Brad Smith: "Las computadoras tendrán los mismos dilemas éticos que nosotros"

El presidente de Microsoft, empresa que volvió al podio de las más importantes del mundo, habla del potencial de la IA para abordar los grandes desafíos de la humanidad, cuenta por qué se enfrenta a Trump en cuestiones de inmigración
El presidente de Microsoft, empresa que volvió al podio de las más importantes del mundo, habla del potencial de la IA para abordar los grandes desafíos de la humanidad, cuenta por qué se enfrenta a Trump en cuestiones de inmigración Crédito: Joakín Fargas
Delfina Krüsemann
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14 de julio de 2019  

En febrero pasado, un día antes de San Valentín, Brad Smith tuvo una cita inusual: el papa Francisco lo invitó a intercambiar reflexiones acerca del impacto de la tecnología y, en particular, de la inteligencia artificial. Con sobretodos negros, de cara al sol de invierno de Roma, el presidente de Microsoft y el Sumo Pontífice de la Iglesia Católica (que alguna vez confesó ser "un desastre" en el manejo de la tecnología) caminaron una tarde por las calles del Vaticano mientras compartían sus ideas sobre dilemas éticos y desafíos sociales. "Me sorprendió lo profundo de nuestra charla. En Microsoft, decimos que nuestra misión es llevar la tecnología a la humanidad, pero el papa Francisco me habló de llevar humanidad a la tecnología. Y ambos coincidimos en que, durante el siglo XX, la tecnología había sobrepasado la habilidad de la humanidad para incorporarla. No podemos permitir que eso vuelva a pasar esta vez. Cuando nos despedimos, él me tomó de la mano y me dijo: 'Mantené tu humanidad'. Fue un día muy interesante, uno de esos que no te olvidás en toda tu vida", relata Smith.

En honor a la verdad, este abogado nacido hace 60 años en Milwaukee, Wisconsin, debe tener una larga lista de días inolvidables en su memoria. Como ese en el que le presentó a Bill Gates (el fundador de Microsoft que, gracias a su éxito, se convirtió una de las personas más ricas del mundo) su propuesta para ser elegido director general legal de la compañía. Era fines de 2001 y el gigante tecnológico que había creado el imperio de Windows y el Paquete Office (con programas icónicos como Word, Excel y PowerPoint) acababa de perder un desgastante y millonario juicio de cuatro años en el que el gobierno de Estados Unidos lo acusaba de prácticas monopólicas. Y no era la única batalla que venía peleando: la empresa se había hecho fama -justificada- de ser implacable e incansable en cuestiones de propiedad intelectual y demás yerbas, lo que la ponía siempre en la vereda de enfrente del resto de la comunidad tech.

Microsoft ya era una multinacional con 25 años de trayectoria, pero poca proyección a futuro; casi un dinosaurio en la industria que, en los albores del nuevo milenio y tras la explosión de la computadora personal a fines de los 80, estaba a punto de vivir una nueva edad de oro. Gracias a la popularidad de los programas para bajar música de manera gratuita (aunque ilegal), los primeros celulares con cámara de fotos y lanzamientos como Wikipedia (2001), Skype (2003), YouTube (2005), Facebook (2004) o Twitter (2006), se abría un nuevo y estimulante escenario para la innovación. Microsoft no vio venir nada de eso mientras que, por ejemplo, Apple, que también se había iniciado como una empresa especializada en computadoras, apostó con todo a un nuevo negocio, primero con el iPod y después con el iPhone. ¿Qué habría pasado si Bill Gates y compañía hubiesen estado menos preocupados por lo que pasaba en los tribunales y más ocupados en imaginar el futuro que podían crear?

Smith armó toda su postulación -como no podía ser de otra manera- en un PowerPoint, que contenía una sola frase: "Tiempo de hacer las paces". Con su postura conciliatoria, obtuvo el trabajo y, a partir de entonces, se convirtió en una pieza fundamental de Microsoft, al punto tal que, en 2015, fue nombrado presidente por el CEO Satya Nadella. Hoy, la compañía vive un revival que la llevó a las portadas de medios como Time, Wired, Bloomberg, Forbes y Fast Company; todos ellos fascinados con la manera en que Microsoft volvió a brillar gracias a una estrategia interna y externa que se basa en valores como transparencia con sus clientes, diversidad en sus equipos de trabajo, colaboratividad con la comunidad tech y empatía hacia los grandes desafíos que enfrenta la humanidad, desde la investigación médica hasta la inmigración. Y, claro, un foco claro en cumplir un rol decisivo en los avances tecnológicos claves de cara al futuro, con la inteligencia artificial como su gran apuesta. Y así se explica por qué Brad Smith recibió -y aceptó- la invitación del Papa Francisco para visitar el Vaticano.

