Borges y el boom de la literatura latinoamericana. Frías y corteses palabras

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
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25 de julio de 2020  

Cuando, ya sobre el final de su vida, Borges dirigió y prologó esa generosa colección de kioscos que llamó "Biblioteca Personal", incluyó a Juan Rulfo (Pedro Páramo), Juan José Arreola y Julio Cortázar (con una antología de cuentos en los dos casos). Ya con esa elección estaba dicho casi todo lo que Borges podía decir sobre el boom de la literatura latinoamericana. Su perspectiva optaba por un precursor de apenas dos libros, un maestro de la brevedad, y un cuento antes que Rayuela. Es cierto que la marea arrastró a la orilla del boom al propio Borges, pero esta cercanía fue forzada y comercial. Borges, de otra generación, había ya conquistado Europa, y no tenía más que diferencias con los nombres propios del corazón del boom: Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa, José Donoso y el disidente Guillermo Cabrera Infante.

Las diferencias transcurrían en planos distintos. Por un lado, el boom fue un movimiento de novela, y ya sabemos que Borges insistía en que no había sido un lector fiel de novelas (esto habría que tomarlo en serio apenas a medias: conocía mejor la novela que quienes se dedicaban a escribirlas); por otro, las relaciones amicales eran escasas, lo mismo que los acuerdos políticos (el boom, con la excepción de Cabrera Infante, fue en bloque aquiescente con la izquierda). Tampoco conectó Borges con estribaciones menos espectaculares, como el barroco de José Lezama Lima o Severo Sarduy. Hay, sin embargo, una corriente subterránea de Borges en América Latina que Luis Chitarroni estudió con genio en Breve historia argentina de la literatura latinoamericana (a partir de Borges), que publicó el Malba.

En algunas entrevistas de la década de 1970, Borges dio pasto a la perplejidad. De Cien años de soledad dijo que era "uno de los grandes libros no solo de nuestro tiempo sino de cualquier tiempo". Borges, en la hipérbole, que no solía frecuentar, induce la sospecha, además de la inverosimilitud de aceptar que se haya hecho leer el mamotreto de los Buendía. Sobre Cortázar, evoca que él hizo publicar en su revista Anales de Buenos Aires el cuento "Casa tomada" y que se vieron mucho más tarde en París, donde cambiaron "frías y corteses palabras". A Vargas Llosa no lo conoce. Sin embargo, Adolfo Bioy Casares habla favorablemente en su diario de la entrevista que le hizo Vargas Llosa, que publicó en su momento LA NACION y que integra ahora Medio siglo con Borges, y no se priva de señalar la confusión del entrevistador, para quien Beppo es el nombre del gato de Byron cuando en realidad es el nombre del personaje de un poema del autor inglés. He aquí otra diferencia irreductible: la que separa a quienes leían a Sartre y quienes leían a Lord Byron. Las lecturas dividen más que la política.

Estas lecturas van a parar al problema de la novela. Es tan inútil preguntarse por qué Borges no escribió novelas como preguntarse por qué tendría que haberlas escrito. Baste decir que la concentración de la frase borgeana, su modo, para decirlo en términos musicales, de agotar el material, no se aclimataban a las vastas extensiones de la novela, que puede permitirse la desidia del estilo. Algunos novelistas, sin embargo, no se resignaban a esa insuficiencia. El primero de todos, Flaubert, al que Borges quería mucho y que es tema de conversación con Vargas Llosa. Las lecturas separan, sí, pero aun cuando se lea lo mismo. El flaubertiano mayor de América Latina, Vargas Llosa, autor de ese estudio capital que es La orgía perpetua: Flaubert y "Madame Bovary", parece que hablara con Borges de escritores distintos.

Es probable que la admiración de Vargas Llosa por Borges sea, por un lado, el reconocimiento de la deuda que el boom tiene no solamente con él sino con la revista y el grupo Sur, merced a que conocieron en castellano a Faulkner; luego también la admisión de que una lectura más atenta de Borges les habría ahorrado supercherías políticas y de estilo.

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