Ciudades donde aprendí algo

Montevideo, Buenos Aires, Copenhague, San Petersburgo y la Berlín comunista... El escritor Edgardo Cozarinsky elige ese quinteto de metrópolis como divisa de su educación sentimental, que incluye noches de amnesia benévola y la dulzura de una palabra fantasmal
Edgardo Cozarinsky
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21 de junio de 2013  

Montevideo

Fines de los años 50. Tenía dieciocho años y visitaba Montevideo por primera vez. Con tres compañeros de secundario pasamos la noche en el vapor de la carrera antes de lanzarnos a la exploración de la ciudad vieja. Alquilamos en una pensión cercana al puerto un cuarto de techo muy alto y superficie demasiado estrecha para las cuatro camas que lo llenaban. Nos atraía un mundo que -no lo sabíamos entonces- también existía en Buenos Aires pero encubierto, clandestino; en cambio, todos habíamos oído hablar de los bares y prostíbulos de ese barrio, de su "mala vida", y no nos separábamos del documento de identidad que certificaba la edad mínima para permitirnos acceder a sus misterios.

La noche de invierno, precoz, nos vio vagar por calles poco pintorescas en busca del atisbo o la revelación esquiva. Recalamos en un establecimiento que era -con la distancia de los años lo entiendo- del nivel inferior dentro de la oferta profesional. La señora que nos recibió, y que me pareció una actriz de carácter maquillada como para el escenario, se informó de la suma que estábamos dispuestos a gastar y prometió que algo podría ofrecer a "estos jovencitos porteños tan bien educados"; también agregó que los preservativos serían "atención de la casa".

Durante la espera nos invitó a una salita donde chirriaba un proyector de 16 mm y una sábana hacía las veces de pantalla. En ella desfilaban imágenes rayadas y no siempre en foco: una mujer de carnes poco firmes prodigaba su ternura a un asno complaciente, otras dos se acariciaban y mordisqueaban sobre un diván. Descubrí, más curioso que ese espectáculo, a un hombre mayor sentado a corta distancia de mí. Tenía en la mano una tarjeta de cartón en cuyo centro había recortado un pequeño círculo y la mantenía ante los ojos, moviéndola ocasionalmente. Seguía la proyección a través de ese recurso que le permitía crear primeros planos de detalle en la imagen captada por una cámara perezosa. Al mismo tiempo le aseguraba, en medio de un espectáculo público, la ilusión de espiar una intimidad. Y a mí me regalaba una primera comprensión del voyeurismo.

Copenhague

Mi prehistoria. Había pasado de septiembre a diciembre del 66 en Estocolmo, con una beca que no me interesaba pero que me había permitido poner distancia con la Argentina de un general llamado Onganía. (Resaca de un pasado difícil de concebir: hacía perseguir en la calle a los muchachos de pelo largo para raparlos en las comisarías, mientras su mujer hacía prohibir una ópera en el Colón...) Con las coronas ahorradas vagabundeé por el norte de Europa: Copenhague, Hamburgo, el Berlín de mis lecturas, Ámsterdam, todo apasionante para el viajero que se inicia.

La noche del 31 de diciembre de 1966 me encontró en Copenhague. Recorrí los bares de Nyhavn, un muelle que cruza el centro de la ciudad, mezclando idiomas en animada conversación con los muchos solitarios y solitarias que no pasaban la fecha en familia, o no tenían familia con quien pasarla. Recuerdo que en algún momento unas campanas anunciaron que empezaba otro año y nos abrazamos entre desconocidos, deseándonos improbable felicidad.

El 1 de enero de 1967 me desperté a mediodía, entumecido, echado en un banco de la estación marítima de Hälsingborg, la ciudad sueca que está frente a Copenhague; una corta distancia las separa y numerosas embarcaciones cruzan el estrecho. Nunca pude recordar lo que ocurrió en medio de esos momentos, ni haberme embarcado, ni haber mostrado un pasaporte, ni haber pagado el trayecto. Supongo que una abundante ingestión de alcoholes blancos poco frecuentados por mí en aquellos años, vodka, aquavit y otros, debe de haber producido esa breve, benévola amnesia.

Paradoja: hoy recuerdo ese vacío con más afecto que otros momentos de mis años jóvenes.

