Cartas a Clara
Aire de las colinas (Sudamericana) reúne las 81 cartas que el autor de El llano en llamas le envió entre octubre de 1944 y diciembre de 1950 a su novia, y después esposa, Clara Aparicio. De esas páginas se publican algunos fragmentos que revelan la conmovedora intimidad de uno de los escritores más importantes de América latina, al que Gabriel García Márquez considera su maestro y compara con Sófocles.
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DESDE que te conozco, hay un eco en cada rama que repite tu nombre; en las ramas altas, lejanas; en las ramas que están junto a nosotros, se oye.
Se oye como si despertáramos de un sueño en el alba.
Se respira en las hojas, se mueve como se mueven las gotas del agua.
Clara: corazón, rosa, amor...
Junto a tu nombre el dolor es una cosa extraña.
Es una cosa que nos mira y se va, como se va la sangre de una herida; como se va la muerte de la vida.
Y la vida se llena con tu nombre: Clara, claridad esclarecida.
Yo pondría mi corazón entre tus manos sin que él se rebelara.
No tendría ni así de miedo, porque sabría quién lo tomaba.
Y un corazón que sabe y que presiente cuál es la mano amiga, manejada por otro corazón, no teme nada.
¿Y qué mejor amparo tendría él, que esas tus manos, Clara?
He aprendido a decir tu nombre mientras duermo. Lo he aprendido a decir entre la noche iluminada.
Lo han aprendido ya el árbol y la tarde...
y el viento lo ha llevado hasta los montes y lo ha puesto en las espigas de los trigales. Y lo murmura el río...
Clara:
Hoy he sembrado un hueso de durazno en tu nombre.
Guadalajara. 10/44
juan rulfo
II
Hoy que vine de ti, sostenido a tu sombra, he mirado la noche. He mirado las nubes en la noche como lágrimas alrededor de la luna clara; los árboles oscuros, las estrellas blancas.
Hoy he visto cómo por todas partes la noche era muy alta.
Y me detuve a mirarla como se detiene el que descansa.
Clara:
Hoy se murió el amor por un instante y creí que yo también agonizaba.
Fue a la hora en que diste con tus manos aquel golpe en la mitad de mi alma.
Y que dijiste: tres años, como si fuera tan larga la esperanza.
Hoy caminé despacio pensando en tus palabras.
Oyendo los ruidos del pájaro que duerme y los ruidos del ansia.
Del ansia que nos mancha la congoja de no poder ser omnipotentes para labrar una piedad dentro de otra alma.
Con todo, tres años no son nada. No son nada para los muertos, ni para los que han asesinado lo que aman.
Tres años son, Clara, como querer cortar con nuestras manos un hilito de agua.
Y en esperar que pasen los tres años, el tiempo nunca pasa.
Clara:
Hoy que vine de ti, sostenido a tu sombra, me puse a mirar mi soledad y la encontré más sola.
Guad. Oct. de 1944
juan rulfo
XI
México, d.f. a 16 de febrero de 1947
Mayecita:
Ojalá que esta carta te llegue a tiempo, pues lo que yo quisiera es que las tuyas me llegaran antes de tiempo y que fueran muchas y abultadas para poder hacer con ellas una almohada blandita y suave. Porque no sabes la falta que me hace el buen consuelo tuyo; ese consuelo que sabes dar únicamente con tenerte cerquita de uno, Boquita de Oro.
Como te decía ayer, ya volví a los viejos tiempos de la escuela. Me desayuné con dos manzanas y una coca cola, porque aquí también la gente sabe ser floja y a las siete de la mañana no hay quien le dé a uno su desayuno. Entré a las ocho a las clases. Me dieron un cuadernito y un lápiz y me contaron la historia del caucho. Eso de que quién lo descubrió y todo lo demás. Ahí tienes tú y todos tenemos que en el Brasil hay unos árboles muy llorones que lloran lágrimas de hule.