La tierra puede brindar información y datos para que, mediante inteligencia artificial, un productor pueda obtener mejores cultivos
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-¿Por qué creés que un líder religioso de 81 años estaría particularmente interesado en una empresa como Microsoft y el devenir de la inteligencia artificial?

-Estamos en una nueva era de cambio profundo impulsado por la tecnología, que está remodelando las sociedades a nivel global. La mayoría de las preocupaciones y debates que tenemos hoy -económicos, culturales, lo que sea- tienen un aspecto que confluye con y es influenciado por la transformación tecnológica. Entonces, es un momento clave para que las empresas que estamos llevando adelante estos desarrollos analicemos las cosas con una mirada más abierta y abarcadora. La inteligencia artificial no es nada menos que crear máquinas con la capacidad de tomar decisiones que antes solo podían tomar los seres humanos. ¿Cómo queremos que piensen estas computadoras? Porque todos los problemas éticos que tienen las personas son los mismos que van a tener que enfrentar las máquinas. Encima, se trata de temas que la humanidad viene debatiendo no por siglos, ¡sino por milenios!, sin llegar a un consenso en muchísimas ocasiones. Así que la inteligencia artificial no va a solucionar todo mágicamente, pero al menos debe incorporar disciplinas como la filosofía y la religión, porque solo así va a reflejar nuestra humanidad. Es el gran desafío, y es enorme.

-Si recordamos que la imprenta, la máquina de vapor o el auto también fueron tecnologías que transformaron el mundo, ¿por qué ahora hay una sensación de que esta nueva era es la más crucial de todas?

-Sin duda, en los últimos 300 años, de la Revolución Industrial para acá, vimos un cambio increíble a raíz de la tecnología. Pero creo que la era que vivimos hoy no tiene paralelismo con ninguna otra. ¿Qué es tan nuevo y diferente? Que nunca antes habíamos contemplado a las máquinas como lo estamos haciendo ahora. Siempre las vimos como instrumentos que podían superar nuestra fuerza, pero jamás nuestro cerebro. Se acerca un salto tal en la tecnología que, en un futuro cercano, las máquinas podrían pensar mejor que las personas. Y la perspectiva no solo nos resulta novedosa sino, sobre todo, perturbadora.

-Hay una mentalidad Terminator que todavía asoma cuando se habla de inteligencia artificial. ¿Qué hay de ciencia y qué hay de ficción en que Arnold Schwarzenegger nos destruya a todos?

-[ Risas] Es interesante cómo nuestras visiones pueden ser moldeadas por el arte. La primera Terminator salió en los 80, pero hubo una nueva entrega cada década, así que, no importa cuándo hayamos nacido, todos vimos en la pantalla cómo podría ser el futuro si la humanidad perdiera el control de las máquinas y entrara en guerra con ellas -solo para darse cuenta de que son, en muchas formas, más poderosas que las personas-. Por eso es crucial que quienes creamos tecnología lo hagamos sin perder nuestra humanidad. Esto significa asegurarnos de que las máquinas operan sobre la base de principios éticos y poner la inteligencia artificial a resolver los problemas reales de la sociedad, o al menos a contribuir a ese objetivo.

Muchas empresas ya utilizan HoloLens, que permiten monitorear el estado de las máquinas de manera remota
Muchas empresas ya utilizan HoloLens, que permiten monitorear el estado de las máquinas de manera remota

-¿Cómo sería esa inteligencia artificial aplicada al servicio de la humanidad?

-Para empezar, muy poderosa. Quizá, la más poderosa para responder a algunos de los desafíos más grandes de la actualidad... y que vamos a tener por mucho tiempo. Por ejemplo, un problema urgente es el cambio climático y creo que hay pocos ámbitos en donde la tecnología puede tener mayor impacto que cuando se trata de monitorear, prever y gestionar el sistema natural de la Tierra. Dentro de nuestra iniciativa AI For Good ( Inteligencia artificial para el bien), que incluye AI For Earth ( Inteligencia artificial para la Tierra), en Microsoft impulsamos el trabajo conjunto de ingenieros de datos con científicos ambientales, para descubrir nuevas y mejores formas de entender el estado del agua, la tierra, el aire, la diversidad de flora y fauna, etcétera. Un caso concreto: imaginá a un agricultor que puede saber en tiempo real -gracias a sensores en la tierra y en la estratósfera y a través de una app en su celular- si se viene una sequía o una fuerte precipitación. Esto le permite hacer un mejor uso de sus recursos, empezando por el agua, que en muchos lugares es escasa y muy valiosa. El beneficio no es solo para el agricultor, sino que puede impactar directamente en la necesidad de alimentar a la humanidad entera. Y ya estamos haciendo pruebas en distintos rincones del mundo. En Latinoamérica son cinco puntos: México, Guatemala, Nicaragua, Puerto Rico y acá mismo, en Argentina, donde un equipo de investigadoras del Conicet están usando tecnología en el Valle Inferior del Río Chubut con la idea de que les permita contribuir a la conservación de los recursos hídricos de la Patagonia.