Berlín Este

Un Trabant, clásico auto de Alemania Oriental, en una imagen berlinesa de los años 50
Un Trabant, clásico auto de Alemania Oriental, en una imagen berlinesa de los años 50 Crédito: Tim Dobbelaere/Flickr/Creative Commons
El mapa desplegado en las manos, la mirada pasando de un lado a otro en la esquina de la Friedrichstrasse y Unter den Linden, la ropa anónima pero evidentemente ajena al gusto y la confección del mundo llamado socialista: todo me delataba como un turista llegado del otro lado del Muro, uno de los pocos en aquel fin de los años 60. Estábamos autorizados a visitar los tesoros históricos de la antigua capital prusiana con la condición de volver "al otro lado" antes de medianoche, de vaciar los bolsillos al entrar y al salir, de cambiar cierta cantidad de divisas al cambio artificial de la autodenominada República Democrática Alemana.

Pocos automóviles no oficiales circulaban por las calles nevadas de Berlín Este. Con la paranoia adquirida de joven y viejo cinéfilo, retrocedí desconfiado cuando un Trabant de vidrios escarchados se detuvo ante mí. Una mujer lo conducía y bajó el vidrio para hablarme con una sonrisa. Bastó con que yo dijera las pocas palabras de alemán con que solía justificar mi incomprensión ( Ich spricht fast kein Deutsch ) para que detectara mi español original y me hablara con un acento caribeño encantador. Se presentó como cubana, funcionaria del Ministerio de la Cultura (informante de la Stasi, supuse inmediatamente). Me explicó que para recibir a una delegación demorada en el aeropuerto de La Habana (recordé la rima tradicional: "Aerolíneas Cubanas, si no llega hoy llegará mañana") disponía por doce horas de un automóvil del Ministerio. Me propuso llevarme a conocer todo Berlín Este, a visitar museos y monumentos, a cambio de que yo, con mis deutsche mark , le comprase dos kilos de café de Colombia en la tienda del hotel Berolina, sólo abierta a quienes podían pagar en divisas.

Acepté. Más tarde iba a comprobar que una legislación idéntica regía en otros países del llamado mundo socialista. Ese día entendí por primera vez que un régimen puede predicar la igualdad y al mismo tiempo discriminar a sus ciudadanos con una frontera impalpable: la disponibilidad de divisas.

Buenos Aires

El museo Manoblanca, dedicado a Homero Manzi, en Pompeya
El museo Manoblanca, dedicado a Homero Manzi, en Pompeya Fuente: Archivo
En 1983, Gregorio Plotnicki creó el Museo Manoblanca. Ese nombre es el título de un famoso poema de Homero Manzi, al que Antonio De Bassi puso música; le habla a un "carrerito del Once [...] con un gajo de ruda en la oreja" a quien esa noche le espera un cariño "en la avenida Centenera y Tabaré". El museo se encuentra precisamente en Tabaré 1371, a pocos metros de las tres esquinas que ese cruce hace con la calle Esquiú, en Nueva Pompeya. En Esquiú y Tabaré estaba hace un siglo el Colegio Luppi, donde cursó Manzi la secundaria. Desde hace varias décadas está allí el bar El Buzón.

Lo que durante dieciséis días de 1999 faltó fue el tradicional buzón de la esquina que dio nombre al bar. La empresa Correo Argentino lo removió dada la decadencia del correo postal, cada vez más lento y más caro, ante el avance irresistible de Internet. El dueño del bar interpuso un recurso basado en el daño a la identidad barrial que esa pérdida infligía, y logró que el buzón fuera reimplantado en su sitio original. Con una diferencia mayúscula: ahora es un mero objeto decorativo, proveedor de nostalgia.

Otra consecuencia de esa nueva vida a la que accedió el buzón fue la iniciativa de Plotnicki de crear la "orden del buzón", que confiere a las personalidades de la cultura popular no sólo un título honorífico sino también un objeto artesanal, réplica ocho veces más pequeña del histórico buzón rojo. La recibieron, entre muchos otros, Nelly Omar, Ben Molar, Eladia Blázquez, Horacio Ferrer.