(Yo lloro también; pero yo lloro de un hilo, ya te mandaré un carrete lleno para que cosas las junturas de tus costillas y no se te salga ese gran corazón tuyo.)
Así pues, nos hablan de la goma con la cual le pondrían tapas a tus zapatos blancos, si tú antes no hubieras decidido ponerles casquillos para que tronaran. RS-butil significa hule sintético. Eso te dicen, luego te llevan a ver las máquinas. ¡Cierra la boquita, Clara Angelina! Cientos de máquinas por aquí, y por allá otro tanto, y un puro ruido y por donde quiera pedazos de hule crudo que parece carne de vaca recién destazada. Te dejan parado allí, frente a una de esas mentadas máquinas y te preguntan enseguida: queremos que nos diga qué cosa es esto (así) y tú no puedes decir que es un elefante, tienes que hablar seria y reposadamente sobre lo que está enfrente de ti. Bueno, tú dices: es una máquina tal por cual que se mueve por un motor de quién sabe cuántos caballos. Tú dices caballos y no mulas; pero ellos no están contentos: quieren que les digas por qué se mueve y para qué se mueve. Ahora dime si esto no es ir de vuelta a la escuela, con los mismos sustos y el mismo miedo de no saber la lección. Señorita Aparicio, dígame qué es un acuse de recibo, una letra de cambio, una bonificación; dígamelo usted sin tartamudear, señorita Aparicio. Pero la señorita Aparicio estaba pensando en los mazapanes de cacahuate y le entra en la cabecita chula que no se acuerda; entonces, le suelta en los ojos del profesor una media sonrisa, una de esas sonrisitas suyas que parecen un baño tibio y dulce después de una desvelada, y al profesor se le olvida lo que preguntó. Aquí a estos tipos no se les olvida.
Pero volviendo a otra cosa, ayer se me olvidó decirte dónde vivía, pues con eso del gusto que me dio oírte hablar se me pasó por completo. Por otra parte, no creo que vaya a estar aquí, en Bahía de Santa Bárbara 84, lo que yo calculaba. Aunque son personas conocidas y amigos de la casa, me siento como un extraño entre esta gente extraña. No es que se porten mal con tu muchacho, pero hay que estar estirado y hablar a cada rato del tiempo: que si hizo frío en la mañana y calor al mediodía, etc., etc., o le hacen a uno preguntas de sus antepasados; como esa de que cuánto hace que murió tu abuelo y cosas por el estilo. Por tal motivo estoy tramando ir a vivir a otro lado que no esté muy lejos de aquí, pues lo que me conviene es estar cerca de mi trabajo. Después, cuando me aumenten el sueldo (ya pedí aumento de sueldo, "hazme favor") y si el asunto marcha bien, buscaré de una vez un departamento para comenzar a comprarle siquiera una silla, y así, cuando tú vengas a visitarme para toda la vida, tengas al menos dónde sentarte y no digas como aquél que decía: "Nadie me quitará mi silla porque yo no tengo silla".
Te ruego, pues, me escribas al domicilio arriba citado; yo te avisaré en cuanto resuelva cambiarme a otro lugar.
Yo me he portado bien. No me he emborrachado y siempre que se trata de caminar camino derecho. No he dicho sino unas cuantas malas palabras; la gente con quien estoy no se presta para decir malas palabras. He tenido malos pensamientos, pero poquitos. He dicho una que otra mentira, pero a gentes con quienes no tenía ganas de platicar. Tú me has hecho mucha falta... me sigues haciendo falta... me seguirás haciendo falta.
[...]
Juan
XII
Méx. a fines de febrero de 1947
Mayecita:
Ellos no pueden ver el cielo. Viven sumidos en la sombra, hecha más oscura por el humo. Viven ennegrecidos durante ocho horas, por el día o por la noche, constantemente, como si no existiera el sol ni nubes en el cielo para que ellos las vean, ni aire limpio para que ellos lo sientan. Siempre así e incansablemente, como si sólo hasta el día de su muerte pensaran descansar.
