
Claire Keegan: “Mi imaginación es más interesante que mi vida”
En el Malba, ante un auditorio colmado, la autora irlandesa leyó uno de sus cuentos más emblemáticos en el marco del FILBA
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“Mi imaginación es más interesante que mi vida”, sostiene Claire Keegan. Sus palabras se esparcen serenas en el auditorio colmado del Malba, donde el público escucha hipnotizado a la autora irlandesa que, con la despreocupación de su voz grave y cadenciosa, parece obstinada por la verdad que habita y se revela acaso como la única que le importa: su compromiso por contar universos que puedan ser espejo en otros ajenos.
Durante su visita a Buenos Aires, en el marco de FILBA 2026, esa concentración se hizo visible en sus respuestas y en su manera de estar frente al público. Austera, precisa, por momentos divertida, Keegan habló de la literatura como quien habla de un oficio sobre el que todavía le queda mucho por hacer.
La conversación se centró una y otra vez en la imaginación, la lectura, al tiempo, la construcción de personajes. Un foco, incluso cuando ella estaba en el centro, al que sabía cómo regresar, incluso cuando las preguntas intentaban ir hacia el terreno más personal.

Pero si algo quedó claro este viernes es que Keegan es una escritora cuya atención está, obstinadamente, en la literatura. En sus personajes, en sus deseos, en aquello que callan, en las pérdidas que los transforman. Muy a contracorriente de otros autores o autoras, cuya atención pareciera estar puesta más allá de sus libros, sino en la generación de una segunda obra hecha de declaraciones, exposición y ruido.
El deseo frente a la vida
Nacida en Wicklow en 1968, Keegan es una de las voces más prestigiosas de la literatura irlandesa contemporánea. Su obra incluye Antártida, Tres luces, Cosas pequeñas como estas y Bien tarde en el día. En sus relatos y novelas breves, la vida rural, los vínculos familiares, la religión, el deseo, la violencia y las formas de la pérdida aparecen atravesados por una prosa de enorme concentración.
Antes de adentrarse en la lectura de su relato Recorre los campos azules, Leonora Djament, editora de Eterna Cadencia, sello que la edita en Argentina, había señalado aquello que vuelve singulares sus ficciones: tienen un lugar, un clima y un deseo. “El deseo de las ficciones de Keegan es el deseo de estar vivos aun sabiendo que las cosas pueden salir mal o tener consecuencias”, dijo.
Keegan leyó con voz calma, interpretando las voces de sus personajes, sus acentos, la sombra de malicia que pueden contener las palabras.
“Me gustan las historias de personas que están en problemas y pierden algo”, había dicho antes de comenzar. La exploración de esas pérdidas tiene una forma de pregunta en aquella narración: “¿Por qué la ternura es más paralizante que el agravio?”, se pregunta un personaje.
En Keegan, la violencia no requiere ser exhibida para resultar perturbadora. Su escritura, reconocida por su precisión y economía, trabaja en la tensión entre lo visible y lo oculto en la superficie.
Tres luces fue adaptada al cine como The Quiet Girl, nominada al Oscar. Cosas pequeñas como estas, ambientada en la Irlanda de 1985, fue llevada también al cine, con Cillian Murphy como protagonista. La novela vuelve sobre las instituciones vinculadas a las llamadas lavanderías de las Magdalenas y sobre una sociedad que durante décadas convivió con aquello que ocurría dentro de ellas.
A propósito del cine, dio un consejo al auditorio: “Jamás me inviten si les sobra una entrada; puedo estar toda la película comentando ‘esto no podría pasar’ o ‘ese personaje no funciona así’”. Por eso mismo, dijo, se mantiene alejada del proceso de adaptación al cine de sus obras (“no me interesa ser una molestia”).
Un ego domado
Su voz ondula suave a la par de su cabello rojizo, volviendo imposible dejar de escucharla y observarla. Y aún su apariencia entre austera y estelar, Keegan persiste en escapar del posible boceto de etiqueta que la proponga como figura, como si se tratara alguien que logró tener a raya a su ego (“nunca me vi como escritora cuando era niña, quería estar cerca de las historias”).
