
Borges tan eterno como el agua y el aire
Eduardo Mallea dijo alguna vez que Borges era uno de esos escritores que nacen con mito. Tal vez porque era el vaticinio de uno de sus más brillantes contemporáneos tal vez porque su estatura literaria no podía menos que echar a andar la leyenda o porque su extrema timidez lo llevó a esconder al hombre detrás de las palabras lo cierto es que Borges terminó haciendo realidad esa fundación de su propia mitología. Los diez años que hoy nos separan de él ¿ayudaron a remontar el hilo de la historia o el tiempo ese oscuro objeto de sus desvelos literarios terminó desdibujando los de por sí ya difusos espejismos de la realidad y la ficción? Una inagotable cantidad de ensayos biografías y diálogos -además de artículos mesas redondas y seminarios- se sumaron en esta primera década de su ausencia a la ya nutrida reflexión sobre el poeta.
Un Borges humano contradictorio tan frágil a veces como implacable empezó a filtrarse entonces entre las grietas del mármol. Pero el escritor de "Fundación mítica de Buenos Aires" ese europeo en el exilio que con su bastón de pino negro comprado en Dublin recorría los cien barrios porteños encarnó por lo menos dos mitos. O tal vez tres si sumamos el destierro voluntario de su muerte.
Amores soledades e inseguridades
De un lado el cono de sombra en el que insiste en diluirse la inasible trama de su vida personal. Los amores y soledades de ese lector insaciable y erudito la inseguridad de quien siempre se ha sentido más cómodo entre los libros que en la proximidad de una mujer y la picardía de un hombre que supo hacer de la ambigüedad de sus palabras un laberinto para desorientar intromisiones (casi siempre periodísticas).
Del otro lado su misma literatura porque aunque su éxito fue temprano la época no dejó de imponerle su marca. A la Argentina de este siglo -tormentosa violenta heroica insegura entre derechas e izquierdas entre nacionalismos pacatos y melancolías foráneas- le dio no poco trabajo el hábito de su escepticismo y de su ironía la preocupación esencialmente filosófica su europeísmo sin culpas su dificultad para comprender una historia nacional que muchas veces discurría tal vez demasiado lejos de su Biblioteca. Se lo acusó de extranjerizante y reaccionario; también de ser inasible críptico cuando el arrabal era sólo un trampolín hecho de aceras para meterse de lleno en aguas de hondura metafísica.
Desencuentro conjurado
Con todo el desencuentro fue conjurado a tiempo y Borges tuvo el raro privilegio de ser testigo -abrumado a veces incrédulo- de su propia consagración. Y tuvo además la natural lucidez de no tomársela demasiado en serio: "Mi fama es tan inmerecida como misteriosa; yo soy sólo una mala costumbre de esta época".
Se equivocaba claro; y jugaba como siempre. Resistida al principio consagrada después su literatura fue sobre todo desde las últimas décadas de su vida hasta hoy objeto de culto para las diversas faunas del arte y el pensamiento.
Más allá de la sonrisa burlona que le produciría a él eso de ser tratado como un autor de culto a menos de cinco años de su muerte la crítica internacional coincidía en que la influencia del autor de "La Biblioteca de Babel" en la literatura del siglo XX era comparable a la de Kafka Proust y Joyce curiosamente otros tres célebres eternos candidatos al Premio Nobel para decirlo con la ironía del mismo Borges que nunca recibieron la distinción. Hoy sin titubeos se lo considera el escritor en lengua castellana que más ha influido en la literatura universal del siglo XX.
Fluctuaciones
Decía Alicia Jurado que Borges solía recibir los elogios con un ligero escándalo como tratando de reducir sus méritos a límites prudentes. Cercar los alcances de su modestia -hasta dónde es humildad hasta dónde vanidad hasta dónde otro despliegue de su ironía- es tal vez una tarea imposible. Entre otras miles dos anécdotas ilustran acaso esa fluctuación por otra parte tan humana entre la certeza del propio genio y el acoso de una inevitable inseguridad.
De la confianza en su obra de la importancia que sí le confería a la posteridad nos habla una entrevista realizada por Jorge Urien Berri a Jean Pierre Bernes quien colaboró con Borges hasta poco antes de su muerte en la revisión de sus obras completas para la edición francesa de la Pléiade. Escribió Urien Berri: "Borges se propuso dejar el raro testimonio de un autor que revisa la totalidad de su producción mientras el aliento de la muerte se cuela en la habitación. Y quiso que ese testimonio se publicara".
El relato de Héctor Yánover librero de raza y hoy director de la Biblioteca Nacional nos acerca a un Borges más parecido a todos los mortales en su infinito temor.