Te estoy platicando lo que pasa con los obreros en esta fábrica, llena de humo y de olor a hule crudo. Y quieren todavía que uno los vigile, como si fuera poca la vigilancia en que los tienen unas máquinas que no conocen la paz de la respiración. Por eso creo que no resistiré mucho a ser esa especie de capataz que quieren que yo sea. Y sólo el pensamiento de trabajar así me pone triste y amargado. Y sólo el pensamiento de que tú existes me quita esa tristeza y esa fea amargura.
Ahora estoy creyendo que mi corazón es un pequeño globo inflado de orgullo y que es fácil que se desinfle, viendo aquí cosas que no calculaba que existieran. Quizá no te lo pueda explicar, pero más o menos se trata de que aquí en este mundo extraño el hombre es una máquina y la máquina está considerada como hombre.
Pero te estoy contando cosas que nada tienen que ver contigo, y esto no es legal. Tardé hasta ahora en encontrar un sobre para enviarte tus fotografías. Pues en la chamba nos sueltan a las cinco de la tarde y de este lugar donde vive, muriéndose a cada rato, el muchacho encariñado de ti, queda lejos el centro. Y el centro lo cierran a las cinco. Así es la cosa. Saqué más copias de cada una de las tres fotos que te mando, pero no te envío sino una de cada una por puro miedo a que te sueltes repartiéndolas entre la bola de novios que tienes. Las otras, las que tú escogiste, tal vez pasen algunos días antes de que me las entreguen.
Por otra parte, no me puedo imaginar cómo una niña tan menudita puede hacer una letrota tan grande..., al escribir una carta. Eso es hacer trampa.
Sin embargo, tu carta me dio un enorme gusto. Puse las dos manos para recibirla y la leí con mis dos ojos y luego la volví a leer porque hay algo allí que a mi corazón le gusta. Hay algo en todo lo tuyo que a mi corazón le gusta mucho. Y tú sabes que a este corazón que yo te he regalado hay que darle gusto.
Acuérdate que tú eras quien me daba manzanas y no yo. Acuérdate que fue Eva la que le dio un cachito de manzana al señor Adán y de allí nació esa costumbre que tiene la mujer de dar manzanas.
Yo aquí no he ido al cine. El cine sin ti no sirve. No hay ni siquiera el gusto de llegar tarde y no encontrar asiento. Esos líos eran suaves y casi nomás por eso valdría la pena volver allá.
No me he cambiado de casa todavía, pero creo que lo haré el mes que entra. Buscaré una casa donde haya pájaros aunque sean como los que tú tienes, que casi ni cantan, ni brincan, por lo viejitos que están, pero que al fin sean pájaros. Yo creo que si tú me gustas tanto es por eso, porque hay algo de pájaro en ti; pueden ser los ojos o puede ser esa boca paradita tuya, que yo tanto quiero.
No he salido tampoco a ningún lado, aunque estos dos domingos que me he pasado aquí fueron unos días buenos para ir a darle una visitadita al Ajusco o para ir a saludar al Popo, que parece sentirse igual de solo y abandonado que este muchacho atarantado que te quiere querer más de lo que todavía te quiere.
He ido a visitar al tío David y a la tía Teresa; a la tía Julia y a los hijos de la tía Julia, entre los cuales está Venturina, la que ya conoces; al tío Raúl y a la tía Rosa... A todos ellos les he enseñado tus retratos. Me han preguntado que de dónde eres. Y es que no imaginan que aquí, sobre este grande y ancho mundo, pueda nacer y crecer y vivir una cosita así tan fea y tan horripilante como tú. No lo pueden creer y es que han dejado de ser como niños, y dejar de ser como niño es ya no creer en los angelitos de Dios. Eso les pasa.
"Volver a empezar." Cuánto me gustaría estar allá, y volver a empezar de nuevo a conocerte y a vivir allí, pero sin miedo, sin dificultades ni ningún temor de perderte.