-Desarrollos así demuestran que las empresas tecnológicas tienen un impacto que trasciende su industria y la búsqueda de una ganancia solo económica. ¿Coincidís?

-Sí, y soy un convencido de que, por sobre todas las cosas, tenemos una responsabilidad enorme. La industria tech siempre se jactó de ser rápida, de ir muy por delante de todo lo demás. Y llevó la bandera de la disrupción de una manera que, personalmente, nunca me hizo sentir muy cómodo. Hubo un eslogan, que usaba el equipo de Facebook, que se volvió muy famoso: Movete rápido, rompé cosas. Pero mi postura es que la tecnología hoy es tan importante para nuestras vidas que no puede darse el lujo de ir a una velocidad que rompa todo en el camino. Si tuviera que reversionar ese mantra, diría: "No te muevas más rápido de lo que te permite la velocidad del pensamiento". Eso implica reflexionar más y mejor, con un análisis profundo, con una mirada abarcativa. Por supuesto, necesitamos que la innovación sea rápida, pero de una manera cuidada para que las preocupaciones más amplias de la sociedad sean contempladas.

-Siendo ciento por ciento honesto: ¿esta opinión tuya es la que predomina en Silicon Valley, la cuna global de la innovación tecnológica?

-La industria tecnológica es muy grande y tiene muchas personas con visiones diferentes. Sin embargo, percibo que la mirada está cambiando, aunque, obviamente, todavía falta que cambie mucho más. Creo que el sector se está despertando, va abriendo los ojos a la transformación que es necesaria. Es un trabajo todavía en construcción.

Cambia, todo cambia

Brad Smith es contundente: cree que la industria que lo cambió todo ahora tiene que cambiarse a sí misma. Y de eso sabe mucho, gracias a la transformación que tuvo Microsoft bajo su dirección y la de Satya Nadella. Una transformación que, por cierto, también inspiró a otras empresas, ya que, cuando Smith reflexiona sobre los desafíos de la industria tecnológica, no se refiere solo al impacto directo de un determinado producto o servicio, sino a los que trascienden y llegan a esferas como la política y los derechos humanos.

Otro día inolvidable para Smith (al punto tal que tiene la fecha exacta grabada en su memoria): 30 de octubre de 2013. Con los documentos clasificados de la CIA y la Agencia Nacional de Seguridad que Edward Snowden hizo públicos, el diario The Washington Post reveló que los gobiernos de Estados Unidos y el Reino Unido llevaban adelante un programa secreto para conseguir datos privados de los usuarios de Google y Yahoo! sin que estas compañías lo supieran. "Con Snowden, el mundo cambió porque empezamos a aprender cosas que no sabíamos y nos hicimos preguntas que antes no nos hacíamos", señala Smith. Desde entonces, el presidente de Microsoft asumió un rol muy activo en el debate por la protección de datos y hasta llegó a enfrentarse legalmente (nada menos que cuatro veces) contra la administración de Barack Obama para poner límites y sentar precedentes. En el camino, como un hábil diplomático, logró que competidores acérrimos de su compañía como Apple, Google y Yahoo! apoyaran su moción.

Ahora, Smith lleva al gobierno de Estados Unidos de vuelta en los tribunales, hasta la mismísima Corte Suprema de Justicia, por otra causa que considera justa y necesaria: impedir que Trump cancele el programa DACA, que protege a los inmigrantes que llegaron a territorio estadounidense cuando eran menores de 16 años. Si Trump gana, podrá deportar a cientos de miles de personas, entre ellas, empleados de Microsoft que trabajan ahí gracias a sus activas políticas de diversidad, racial, de género, de nacionalidad y a favor de la comunidad LGBT.

De hecho, Smith se puso tan firme en las cuestiones de diversidad que, cuando en 2008 los objetivos de cupo no se cumplieron, todos los ejecutivos debieron donar sus bonos de fin de año a organizaciones solidarias. Desde entonces, los objetivos se vienen cumpliendo de manera ininterrumpida, aunque todavía falta mucho en materia de género: las mujeres son claramente minoría, no solo en Microsoft, sino en toda la industria tech. "Somos conscientes de esto y creo que debemos que ser mejores que las estadísitcas. Aún si solo el 20% de los egresados de carreras técnicas son mujeres, nosotros deberíamos apuntar a tener más de un 20% de empleadas mujeres. Requiere un delicado balance entre ser pacientes y persistentes. Llevará al menos una década, pero tampoco podemos quedarnos esperando a que pase solo, sino que hay que empujarnos a hacer lo que hay que hacer... y un poco más también", admite.

