El idioma de los argentinos” Borges pidió un lenguaje nuevo para un mundo nuevo, que le sirviera para nombrar con propiedad al hombre del arrabal. Pedía un lenguaje en el cual se reconociera a sí mismo un país que se incorporaba al proceso de civilización de Occidente. Este país debía disponer de un instrumento lingüístico con los matices necesarios para ingresar con nombre propio en el mundo moderno.
No era una reacción contra el idioma madre, sino un intento de extender las significaciones de ese idioma para que el país no quedara al margen de la evolución literaria.
Sin embargo, muy pocos pudieron imaginar que ese hombre que se levantaba contra las políticas idiomáticas españolas, era uno de los mayores conocedores de la lengua.
En la ancianidad, su figura logró casi la canonización. Sus declaraciones siempre picantes fueron para los medios “el pan nuestro de cada día” y los reconocimientos ya habían comenzado a llegar: la Legión de Honor, francesa, y la Cruz de Alfonso el Sabio, española; los doctorados honoris causa de Cambridge, Creta, Nueva York, Roma, de San Juan de Puerto Rico y de San Juan de Cuyo.
Pero lo que jamás obtuvo, y una de los grandes reclamos de quienes han vivido y disfrutado su obra, es el Premio Nobel de Literatura. Un desencuentro irreversible que tiene sus posibles inicios en 1960 cuando Borges comienza a surgir como uno de los candidatos con más posibilidades.
Se barajaron varias hipótesis para explicar la actitud de la Academia Carolina de Suecia, entidad que otorga el premio, donde el argumento político era el más convincente, por considerar a Borges un hombre de derecho. Sin embargo, y como una orgullosa verdad, es evidente que la negativa no habrá que buscarla en los méritos literarios del gran escritor.
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