Acaso inspirado por el éxito de la iniciativa de Plotnicki, Rubén García, dueño del tradicional Café de García en Villa Devoto, pidió y obtuvo la instalación de un buzón simbólico frente a su bar, en la esquina de Sanabria y Simbrón. Según la leyenda urbana, hubo vecinos que empezaron a depositar en él su correo, y García debió instalar un servicio a domicilio para devolver esas cartas a sus remitentes.

Una de las anécdotas más pintorescas, si se quiere patéticas, del régimen militar autodenominado Proceso, fue que en 1979 obligó a pintar de azul los buzones de la ciudad para desterrar del paisaje urbano las connotaciones políticas del color rojo...

Estos avatares del buzón porteño, súbitamente percibido como peligroso por su color, luego transformado en símbolo de tiempos idos, de una identidad barrial en proceso de extinción, me hace saltar a otra época y otro ámbito cultural. En 1953 los cineastas Alain Resnais y Chris Marker provocaron la ira de la censura francesa por motivos ideológicos. Las estatuas también mueren , ensayo cinematográfico de media hora que habían realizado, fue prohibido y permaneció inhibido durante ocho años.

¿La razón? El comentario del film, fuertemente anticolonialista en tiempos en que Francia enfrentaba la pérdida de Indochina y empezaba a sentir próxima la de Argelia, partía de una pregunta del poeta senegalés (que iba a ser académico francés) Léopold Sédar Senghor: ¿Por qué el arte griego o el arte egipcio se hallan en el Museo del Louvre y el arte negro en el Museo del Hombre?

El "arte negro", el de los pueblos africanos, respondía el film, era visto por los europeos como el de una humanidad aún incapaz de acceder al refinamiento de la creación artística. Los autores llegaban a la reflexión que me interesa: un objeto muere cuando desaparece la mirada viva que se posaba sobre él. La estatua africana, objeto de culto religioso, con un papel preciso dentro de una cultura determinada, una vez arrancada de su contexto y exhibida en un museo europeo adquiere la sugerencia de lo exótico, de lo pintoresco. Es vista como arte en el momento mismo de morir en su carácter original.

De vuelta al pago. El fileteo, arte humilde en esas inscripciones de carro que Borges leía en los años 20 con la mirada de quien redescubre la ciudad tras una larga ausencia, es hoy objeto de estudio museográfico; los carros ya no existen, el fileteo decora, no sólo en San Telmo, bares que aspiran a recrear una atmósfera tradicional. ¿Y la inscripción misma? Tal vez una mínima, modesta supervivencia, es la que leí en una impresión de computadora, colgada sobre el respaldo del asiento delantero de un taxi: "Lo mejor que hizo la vieja / es el pibe que maneja".

San Petersburgo

La sopa de chavel. El autor de la nota reencontró esa misteriosa palabra en la ciudad de Pedro el Grande
La sopa de chavel. El autor de la nota reencontró esa misteriosa palabra en la ciudad de Pedro el Grande Crédito: Shutterstock
Un cálido día de julio de 1975, invité a mi madre, que me visitaba por primera vez en París, a almorzar en la Brasserie Lorraine. Le propuse gustar un salmón rosado frío sobre un lecho de oseille . "Es una hoja verde parecida a la acelga, un poco ácida -informé-. En inglés se llama sorrel , el diccionario francés-español la traduce como acedera, pero nunca oí esa palabra en la Argentina. Queda muy bien con el pescado frío."

Me sentía ufano de poder no sólo pasear a mi madre por una ciudad que ella visitaba por primera vez sino también de hacerle probar algo nuevo, exótico. Esa satisfacción duró poco. Apenas probado el plato, Sara dictaminó: "Esta verdura es chavel. Mamá la compraba en el Mercado de Abasto. Cuando yo era chica había puesteros que hablaban ruso e idish en el Abasto. Mamá hablaba con ellos. Pero no sé en qué idioma es chavel ni cómo se traduce". Recordó también que la madre preparaba con esas hojas un borscht verde, caliente en invierno, frío en verano; le agregaba huevo duro picado y, en el momento de servir, cada uno podía echar en el plato una cucharada de crema.

Veinte años más tarde, también yo visitaba por primera vez una ciudad que no conocía: San Petersburgo. En un restaurante me sirvieron un pescado no identificado acompañado por hojas que me parecieron de acedera. Pregunté el nombre de la verdura y oí, inconfundible, la palabra que mi madre había pronunciado: Rumex

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