"Sabe que cada vez que publico un poema en La Nacion -le refirió el escritor a Yánover- pienso: ahora sí que se van a dar cuenta de que soy un chanta. Pero siempre hay alguien que llama cerca del mediodía y dice: Muy bueno Georgie; después alguien llama entre las tres y las cuatro y también dice:"Muy bueno Georgie"; y ya anocheciendo llama Adolfito y me dice: Muy bueno Georgie>.Entonces yo pienso: ¡Qué suerte esta vez tampoco se han dado cuenta!"
Una noche en LA NACION con el gran escritor
La última vez que estuve con Borges fue la noche del 4 de agosto de 1983. Mientras Borges comía los fideos que había pedido en el comedor de La Nacion su mordacidad relumbraba como el cuchillo más filoso en la mesa que compartíamos.
Disfruté mucho esa larga hora. Eran casi las 22 cuando Roy Bartholomew me llamó por teléfono.
Bartholomew poeta de Adrogué discípulo de Pedro Henríquez Ureña y redactor de La Nacion había presentado a Borges en una conferencia del ciclo Mes de las Letras que tradicionalmente nuestra hoja ha realizado en la Sociedad de Distribuidores de Diarios en la avenida Belgrano.
Borges acababa de hablar sobre Kafka. Se había ocupado de su obra como la de un autor poético no lógico. Esto lo había llevado a decir que antes que nada están los mitos no el pensamiento racional ya que primero se sueña y luego se llega a requerimientos lógicos.
"Ya no queda nadie aquí ni los canapés -me dijo Bartholomew antes de darme la noticia más importante-. Le pregunté a Borges adónde quería que lo llevara a comer y me contestó que a La Nacion. ¿Qué hago?" El "¿Qué hago?" denotaba preocupación. Como viejo periodista que era Bartholomew sabía bien que la mejor gastronomía de una ciudad nunca está en los diarios por más noticias que se cocinen en éstos todos los días.
No vacilé en decirle a Bartholomew que prescindiera de sus comprensibles prejuicios y acatara lo pedido por Borges. Yo haría de anfitrión así que encarecí una mesa para tres.
Fue una comida verdaderamente divertida mucho más sin duda que las arduas ejercitaciones en metáforas a la que nos sometía con inusitado rigor Héctor Ciocchini a sus alumnos de castellano en el Liceo Naval. Por Ciocchini nos familiarizamos con Borges antes que otros muchachos de nuestra generación y si esto se logró valga la metáfora a palos en nada empequeñece el agradecimiento que debemos a tan inolvidable maestro de hace largos cuarenta años.
Ahora estábamos ante un Borges de cuerpo entero y con cierto afán de escandalizar que era como una trampa para quienes en tal carácter lo tomaban al pie de la letra. En el fondo lo más apreciable del tono zumbón con el cual el gran escritor solía tomar de puntos a algunos de sus congéneres es que jamás mostraba la hilacha de un resentimiento. Tal debilidad en cambio la he percibido en otros intelectuales más pomposos y más reticentes ciertamente a la hora de desnudar sentimientos respecto de sus colegas.
Aquél 4 de agosto de 1983 Borges era el escritor a quien ya se había atribuido haber dicho que la Historia de la Literatura Argentina de Ricardo Rojas es más larga que todo lo escrito por sus esforzados compatriotas. Apenas empezamos a comer Borges volvió a ser incisivo con Rojas.
Procuré desviar el juego. Recordé que una de las grandes manifestaciones de destreza periodística la había observado a raíz de un hecho íntimamente vinculado con Rojas nada menos que el de su propia muerte. Una noche de fines de julio de 1957 había llegado imprevistamente a La Nacion la noticia de su deceso. Se dio inmediatamente a Augusto Mario Delfino la indicación de escribir la nota necrológica.
Las cuartillas una a una volaron casi sin ser leídas al taller de composición. Al día siguiente La Nacion publicaba un artículo admirable debido al talento de Delfino compañero de lides de Borges en la corriente martinfierrista de los años veinte. Parece ser cierto que la excelencia es lo único que perdura porque la necrología del ilustre tucumano aunque de estirpe santiagueña que fue rector de la Universidad de Buenos Aires escrita por Delfino tiene en su relectura de hoy el mismo valor de hace veintinueve años.
Borges tomó nota de lo que hablábamos pero siguió entusiasmado con el repaso de los hechos de Rojas con los cuales discrepaba. Observó que éste solía desconocer como propios tales y tales errores y cuando ya creíamos que se había despachado suficientemente contra el autor de "La restauración nacionalista" descerrajó un último tiro implacable: "Sí sí Rojas tenía una desmemoria minuciosa".
En agosto de 1983 quedaban menos de tres años de vida para Borges. Veintisiete años antes me había detenido una tarde en el primer piso del viejo edificio de La Nacion en San Martín 344 al verlo bajar las escaleras. Con seguridad venía del Suplemento Literario que en esas circunstancias dirigía Margarita "Margaritín" Abella Caprile. Lo contemplé largamente.