Y es que aquí la vida no es nada blandita. Es como si de nueva cuenta también estuviera uno comenzando a vivir. A veces me imagino que desde que llegué a esta ciudad he estado enfermo y que no me aliviaré ya jamás. Y me siento como si me arrastrara la corriente de un río, como si me empujaran, como si no me dejaran ver hacia atrás.
Sabes, Chachinita, yo pensaba zafarme de la Goodrich. El puro pensamiento me hizo sentirme más tranquilo; pero han hecho las cosas de tal modo que me resulta imposible hacerlo. Me tienen como rodeado por una cadena de parientes, cada vez más, y como si sólo todo su trabajo consistiera en ocuparse de mí. Y ahora sé por qué antes no me gustaba pedir favores, y es que no me gusta aceptarlos.
A veces quisiera que todos ellos me dejaran en paz, que no me hicieran sentir la confianza de que en cualquier momento me ayudarían. Que me dieran a entender que no contara con ellos. Así me dejarían solo. Quizás yo solo, sin atenerme a ninguno, sabría ya lo que tendría que hacer. Y tal vez, únicamente con tu ayuda, tal vez, encuentre el camino que me permita hacer lo que debo hacer.
Después de mi madre, a la única a la que tengo que agradecer lo que ha hecho por mí, es a ti. No quiero tener a nadie más a quien agradecerle nada. Me siento mejor de ese modo, sabiendo que no debo favores. Me siento menos miserable y menos desesperado, conociendo que no tengo que contentar a mucha gente. Ése es mi modo de pensar, muchachita grande. Pero la realidad es distinta. Es dura y lo hace a uno sentir su dureza y conformarse, si uno no quiere volverse loco tratando de encontrarle una salida.
Lo que te estoy explicando es el ambiente en que vivo desde que entré en la fábrica. Nunca había yo visto tanta materia junta; tanta fuerza unida para acabar con el sentido humano del hombre; para hacerle ver que los ideales salen sobrando, que los pensamientos y el amor son cosas extrañas. Por esa razón te pedía yo consuelo, pues eres la única que puedes dármelo, para sentirme más conforme; para dejar de rebelarme contra todo lo que se opone a mí mismo. Yo te pedí ayuda una vez y ahora la necesito, pues estamos luchando por los dos, para hacernos nuestro propio mundo, el que yo sé que existe, porque ya he vivido en él. Un mundo donde no infunda uno temor a nadie ni se haga uno odioso. Y eso tú y yo lo podemos hacer.
Esta carta es hija de un coraje muy grande que me hicieron pasar ahora. Más tarde te contaré en qué consistió ese coraje. Pero lo que me hizo sentir es lo que te cuento. Y mi conclusión es que uno debe vivir en el lugar donde se encuentre uno más a gusto. La vida es corta y estamos mucho tiempo enterrados.
Espero que me regañes por escribirte quejidos en lugar de hablarte del amor que te tengo, pero es que la forma como me siento tenía que decírsela a alguien. Y tú naciste para que yo me confesara contigo. Quizá más tarde te cuente hasta mis pecados.
[...]
Juan
Crónica de un amor
- Nacimientos: Juan Rulfo nació el 16 de mayo de 1917 en Apulco, Jalisco; y Clara, once años después, en Ciudad de México.
- Encuentro: Juan vio por primera vez a Clara hacia 1941, cuando ella tenía 13 años. Se enamoró de inmediato y la siguió a la distancia. Debió esperar a 1944 para hablar con ella. Rulfo se puso en contacto con los padres de Clara para explicarles que quería casarse con la muchacha. Ella le impuso un plazo de tres años antes de concretar el matrimonio. Las cartas registran el cuidado que Rulfo puso en la preparación de la boda. Se ocupó de los menores detalles del vestido de la novia, de la fiesta y de la decoración del futuro hogar.
- Boda: se celebra el 24 de abril de 1948 en la iglesia de El Carmen, Guadalajara.
- Obras de Rulfo: El llano en llamas (1953) y Pedro Páramo (1955) convierten a Juan Rulfo en uno de los autores de más influencia en América latina.