Lo prueba frente a la pregunta de LA NACION, en el intento por descubrir si algo de la violencia que habitan algunas de sus narraciones —a menudo bajo la forma del silencio— son un terreno conocido que explican la precisión de sus hendiduras.
“No es tan interesante escribir sobre mí”, declaró. “Es mucho más interesante inventar las cosas, decir cosas que son importantes para los demás”. No se trata—explicó— de comprender su propia vida a través de la literatura. “Mi imaginación es más interesante que mi vida”, precisó.
Si alguna vez utilizó elementos de su propia experiencia en sus libros, dijo, en el conjunto de su obra “ocuparían apenas tres páginas”. Así, al respecto del relato que acababa de leer, donde los personajes de un sacerdote y una joven exploran los límites del amor, la renuncia y la fe, aclaró con humor: “Nunca fui sacerdote ni trabajé en la industria del carbón”. Pero detrás de la broma quedó la premisa de su poética: para escribir una vida no es necesario haberla vivido.
Sobre el final, luego de la pregunta de este diario, concedió: “Todos tenemos dos vidas. Una es la que conocemos y podemos probar. La otra aparece tal vez cuando estamos leyendo y no es exactamente un secreto, sino algo que no resulta apropiado compartir con los demás”. “No es doble”, aclaró, sino una parte que uno no quiere poner en común. Para describir esa imaginación privada utilizó una imagen inesperada: “Es como ser un pulpo, y cuando estoy con gente escondo esos tentáculos”.
Con esa misma precisión elimina aquello que decide no contar en sus ficciones. “Elijo algo que es plausible, en lugar de agregar más cosas; no hace falta nada más para que exista un significado”, sostuvo.
Sus personajes suelen estar atravesados por una pérdida, la cual construye o busca a conciencia; “es la clase de personajes que me gustan”, dijo.
En esa idea está buena parte de su literatura. Sus historias no avanzan necesariamente por acumulación de acontecimientos, sino por la presión que ejerce sobre los personajes aquello que ya ocurrió y aquello que todavía puede ocurrir. “No estoy tan interesada en el drama cuando escribo, sino en la tensión”, ha dicho. “La tensión viene de la pérdida”. Sabemos que vamos a perderlo todo al final; mientras envejecemos, vamos ensayando la pérdida, está convencida.
Su consejo para quienes empiezan es directo: “Por favor no escriban por moda o por las cosas que piensan que gustarán. Pasen el tiempo escribiendo de algo que les guste porque entonces tendrán ganas de seguir escribiendo”. Durante la conversación, esa idea del tiempo apareció también de forma literal. En un momento, Keegan miró a su traductora, sorprendida por la velocidad con que tomaba notas. Hizo un gesto de preocupación y le consultó: “¿Sigo?”. Pero lo mismo bajó el ritmo, mientras comprobaba —entre la cautela y la sorpresa—, que la traductora podía seguirla. El público rio con ella, celebrando la precisión de la traducción. Fue un momento pequeño que pareció salir del universo de sus cuentos: gestos mínimos, pausas, algo que podía no haber ocurrido y que, sin embargo, se construyó desde el silencio compartido.
En Buenos Aires, frente a una audiencia que de repente olvidó sus celulares y prescindió por un momento de grabarla o fotografiarla, ese instante describió su presencia. Keegan ocupó el escenario sin intentar ocuparlo todo.
Quizá allí esté una de las claves de su literatura: en la convicción de que la imaginación puede ser un territorio mucho más vasto que la propia vida.
Para agendar
Claire Keegan en primera persona
Este sábado, a las 20, en el Aula Magna de la Facultad de Derecho (UBA). Keegan conversará con su traductor al español, el escritor Jorge Fondebrider. Las entradas gratuitas (2 por persona como máximo) se entregan a partir de las 15 en el Malba y a partir de las 18 en la Facultad.