En 1956 la ceguera de Borges era extraordinariamente acentuada pero aún así se desplazaba con mucha más seguridad que la acusada en la línea inmortal de uno de sus poemas:"El desnivel acecha". Así lo ví descender por aquéllas escaleras y así varias veces me sorprendería después con el paso de los años verlo avanzar más decididamente de lo imaginable por Florida doblar por Córdoba atravesar la esquina de Saint James adonde sabía entrar hasta llegar finalmente a su casa en Maipú y Charcas. Nunca lo ví caminar en la dirección opuesta con lo cual me quedó la curiosa sensación de que no debía esperar otra cosa de Borges sino que saliera siempre de la librería El Ateneo.
Seguramente el autor de Poema Conjetural ya había caminado por Florida desde el Sur hacia Plaza San Martín cuando lo divisó otra tarde Enrique Bugatti periodista de notable señorío que desde hace treinta años es redactor de temas políticos de Clarín y de quien siempre pensé que hubiera sido bueno contarlo con nosotros en La Nacion.
Borges salía de la galería Witcomb que había sido de Rosendo Martínez al 900 de Florida. Bugatti quien pasaba justamente por allí se presentó y con la intención de acompañarlo le preguntó hacia dónde iba. "A mi casa" dijo Borges y se tomó del brazo de Bugatti.
La conversación se animó rápidamente. Borges preguntó dónde vivía su inesperado acompañante. Al escuchar que en Haedo pormenorizó en sus conocimientos sobre los antiguos prostíbulos de Ciudadela.
Borges inquirió luego qué hacía Bugatti. La respuesta a su revelación quedó grabada en éste para toda la vida: "Ah ¿periodista? Esa es una profesión melancólica".
Siguieron así hasta Maipú y Charcas y al comenzar la despedida Bugatti colmado por tanto honor encareció: "Acuérdese Borges: Bu-gat-ti como los autos de carrera".
El genio paródico se hallaba con la pelota en sus pies. Remató resueltamente a pesar de lo mucho que detestaba el fútbol: "Y usted acuérdese de Borges: Bor-ges como la caja fuerte".
Huésped del universo
MADRID.- En "El oro de los tigres" dice: "Mi destino es la lengua castellana". En 1979 recibió en un absurdo ex-aequo con Gerardo Diego el premio Cervantes. Creado en 1975. La arbitrariedad no prosperó; afortunadamente. Bioy Casares o Sabato disfrutaron del premio íntegro. La distinción había sido creada en 1975. En 1976 Jorge Guillén encabezó la lista.
La relación Borges-España ha sido extraña y a veces conflictiva. Ultimamente su nombre se ha sucedido en biografías que hacen más ruidos que sus escritos. Las obras de Borges se conocieron antes en Francia. Luego ediciones Siruela Emecé o Cátedra las fueron publicando con una resonancia ceñida a "élites" de especialistas a pesar de conferencias y ciclos. Siempre de concurrencia breve.
Cuando vino en uno de sus primeros viajes después de aquel de 1919 y Cansinos-Assens tan manoseado para recibir el Cervantes y más tarde para otros elogios leíamos en diarios nacionales que estaba en España "José" Luis Borges. No era adrede. Tampoco todos compartían la ignorancia que fastidió profundamente a los más inquietos.
No consideraba excesivamente bien a Quevedo aunque lo admitía como primer artífice de las letras hispánicas. Tampoco exhibió admiración alguna por Lorca. Salvo una tardía benevolencia. ¿ Estos recelos han separado a Borges de España algo más de lo superficialmente detectable ? ¿ Acaso explican su leve popularidad local ? A diez años de su muerte los diarios darán prevalentemente los servicios de sus corresponsales en Argentina. "El Mundo" añadirá una nota de Marcos Ricardo Barnatán autor de la " Biografía total" de Borges. Sabemos que "ABC" se sintió decepcionado porque Adolfo Bioy Casares no escribirá algunos apuntes sobre el poeta. Carlos Bousoño tendrá a su cargo un artículo en tercera página y en la sección cultural del colega siempre en el mismo viernes próximo varias notas sobre el aniverasrio.
Lo más relevante será el próximo 21 del actual. En la Casa de América con la presencia de la Infanta Cristina se iniciará un ciclo borgiano que contará con el estímulo de la más activa promotora de su figura su viuda María Kodama. Concurrirán también el editor italiano Franco María Ricci y nuestro embajador Guillermo Jacovella. Digresión que pica en el ordenador: leer el último Borges austero es una clase de periodismo. Reflexión que tal vez no lo mortificaría demasiado.






