Clásico y audaz
EGLE & SUERTES VIRGILIANAS Por Carmen Iriondo-(Grupo Editor Latinoamericano)-118 páginas-($ 16)
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Aglae o Egle, una de las tres Gracias -o Cárites- de la mitología griega, hijas de Zeus y de la ninfa del mar Eurínome, era el Esplendor. Según Hesíodo, esta Gracia había desposado a Hefesto, dios del fuego y la metalurgia y herrero de los dioses, expulsado del Olimpo por sus defectos físicos aunque readmitido allí luego. Esa llamativa unión tutela el poemario de Iriondo, cuya primera parte está consagrada precisamente a Egle.
Sorprenden, por lo pronto, las bodas entre el verso de factura clásica y las audaces imágenes que parodian los avatares de la cotidianidad. Iriondo trasciende los falsos supuestos de lo femenino aunque asume su cuota de verdad. Su Egle pasa a ser, de tal modo, o bien la "Eglecita" precozmente lúcida acerca de los derroteros de su género, o bien la mujer-ama de casa, la mujer-deseo, la mujer-rebelde que pretende escribir, ser ella misma y dejar atrás la humillación: "Egle la imaginada no puede circular/ apenas en cuclillas apuradas, pincharse/ con los pesados cardos del perdón [...]". La poeta imagina a esta singular Egle proclamando: "Ya no quiero comer de la papilla mixta/ sino seleccionar para mi entraña/ lo que contenga amor rociado con anís [...]".
Con ironía desacralizadora, Iriondo mezcla alusiones a la diosa Hera o a Edipo, con fingidas reconvenciones a la rebelde Aglae, a quien reclama: "°Facilidad en los modales! Oh, Aglae diminuta,/ danza en redondo para que circulen/ bienes y prosperidad para los hombres". La carta de Egle a su padre, Zeus, es un dechado de vértigo e insurgencia verbal. Y al fondo de todo, ondula "el plancton de la muerte".
El título de la parte final, "Suertes virgilianas", alude a un antiguo sistema adivinatorio que consistía en abrir al azar un texto de Virgilio que, se suponía, contendría, al modo de un oráculo, la respuesta a la consulta. La estructura es tan proliferante como el reino de lo vegetal que las Gracias servían. Cada uno de sus cuatro libros trae una portadilla, cuyos títulos ofician de guía para recorrer los versos que las siguen. Bullen en ellos las humanas labores, los árboles y los rebaños, el desamparo, la muerte, lo cósmico y lo banal, el sexo y el amor, dioses, hijos y padres: "Todo lo que trepa lo transformo en padre:/ la llave maestra de los diques grisáceos,/ el agua empedernida de mar sucio,/ la fila de noches y el orden de las lágrimas [...]". Iriondo logra poética, mágicamente, hacer "coincidir lo real con lo real, el nombre con la historia", como señala el prólogo de César Aira. Las bellísimas ilustraciones de Renata Schussheim confieren una nueva dimensión a esta misteriosa poesía que cierra su círculo apelando: "Hados, hados, abran mi libro con los ojos bizcos/ en cualquier página nueva, con ruido familiar".