-¿Por qué hablás fuerte y claro sobre inmigración, diversidad y demás temas incómodos sobre los que otros líderes prefieren no opinar tan abiertamente?

-Creo que las empresas tenemos una voz y tenemos que usarla. Por supuesto, ninguna persona ni organización debería estar por encima de la ley. Pero primero hay que pensar: ¿cuál es la ley? Es una pregunta válida y todos podemos participar en el debate de esas leyes, sobre todo en algo tan incipiente como lo es, por ejemplo, la ciberseguridad y la privacidad de nuestros datos, ya que todavía falta mucho para que estén completamente reguladas. Entiendo que, a veces, las personas tienen miedo de que las empresas tengan demasiado poder en la definición de cuestiones políticas; me parece una preocupación válida. Pero, si llevamos adelante nuestro negocio de manera transparente y opinamos de la misma manera, es bueno para la sociedad que las empresas demos nuestra opinión en el debate público. En cuanto a hablar de cosas incómodas, mi postura es que una organización no debería salir a opinar sobre todo, sino solo sobre aquellos temas que le competen o que involucran a quienes se relacionan con ella. Pero, cuando pienso en la intersección entre tecnología y derechos humanos, por ejemplo, me parece que el principal peligro no es que haya empresas con pensamientos malos, sino compañías cuyos líderes no estén pensando lo suficiente en estos temas, y que no se hagan a sí mismos y a la sociedad las preguntas difíciles, aun cuando no tengan todas las respuestas.

- The New York Times te llamó "el embajador de facto de la industria tecnológica". ¿Cómo vivís el desafío de relacionarte con (y, muchas veces, enfrentarte a) la administración de Donald Trump?

-En Microsoft somos muy claros en esto: buscamos ser socios en lo que se pueda y separarnos cuando se deba. En temas de ciberseguridad, por ejemplo, estamos alineados al gobierno estadounidense y colaboramos activamente. Pero hay otras cuestiones, como la visión que tiene sobre la inmigración, en las que no estamos de acuerdo y no solo nos separamos, sino que incluso nos enfrentamos, como cuando presentamos una demanda judicial contra el gobierno para evitar que se cancele DACA. Y no fue la primera vez que nos tocó hacer algo así: demandamos a la administración Obama varias veces, para proteger la privacidad de datos de nuestros clientes y, a pesar de ello, con ese gobierno tuvimos una buena relación. Lo más importante es no hacer de estas cosas algo personal. Nunca nos van a escuchar criticar a un determinado político o funcionario, sino que lo que hacemos es disentir en políticas públicas y defender lo que creemos que debemos defender, de manera clara y directa, aunque sin perder el respeto.

-Con el auge de las redes, las apps y toda la información que circula por diferentes plataformas, ¿no sería hora de admitir que la privacidad murió?

-Acá pasa algo que siempre me hace acordar al inicio de Historia de dos ciudades, Charles Dickens: "Es el mejor de los tiempos y es el peor de los tiempos". Por un lado, todos estamos creando más datos que nunca, y hay más información de cada uno de nosotros, y más y más personas tienen acceso a esa información. En ese sentido, podríamos decir que la privacidad está bajo amenaza. Por otro lado, las leyes están avanzando, los gobiernos están tomando acción, y eso es un cambio fundamental. Pero, por sobre todas las cosas, creo que lo que cambió es el significado de la privacidad. Antes, algo era considerado privado si era secreto. Ahora, creo que pasa más por una cuestión de control. O sea, quizá quiero mostrar mis fotos a mis amigos en Facebook, pero voy a enojarme si a esas mismas fotos acceden personas que no son mis amigos, o peor: si se venden a terceros sin mi consentimiento ni conocimiento. Así que no diría que la privacidad está muerta, pero definitivamente cambió de naturaleza.

-¿Qué peligro ligado con la tecnología te viene dando vueltas en la cabeza últimamente?

-Por primera vez, con la tecnología de reconocimiento facial, hay una herramienta -aún no regulada por ley- que le podría dar a los gobiernos la habilidad de seguir a cualquiera a donde sea, y a todos a todos lados. Esto tiene profundas ramificaciones, que podrían afectar las libertades básicas con las que las sociedades funcionan. No se trata de no desarrollar esta tecnología (Microsoft lo hace, como muchas otras empresas), sino de que pensemos juntos qué tipo de mundo queremos y generemos el marco legal para hacerlo bien, antes de que nos despertemos en el año 2024 y se parezca demasiado a la novela 1984.

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